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Domingo, 11 de abril de 2010

ENTREVISTAS > EL HIJO DE PABLO ESCOBAR PRESENTA EL DOCUMENTAL EN EL QUE PIDE DISCULPAS

La línea Hamlet

A los ocho era el hijo de uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo. A los dieciséis, pocos minutos después de cortar con él por teléfono, su padre fue asesinado a balazos y él juró venganza por radio. Dieciséis años después, tras una estadía en la cárcel acusado de lavado de dinero, un exilio turbulento, una década de anonimato en la Argentina con nueva vida e identidad y el largo calvario de sacarse de encima el pasado sobre sus espaldas, Juan Pablo Escobar vuelve a la luz pública en Pecados de mi padre, un documental dirigido por el argentino Nicolás Entel en el que repasa su vida junto a su padre y se encuentra con los hijos de Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara Bonilla, dos de los políticos asesinados por su padre, para pedir perdón.

 Por Violeta Gorodischer

“Que la cocaina este prohibida en Colombia es ridiculo, es como si Cristina prohibiera comer carne”

Dos de diciembre de 1993, Colombia despierta agitada. En cada casa se encienden las radios, los televisores, todos escuchan atentos la noticia del día: encontraron a Pablo Escobar. Recluido desde hacía meses en un barrio de clase media de Medellín, aislado del mundo y separado de su familia, el Rey de la Coca acaba de cometer el peor error de su vida. En un rapto de desesperación, llamó a su hijo Juan Pablo al hotel de las Fuerzas Armadas en el que está refugiado junto a su madre y su hermana por orden estatal, habló más tiempo del que hubiera querido, ignoró las claves cifradas del hijo (“tranquila, abuelita, no se preocupe, no llame más”), lo terminaron rastreando. Por eso espía a través de las cortinas y balbucea un “ahorita te llamo”. Por eso cuelga, gira, y encuentra militares, paramilitares, grupos armados. Todos ahí, rodeándole la casa. Escobar suspira, abre apenas la ventana, calcula la distancia con el tejado. A esta altura, todos lo conocen como el narcotraficante más cruel de Colombia, el que más muertes carga sobre la espalda. Fugado de la célebre cárcel Catedral (que él mismo mandó construir) por miedo a un posible traslado, es perseguido por la CIA, la DEA, el Ejército colombiano, el grupo armado Los Pepes (perseguidos por Pablo Escobar), los miembros del Cartel de Cali y hasta algunos rebelados del Cartel de Medellín, que todavía lidera. No le quedan muchas opciones. Se saca las ojotas, panza prominente, barba crecida, salta al tejado, empuña sus dos revólveres y entre gritos e insultos empieza una balacera desproporcionada que termina en menos de tres minutos. Pablo Escobar está muerto.

La imagen circula rápidamente. Los periodistas sacan fotos, envían cables, hacen llamados. Tirado y cubierto de sangre, el cuerpo de Escobar es ahora un asunto de Estado. Los militares que lo rodean y sonríen ante el trofeo de guerra se verán durante los próximos días en televisión. Del otro lado de la ciudad, sentado sobre la cama y mirando el teléfono, su hijo Juan Pablo ignora lo que acaba de pasar. Minutos de espera muda hasta que una periodista lo llama para darle la noticia. Entonces el chico, dieciséis años, grandote, el mismo brillo de Pablo en la mirada, se levanta de un salto y jura venganza por radio, ante un país entero: “Yo mismo los voy a matar”. Un déjà vu que todos escuchan aterrorizados. Pero apenas unos minutos después, llama para decir que se arrepiente, que no va a vengar la muerte de su padre, no va a vengarla, repite, que lo único que le preocupa es el futuro de su sufrida familia y hacer algo para que reine la paz en su país. Y aquí empieza la otra historia, la del hijo que busca la redención. En un recorrido casi borgeano, Juan Pablo Escobar encarna al hombre que, en ese último instante, descubre quién es y tuerce su destino para siempre. “Casi me cargo esa mochila, casi me creo el cuento de que yo tenía que responder por mi papá”, dice hoy, dieciséis años después, con una determinación que cautivó al director argentino Nicolás Entel cuando conoció su historia y decidió reflejar, en un documental llamado Pecados de mi padre, ese íntimo proceso expiatorio basado en pedirles perdón a los hijos de los políticos asesinados por Pablo Escobar.

