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Domingo, 27 de junio de 2010

PLáSTICA > XAVIER MAGALHâES EN LA UNLA

El canal de Magalhâes

Pintor gallego, discípulo del gran Laxeiro, Xavier Magalhâes guarda con la Argentina una relación tan fluida y afectuosa como la de su maestro (que vivió 20 años en el país): a la muestra de colores furiosos y trazos potentes, en los que retoma su investigación sobre las pinturas rupestres de Brasil y sus diferencias con las europeas, suma un díptico especialmente pintado acá para donar a la Universidad de Lanús y otra muestra junto a pintores argentinos. Radar lo entrevistó para hablar de su paso del blanco y negro al color, del miedo frente a la tela en blanco y de sus hallazgos rupestres.

 Por Angel Berlanga

Un par de rasgos contundentes caracterizan la obra actual de Xavier Magalhâes: la línea negra gruesa y firme como síntesis profunda en simultáneo con el uso furibundo y jugado del color. “Los elementos, la sinopsis, son anécdotas para casi siempre lograr un mejor entendimiento –apuntó en un texto sobre sus experiencias plásticas–; es el anzuelo, pero la carnaza, la emoción, el drama, la sátira o la alegría están en el color.” Cuarenta y cinco pinturas suyas se exhiben por estos días en el Espacio de Arte de la Universidad Nacional de Lanús, a las que se suma Y nosotros ya estábamos aquí, un gran díptico que pintó durante las últimas semanas en este sitio, ante la comunidad universitaria que lo miraba hacer, curiosa. “Yo crecí junto a una estación de ferrocarril –dice este hombre nacido en Pontevedra, Galicia, en 1953–, y cuando llegué aquí me encontré con que esto era un viejo taller ferroviario.” Magalhâes refiere puntualmente al Raúl Scalabrini Ortiz, uno de los edificios que la UNLa recicló, en el fabuloso predio de treinta hectáreas que está a la vera de las vías del Roca, a la altura de la estación Remedios de Escalada. “Así que mientras pintaba –dice–, escuchaba cada cuatro o cinco minutos cómo pasaban los trenes: eran como tambores que me animaban a terminar el cuadro.”

La muestra que presenta Magalhâes se llama Los desheredados. Hace unos años se puso a investigar qué manifestaciones pictóricas había en América antes de la llegada de españoles y portugueses, y así dio con las pinturas rupestres de más de 15 mil años de antigüedad halladas en Brasil (en el Parque Nacional Sierra de Capivara, por ejemplo). “Están en tocas, una cosa intermedia entre abrigo y cueva –cuenta–, y estudiándolas descubrí que no son tan planas como las nuestras, las que hay en el norte de España (Altamira) y en Francia: en éstas hay una búsqueda de una tercera dimensión, de la musculatura. Es algo muy raro. Pero vi ahí puntos de contacto con mi propia obra: en la síntesis y el color. En esas pinturas rupestres están representados los valles de una manera desinhibida y los hombres bailan con una gracia tremenda, todos con los penes levantados, en un gesto que es más litúrgico que lúdico: la diosa mujer allí impera sobre todo. Y yo recordé que lo que se encuentra como piedra de toque en las liturgias y en la concepción de las religiones antiguas son las famosas Venus neolíticas europeas. En nuestros pueblos protohistóricos, a través de la mujer, están la diosa creación, la diosa tierra. Las musas de los griegos fueron mujeres. A mí me cautivan las diosas pintura, poesía, arquitectura. La mujer es el gran cordón umbilical que nos une a la belleza.” Buena parte de estos elementos, agrega, están presentes en el díptico que pintó aquí y donó a la UNLa.

Hay cierta vitalidad en el habla y los movimientos de Magalhâes que parecen corresponderse con su pintura. En algunos vinos hay etiquetas explicativas bellamente redactadas que luego le causan gracia al paladar: algo así pasa en el arte, a veces, cuando se habla de él. Y claro: hay bocas y bocas, ojos y ojos, tiempos, espacios, experiencias. Magalhâes no parece muy preocupado por la redacción de su propia etiqueta. “Llega un momento en que creo que importa más el gesto, la caricia, que estar con la banderita de que sabes dibujar o pintar, o todo lo demás –dice–. Yo trato de reflejar una chispa, el click para conectar entre el cuadro y el espectador.”

En unos días inaugurará también, en la galería Raíces Americanas y junto a los pintores argentinos Roberto Duarte y Rubén Borré (curador en la UNLa), la muestra Dos orillas para un mismo mar. Desde hace veinte años, Magalhâes viene exponiendo en diversos espacios de Buenos Aires (en el Centro Cultural Recoleta, por ejemplo). También ha hecho exposiciones en Cuba, Uruguay, Portugal y Francia. Y en muchísimas ciudades de España, claro, sobre todo de Galicia. Está radicado desde hace años en Vigo: “De ahí fueron mis novias, mis mujeres, ahí nacieron mis hijos –dice–. Allí me formé como pintor, allí trabajo. Siento a Vigo por los cuatro costados: una ciudad trabajadora, proletaria, donde, si tú quieres, puedes no encontrarte con nadie y, si quieres, puedes encontrarte con todo el mundo”.

