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Domingo, 25 de julio de 2010

Entre veranos

 Por Alicia Plante

En 1956 Mar del Plata era otra. Yo también. Flaca, demasiado alta, solitaria, “puro ojo” decía mi mamá. La casa no era nuestra, creo que nos habían invitado a pasar unos días, no sé, esos detalles quedaron en la región de lo indiferente, en realidad lo que más recuerdo es ese aire limpio y frío que siempre soplaba de la costa y traía el olor del mar, y el afuera de la casa, el jardín al costado donde brillaba el solcito de marzo, el silencio de la calle sin autos.

Una tarde que se fue nublando y el viento parecía tener malas intenciones vi que la única huella humana en el jardín era el libro que mi hermana había dejado sobre una reposera. La casa tenía un garaje y ningún auto. Yo no había estado dentro y nadie me habría prohibido entrar, pero en esa época uno era furtivo porque sí. Abrí el portón y sin ruido me deslicé al interior. Desde la puerta misma vi la bicicleta, y mientras me acercaba me pareció que estaba en buen estado. Le inflé las gomas, le pasé un trapo sucio al asiento y el manubrio y sin pedir permiso para sacarla ni para usarla, me largué cuesta abajo en la dirección general del mar y la playa.

El barrio Los Troncos, especialmente la parte próxima a la costa, estaba desierto a esa hora. Las casas me llamaban la atención, tan hermosas, tan ajenas. Muchas estaban herméticamente cerradas y supuse que los dueños recién volverían el próximo verano. Entré impunemente en un par de jardines: mirarlas de cerca, caminarles en torno me produjo el mismo sentimiento de desasosiego, de inquietud casi, que siempre me siguió llegando como parte de la belleza, no importa dónde la encuentre. Esa imagen despoblada, el viento y la falta de sol quedaron ahí, en mi memoria; no sentía tristeza, pero quizá la situación saturada de sensaciones me confirmaban sola y eso tenía cierta carga de melancolía. El olor algo ácido y tan familiar de los eucaliptos y los pinos, como tantas veces después, me ató nuevamente a la tierra y seguí adelante.

Algo más allá me topé con unas manzanas sin lotear, el terreno era desparejo y medio peligroso, era evidente que por allí no pasaba nadie, los árboles parecían haber crecido por su cuenta, rodeados de piedras, pozos, yuyos, todo muy diferente de las calles donde de un modo vago reconocía la voluntad humana. Podría haber rodeado esa parte o haber pegado la vuelta, pero no lo hice, nunca pude darle la espalda a un desafío, especialmente entonces, esa época de la vida en que los rasgos de personalidad recién se estrenan y son tan puros. Al fin, indemne, llegué al otro lado, al orden, las casas, las veredas, los cordones marcando los límites. Avancé un poco más y mientras pensaba que ya era mejor volver, vi a toda aquella gente. No me había cruzado con casi nadie, y de golpe... como cien personas pisoteando la loma de pasto y amontonándose frente a la puerta de una casa imponente.

Me acerqué con la bici pero me quedé abajo, en los bordes, desde ahí podía ver que dos hombres intentaban apartar a la gente y hablaban a los gritos; nadie les hacía caso. En aquel momento el portón del garaje se abrió despacio dejando a la vista la trompa de un auto blanco que fue saliendo lentamente. Lo veía acercarse de frente, alto y enorme, como si flotara hacia mí y yo estuviera ahí para recibirlo. Bajé apenas la cabeza y alcancé a ver el perfil de una mujer muy hermosa, el pelo dorado rodeándole la cara en pequeñas ondas y un abrigo de piel sobre los hombros; a su lado iba un hombre delgado y elegante.

Las cosas parecieron concertadas: mientras daba vuelta la bici y plantaba los pies firmemente sobre la calle por donde tendrían que pasar, giré la cabeza hacia atrás y vi que el auto blanco llegaba hasta mí de a poco. Entonces extendí la mano izquierda y aferré la manija de la puerta. Todo fue muy suave, como en una danza, y ya no tuve que pedalear.

Ella parecía azorada de verme allí, tan cerca. Y que no desapareciera de la ventanilla como en los trenes. Bajó el vidrio y señalando la bici dijo algo incomprensible. Como envuelta en un suspiro aspiré el vaho de su perfume y le sonreí. Entonces ella sonrió también: salió el sol, pensé en plenitud. Murmuró algo más y con un movimiento de cámara lenta abrió una enorme cartera y sacó una lapicera con su mano pálida, de largas uñas pintadas. El le dio un papel.

Lo guardé durante años, una firma grande y clara, “Ginger Rogers”, cruzando el papel en diagonal. Y en alguna mudanza se separó de mí como lo hizo el auto cuando solté la puerta.

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