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Domingo, 23 de mayo de 2010

FITO PáEZ O CóMO CONTAR EL MUNDO EN UNA CANCIóN

En el camino

Acercándose a los 50, Fito Páez continuó la intimidad inspirada de Rodolfo, en el que tocaba solo al piano, con Confiá, un disco grabado con una banda compacta y sutil en el que despliega los mismos talentos que siempre tuvo y que cada tanto alguien le quiere discutir: la capacidad de mirar el mundo y la vida, y contarlo de un modo nuevo, siguiendo las mejores tradiciones del rock.

 Por Diego Fischerman

Una de dos. O el rock es una de esas músicas que, como las canciones de María Elena Walsh o las de Ruidos y Ruiditos, se escuchan a cierta edad y luego, a lo sumo, se recuerdan con cariñosa nostalgia, o es otra cosa.

O es algo en el que hay un lugar para un King Crimson adulto, y Sting y Peter Gabriel y, claro, Paul McCartney y Dylan y David Bowie y Elvis Costello siguen siendo de la partida, o no lo hay.

O es posible que se crezca, y hasta se envejezca adentro, o caballeros de la reina de casi setenta años seguirán fingiendo alegremente su insatisfacción como único camino posible.

Es decir: o se puede escuchar a Fito Páez como uno de los artistas más importantes de las últimas décadas argentinas, o se mantiene una discusión que, como muchas de las que rondan el género desde hace años, incumben mucho más a las apariencias que a lo que hay detrás.

Ya se sabe: la comunidad del rock tiene dificultades para asimilar con gracia el optimismo o la felicidad. O, incluso, el equilibrio emocional. Y en ese contexto, un disco que se titula Confiá ya empieza siendo un acto de paradójica rebeldía. La palabra, en realidad, es la última de una canción que comienza diciendo: “Es posible que ya no te fijes en los cuentos que cuenta el mundo, no hace más que respirar / Es posible que tus ojos ya no emitan esa luz que enceguecía hace algún tiempo atrás / Ya se fueron todos de la casa y la mañana envuelve todo, todo / En un profundo azul”. Y que concluye con: “Y si algo aprendimos en el mundo es que el mejor momento aún no vino, está por llegar / Confiá”. Una canción que no es blanda, que dice, por ejemplo, “cuando yo creí que estaba todo bien en realidad estaba haciendo todo exactamente mal”, que irrumpe con lo coloquial y con un discurso-río en la métrica de lo estrófico y que se las arregla para seguir siendo una canción (es más: una canción beatle, o sea una canción con amplios movimientos melódicos, con sorpresas; con respiración y, en este caso, con un aire soul), y que se anima a ser circular cuando habla de los círculos pero, sobre todo, una canción que habla de aprendizajes; una canción adulta. Una canción que jamás podría funcionar como parte de esa extraña religión que admite el éxito –y se construye con él–, pero no su semblante. De ese rock mal entendido que se abroquela en sus gestos más primarios y que excluye toda posibilidad de reflexión o inteligencia.

Confiá es un disco con algunas canciones notables, con referencias a la historia y las historias y, también, las estéticas. La cita de la guitarra a “Hermano perro” cuando se nombran las rutas argentinas en “La nave espacial” –una letra extraordinaria, en el sentido más cercano a la etimología que sea posible–, el tono spinettiano de “Limbo mambo”, el comienzo à la Lennon de “Desaluz”, lejos de cualquier clase de pedantería, son apenas puntos de apoyo, como las clavijas de los andinistas, para inscribir los relatos en otros relatos. ¿Quién es el que canta “Y fue inevitable, nos rompimos el corazón”? ¿Podría ser otro que el que, además de rendir pleitesía explícita a las primeras canciones de Los Gatos, y de Spinetta y de Charly, produjo a –y confió en– Liliana Herrero? ¿Sería posible que no fuera aquel cuya “Un vestido y un amor” fue cantada por Caetano Veloso y Mercedes Sosa y Adriana Varela y Elba Ramalho? ¿No es la misma voz, y no debería seguir siéndolo, que compuso algunas de las mejores canciones de los comienzos de Baglietto y que pintó una ciudad de pobres corazones? En ese sentido, este disco –que tiene entre sus virtudes el sonido de una banda compacta y sutil– no puede separarse de una de las obras más injustamente desapercibidas de los últimos años, Rodolfo, aquel álbum donde Páez se acompañaba sólo con piano.

Allí, más allá de una bella pieza instrumental –“Nocturno en Sol”–, de su fluido manejo del piano en el contexto de la canción (un poco a la manera del primer Elton John), de los aires de zamba y del inusual –y rico– registro grave de su voz, estaban, como aquí, las grandes pequeñas historias. Las de alguien que, como se sabe, nació en el ’63 (y anda ya cerca de la cincuentena) y, en lugar de mirarse a sí mismo o de reiterar muecas vacías, mira al mundo y lo cuenta y lo canta. “Sofi fue una nena de papá y ahora duerme en cárcel de mujeres”, decía allí. Y “Vos me cantaste ‘Maribel se durmió’ al oído con la mano dentro del pantalón”, narraba. Y “Soledad se tatuó en las gomas una larga noche”, relataba. Y ahora sigue contando. Cuenta los cielos de Rosario o los de Capri o los de La Habana. Cuenta melodías que abrevan en las mejores tradiciones y que confían –todavía y afortunadamente– en su poder. En esa magia que aún, y a pesar de todo, hace que una pequeña frase pueda ser una gran canción. Y, sobre todo, cuenta cosas como “ellas saben la verdad, que la vida dura sólo un segundo”.

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Imagen: Nora Lezano
 
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