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Domingo, 28 de marzo de 2010

Lo que sé

 Por Ornette Coleman

Soy de Fort Worth, Texas. Es un lugar donde hay muchos de lo que se conoce como “cowboys”.

No me interesaba que me pagaran. Quería que me escucharan. Por eso vivo en quiebra.

Lo único que mi madre decía de mi música cuando yo le decía: “Mamá, escuchá esto”, era: “Junior, yo ya sé

quién sos”.

Había muchos músicos en mi pueblo. Sobre todo uno: Thomas Connors, al que le decían Red. Red Connors era como Sonny Rollins antes de Sonny Rollins. Me gustaba ir a su casa. Era un hombre de iglesia. Y su casa era mi iglesia.

Sabía que no tenía que preocuparme por las notas, los acordes y las melodías si tenía ese sentimiento que llenaba de lágrimas y risas el corazón de la gente.

The Jim Hotel. En mi pueblo, el rico, el ciego, la prostituta, todos se encontraban ahí después de medianoche. A veces se ponía violento, es cierto. Pero era un lugar en el que se conseguía una habitación y una encamada al mismo tiempo. Uno llegaba, y antes de darse cuenta estaba rumbo a una habitación. ¿Se entiende? Todos los músicos de los hoteles de lujo terminaban de trabajar e iban a zapar al Jim.

¿Cómo puede ser que algo que te importa no se deje amar?

Pruebo con cualquier instrumento. Si hacés algo que nunca hiciste, es más fácil sentirse relajado. Cuando hacés algo que ya hiciste antes, y no lo podés hacer mejor, empieza la preocupación.

La mayoría piensa que el entretenimiento es salir con su chica y llevarla a comer, lo que no está nada mal. Pero mi idea del entretenimiento es ligeramente distinta.

A las personas les gusta hacer sentir a otros celosos.

La experiencia humana es una simple lucha para obtener cosas que parecen valiosas.

¿Cómo se puede convertir la emoción en conocimiento? Eso es lo que trato de hacer con mi trompeta.

No rechazo las categorías: no sé lo que son.

Uno toma el alfabeto occidental. De la A a la Z. Un símbolo adherido a un sonido. En música tenemos las notas y el tono. En la vida tenemos la idea y la emoción. Pensamos en ellos como conceptos diferentes. Para mí, no hay diferencia.

Es más fácil copiar a otro que encontrar el modo de no sonar como otro.

El violín, el saxo, la trompeta: cada uno produce un sonido distinto, pero las mismas notas. Es denso pensar eso. Imaginen cuántas razas componen la raza humana. Yo soy de color, vos sos blanco y él es otra cosa más. Pero los dos tenemos un culo y una boca. Disculpen.

No trato de complacer cuando toco. Trato de curar.

Cuando estaba empezando e iba a ver a alguien tocar, siempre me decían lo mismo: “No mires mis manos, no mires mis dedos”. Y yo me preguntaba: “¿Por qué?”.

Nunca pensé en ser famoso o hacerme rico. Sólo pensaba en conseguirme una chica linda y tocar todas las noches, y así ser feliz. Y funcionó por un tiempo. Pero la madre de la chica linda no confiaba en un tipo con una trompeta.

En inglés, perro (dog), leído al revés, se lee Dios (God). Eso es raro, ¿no?

Se habla de Dios en la iglesia. ¿Hay un Dios afuera de la iglesia? Espero que sí. Pero, ¿cómo puedo saberlo? ¿Cómo puede alguien saberlo?

¿La diferencia entre el sexo y el amor? Bueno, uno no siempre está seguro de estar enamorado. Pero cuando estás teniendo sexo, no hay forma de equivocarse.

Así respondió Ornette Coleman, el inspirado y controvertido revolucionario del free jazz, a la sección “Lo que sé” de la revista norteamericana Esquire. Este mes, Coleman cumplió 80 años y sigue tocando. Sound Grammar, su último álbum hasta la fecha, fue el primer disco de jazz en recibir un Pulitzer musical.

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