El otro, el mismo

Abandonar su país, cambiar su identidad a la de Sebastián Marroquín, transformarse en otro sin dejar de ser él mismo, instalarse en Argentina y evitar hablar del pasado. Todo eso tuvo que hacer Juan Pablo, de ahora en más Sebastián, para poder seguir con su vida. Algo en el voceo colombiano interpela al espectador argentino desde el primer momento en que Marroquín aparece en cámara diciendo “mi papá”. Y una angelical foto de Pablo Escobar en su primera comunión representa “ese único momento de honestidad” que Sebastián podía tener ante sus amigos argentinos sin miedo a que lo reconocieran. Pero no sólo eso. La ternura inquietante de la foto condensa a su vez las contradicciones del narco más popular de Colombia. Un hombre que lideró el Cartel de Medellín y el 80 por ciento del tráfico de cocaína, que fue expulsado del Nuevo Liberalismo fundado por Rodrigo Lara Bonilla y Luis Carlos Galán cuando sus actividades salieron a la luz y que, así y todo, entró en el Congreso como diputado suplente y quiso hacer carrera política construyendo canchas de fútbol, estadios y hasta un complejo de viviendas llamado Barrio Pablo Escobar, que le valió el apodo de “Robin Hood”. Un ególatra que empezó su línea de ascenso comprando la Hacienda Nápoles, instalando un zoológico de animales exóticos en ella (“miraba las enciclopedias de la vida salvaje y elegía qué animales quería tener en la finca”, cuenta Marroquín con una sonrisa, ante el video que invita a la gente a conocer el lugar) y que, a los 25, ya era uno de los siete personajes más ricos del planeta según la revista Forbes. Que apenas unos años más tarde no dudó en matar a los políticos y civiles que se le cruzaran en el camino, que instaló la modalidad de los carros-bomba en la guerra contra el Cartel de Cali, que dio rienda suelta a un ejército de sicarios inaugurando el período más violento de Colombia y que fue capaz de hacer estallar un avión de Avianca con 108 personas, por la sola sospecha (fallida) de que ahí viajaba el presidente César Gaviria. ¿Puede ser que ese mismo hombre disfrutara leyéndole a su hijo el cuento de “Los tres chanchitos”? Marroquín mira a cámara, saca un grabador, pone play. Cuando se escucha la monocorde voz de Escobar repitiendo esa clásica historia de infancia, lo que conmueve no es el relato en sí mismo, sino la mirada del hijo al oírlo. “Sería más fácil para nosotros salir a criticarlo, pero no sería honesto –dice Sebastián–. La gente no nos puede reprochar que hayamos tenido una relación afectiva con él.” La dificultad, convengamos, no es demonizar a alguien. El problema radica en asimilar los matices, admitir que si Pablo Escobar pensaba como criminal, también fue capaz de actuar como padre. Un buen padre, a juzgar por las fotos, los videos, las anécdotas de una intimidad cotidiana recortadas sobre un país sumergido en la muerte: vacaciones familiares, juegos de Monopolio, tardes de pileta, risas compartidas, montañas rusas en Disney, autitos eléctricos, todas esas noches a la espera de que su gurrumín se durmiese.