En su formación hay una figura clave: Laxeiro. Este gran pintor gallego, figura central en la renovación plástica y vanguardista de la región –que vivió en la Argentina entre 1951 y 1971–, lo introdujo en el mundo del arte. “Tenía 17 años cuando lo conocí y le dije que quería ser pintor –cuenta Magalhâes–. Y él me dijo que me preparara, que las personas nacían para dos cosas: unas para tener y otras para ser. Y que yo no iba a tener casi nada. Pero que si eso me causaba alegría, adelante. Fue una relación cotidiana, durante años. Recuerdo el día que puso en mis manos un trozo de carbón gordo como un palo de escoba: ‘¿Y esto?’, le pregunté. ‘Con esto se hace todo’, dijo. ‘Pero, ¿qué es lo que tengo que hacer?’ ‘Todo: tu padre, tu madre, el perro; la calle de día, la calle de noche; el árbol al atardecer y al amanecer; el río, la montaña. Todo.’ Me tuvo cinco años dibujando. Lo maldije mucho, pero hoy le estoy muy agradecido. Porque me hizo trabajar con método, cuando yo quería largarme a hacer otras cosas.” “¿Tienes mucha prisa?”, le preguntaba Laxeiro ante su apuro por exponer. “El quería que pintara sin ansiedad –sigue Magalhâes–. Me dio una lección de humildad. Era una persona muy sabia que estaba siempre en contacto con el pueblo, era muy inteligente y sagaz. De esas personas comunicativas a las que traspasa la vida, que expulsaba una alegría tremenda. Que no tienen miedo en plantear qué les gusta y qué no, y por qué: un hombre con buen humor y mala leche. Era un creador nato, que trabajaba con una impronta y una facilidad fantástica. Su obra refleja los tres grandes amores que tenía: la pintura, Galicia y el sentido de la libertad.”

Magalhâes hablaba al comienzo de emoción, drama y color: esos asuntos marcan las etapas de su obra. Desde una primera etapa en la que la figura de la mujer era tema central en su trabajo, con un gran despliegue de color, evolucionó hacia otra en la que desaparecía toda figura y trabajaba sólo en negro sobre blanco: “Recuerdo haberle comentado a Laxeiro acerca de mi preocupación, y que él me dijo: ‘Tú déjate llevar, ya se sabrá por qué’ –evoca–. De manera inconsciente, supe después, yo estaba sangrando por la enfermedad terminal de mi padre, y entonces ahí estaba la ausencia, la muerte: eso por sobre la anécdota que podía expresarse a través de una figura”. Pero el nacimiento de su hija Celina, que ahora tiene 15 años, cuenta, le devolvió la alegría y la vitalidad a su pintura. “Ya desde que mi mujer estaba embarazada –dice–. Me cautiva el milagro de la vida. Creo que los hombres nunca podremos comprender del todo eso, que sólo una mujer entiende cuando siente en su barriguita esa comunión entre madre e hija. Acariciar la barriga de una mujer embarazada y sentir esa vida ahí dentro es increíble, tanto como ver salir el sol todos los días.”

Del día a día Magalhâes rescata, también, las sorpresas que le depara el trabajo sostenido: “Llevo ocho meses trabajando sobre el tema de Los desheredados, y si me decías que en ese tiempo iba a tener decenas de trabajos sobre el tema, pues te miraría con ojos de incredulidad. Voy al estudio como el herrero al yunque, a golpear y golpear. Y si no voy me falta algo, la mano se me escapa inconscientemente, es una compulsión. Y de esto quiero pasar a tamaños muy grandes, porque pienso que algunas series, como la de las Mujeres pájaros, son atractivas. ¿Cómo resultará? Pues no lo sé. Esa es la aventura de pintar, que nunca sabes hasta que está hecho. Y yo soy muy intransigente con mi propia obra”.

Las pinturas que Magalhâes expone en la UNLa pertenecen a las series Antropomorfo, Zoomorfo, Mujeres pájaros y Las XV variaciones de Girofflé (así se llamaba un gato familiar): rasgos humanos y animales, en conjunción con elementos del cotidiano urbano, parecen pronunciarse desde las líneas gruesas, el estallido de color. La mayoría de las obras están hechas sobre papel en técnica mixta. “Sé que muchas personas se incomodan con mi pintura, que no les gusta la fuerza de la línea del color –dice Magalhâes–. No es una pintura muy común en Galicia. Pero yo soy así, y trato de que mi pintura sea lo más parecido a mí. Hay gente que le tiene miedo al rojo, o le inquieta el amarillo: cada uno tiene su fuerza.” Se le recuerda que él mismo, en algún momento, les tuvo miedo: “Sí, claro –recuerda–. Creo que el miedo más miserable es la incomprensión. Desde lo político, lo profesional, lo social: eso te atenaza. Pero cuando no está, y estás alegre, es como una explosión”.

Los desheredados
Edificio Scalabrini Ortiz, UNLa
29 de Septiembre 3901. Remedios de Escalada. Lanús
www.unla.edu.ar
Cierra el 5 de julio

Dos orillas para un mismo mar
Xavier Magalhâes / Rubén Borré / Roberto Duarte
Galería Raíces Americanas
Suipacha 1311
www.raicesamericanas.com.ar
Del 1º al 30 de julio

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Imagen: Xavier Martin
 
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