Ni héroes ni villanos

Ahora bien, todo documental reconstruye a su vez una historia. Y si la historia tiende a ser épica, la contrafigura del villano es el héroe. En este caso, dos héroes: políticos limpios y honestos que (literalmente) dieron la vida por su patria. Porque el archivo histórico de Pecados de mi padre muestra también cómo, mientras la clase media de Estados Unidos caía rendida ante la cocaína y Escobar levantaba su blanco imperio, el entonces ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla libraba su batalla personal, aun sabiendo que su vida corría peligro. En el ‘84 ordenó un allanamiento en el laboratorio Tranquilandia, y confiscó toneladas de cocaína, por un valor de 1200 millones de dólares. El golpe más duro contra el negocio de drogas de la historia y para el propio Escobar, que fue denunciado públicamente y tuvo que renunciar al Congreso mientras Estados Unidos le cancelaba la visa. Unos meses después, Lara Bonilla era asesinado en plena calle por sicarios que le dispararon en la cabeza desde una moto. Sin culpas ni castigos, los Escobar se refugiaron en Panamá y más tarde en Nicaragua. Sebastián tenía apenas siete años y recuerda ese período como una marea de llanto continuo: “Nicaragua estaba desolada por la guerra que estaba viviendo. Me llamaban a almorzar y lloraba, me llamaban a jugar y lloraba, me llamaban para salir al patio y lloraba porque veía una pared todavía más grande”. Más tarde regresaron a Colombia, donde el Cartel de Medellín siguió operando, hasta que en el ‘89 Escobar mandó asesinar a su segundo enemigo público: el candidato a presidente por el Nuevo Liberalismo, Luis Carlos Galán. También ahí, en pleno acto político y a la vista de todos. Entonces es cuando entran a escena los otros hijos, cuatro en total: Rodrigo Lara y Carlos, Juan Manuel y Claudio Galán. Como a Sebastián, también a ellos se los ve chiquitos, vulnerables, también inocentes. Se los muestra pasando de brazo en brazo, entre llantos, abrazos ajenos, entierros televisados, multitudes enardecidas. Chicos que hoy se convirtieron en hombres y enarbolan las banderas de sus padres como mártires. En este sentido, el hallazgo de Nicolás Entel fue revertir el maniqueísmo poniendo a todos al mismo nivel. De ahí la idea de una carta que propiciara el encuentro de Marroquín con los herederos de la democracia colombiana y el esfuerzo de meses hasta convencerlo de escribirla. Finalmente, en febrero de 2008, los tres hijos de Galán y el hijo de Lara Bonilla se juntaron a leer esa carta donde el hijo de Pablo Escobar les proponía reunirse para “no repetir la historia”, donde aseguraba que sabía todo el dolor que había generado su padre y que el hecho de haber nacido en un ambiente fértil para la violencia no hizo sino impulsarlo en su búsqueda de la paz. Minutos de silencio, miradas que se cruzan hasta que al fin habla Juan Manuel Galán y califica la iniciativa de “valiente y noble”. No es fácil, piensan entre todos, dimensionar el dolor por la condena social que existe sobre esa familia.

ADN

En efecto, no es fácil. Ni siquiera ahora, que ya pasó tanto tiempo. Tal vez por eso Marroquín tuvo tantos pruritos en escribir esa carta. Miedos que tenían que ver, antes que nada, con la posibilidad de la ofensa. “Tardé casi diez días en escribirla. No encontraba ninguna palabra justa, me parecía que todo los podía ofender. Ya mi padre les había causado un sufrimiento bastante grande para que me odiaran a mí también. No quería comparar, pero tampoco quería quedarme callado, porque también tenía mi propia experiencia”, dice. Como todavía no se animaba a viajar a Colombia, el primer encuentro con el hijo de Lara Bonilla se concretó en Argentina, en el Tigre, rodeados de árboles y pajaritos en esta suerte de “suburbio”, según describe la voz en off del documental. El plano se cierra a ellos dos sentados en un banco y Rodrigo Lara le cuenta a Marroquín que hoy en día se lo sigue recordando en Colombia por las palabras que dijo en la radio apenas fue anunciada la muerte de Escobar. Compasivo, admite que él también juró vengar a su padre, puertas adentro del cuarto. Fantasías infantiles con gritos y revólveres, dice. Sebastián asiente y aprovecha la confesión para pedirle que por favor se ponga en su lugar. Que si a los ocho él imaginaba oscuras venganzas, piense lo que pudo pasarle a un adolescente de dieciséis. De víctima a víctima, le pide. “Yo perdí el derecho a enojarme –dirá a solas–. Yo dije eso como cualquier adolescente enojado podría haberlo dicho. Pero lo dije yo, llevando este apellido, y la carga social es fuerte. A mí me decían ‘Usted es el hijo de Pablo Escobar, entonces es un peligro’.”

A tal punto, que los enemigos de su padre lo citaron después de su muerte, para darle indicaciones de qué tenía que hacer si quería seguir con vida. Un encuentro al que Marroquín fue con el testamento hecho, seguro de que iban a matarlo. Pero sólo dijeron que tenía que abandonar Colombia y no meterse nunca jamás en el negocio del narcotráfico. La decisión fue emigrar con su madre (María Isabel Santos) a Argentina, donde aun cambiando su nombre, apartándose de todo, estudiando arquitectura y diseño industrial en la Universidad de Palermo, entendió que fue y será portador del ADN Escobar, como un sello marcado a fuego del que es inútil seguir renegando. Corría el año ‘99 cuando el contador de ambos descubrió su verdadera identidad e intentó extorsionarlos. La reacción inmediata fue denunciarlo a la Justicia (“queríamos evitar seguir cargando con esto para siempre”) pero entonces fueron presos bajo el cargo de “lavado de dinero”. Sebastián salió a los 45 días y su madre estuvo 18 meses presa, por una causa que recién luego de siete años fue totalmente cerrada, declarándolos inocentes. Sebastián lo explica con la misma resignación triste con que explica lo demás: “De repente te meten a la cárcel por el delito de parentesco, en el marco de una denuncia que tú mismo promueves. Era el colmo, era decepcionante. Parecía que nada había cambiado, que tantos años de esfuerzo no valían nada, todo daba igual. Era lo mismo portarse bien o portarse mal: los caminos llevaban a la cárcel, o a la muerte”. Y todo por la complejidad de una herencia que al día de hoy no termina de ser procesada. ¿Quién es él, en definitiva? Si al principio del documental se lo escucha decir “no soy nadie”, tal vez salir a la luz y mostrarse públicamente sea una forma de exorcizar fantasmas. “Yo vivo un continuo proceso de reinvención –dice–. Llevo el pasado a cuestas, pero también he tenido la posibilidad, en Argentina, de ser un NN durante diez años, evitar el prejuicio antes del saludo. Ahora me siento un poquito más delgado. Estoy más tranquilo, ya no tengo la presión de tener que ocultar absolutamente nada.” No sólo porque descubrió que puede seguir moviéndose dentro de su círculo porteño con la frente en alto, sino porque en Colombia misma, donde el documental ya fue estrenado, la reacción de los medios y los partidos políticos fue más respetuosa de lo que esperaba. Es más: el diario El Colombiano lanzó una encuesta popular titulada “¿Usted perdonaría al hijo de Pablo Escobar?” y el 87 por ciento de las respuestas fueron positivas. “No lo podía creer. Si lo hubiera dicho un 30 por ciento, ya me hubiera parecido un montón”, dice Sebastián, que asegura que nunca tuvo tanto miedo como en el estreno, cuando regresó a su país y asistió a la sala de cine “confiando en la protección de Dios”.

Parte de lo recaudado con el documental será donado a Fundaciones de Naciones Unidas para ayudar a las familias colombianas desalojadas por grupos armados, relacionados con el tráfico de drogas. Marroquín señala que ahí es donde reside el problema, más allá de lo que haga cada uno en privado. Si bien jura que él nunca consumió cocaína (es sabido que Pablo Escobar despreciaba a los adictos), su posición al respecto es clara: “No aliento el consumo personal, pero soy respetuoso. Que la cocaína esté prohibida en Colombia es ridículo, es como si Cristina nos prohibiera comer carne”. Lo importante pasa por otro lado: Sebastián vuelve a poner el foco en el encuentro final de todos los hijos que, según cree, fue leído como un llamado a la paz por parte de los medios, los políticos y el mismo pueblo colombiano. Algo que de este lado del mapa es más bien un genuino, conmovedor gesto de nobleza. Marroquín que mira a los ojos y pide perdón por todo lo que hizo su padre; los hijos de Galán y Lara Bonilla que le devuelven un “no eres Pablo Escobar, no tenemos nada que perdonarte”. La voluntad de convertirse en ejemplo y un perdón que se pide en nombre de otro, en un país que todavía no tuvo justicia.

Pecados de mi padre se estrena el 22 de abril.

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