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Domingo, 15 de agosto de 2010

PERSONAJES > MARíA MORENO Y EL HALLAZGO DE RAFAEL FERRO COMO EL PLOMERO DE PARA VESTIR SANTOS

Caño y a la bolsa

 Por Maria Moreno

De las ofertas masculinas de Para vestir santos me quedo con Rafael Ferro. Claro que puedo fingir una razón argumental: cuando Hollywood edificaba con luz a sus monstruos era preciso tener una estructura. El claroscuro y el polvo de estrellas no hacían nada con la cara meramente carnal de cabeza micro y rasgos agrandados por Max Factor. Es la diferencia entre estar bien y ser apuesto. Los galanes de la tele de hoy, cuya única gracia es la cabellera rebuscada, monótonos rasgos kinder y unos encocoramientos de petiso, irán al muere con los cuarenta en que, mal que les pese –la carne mengua sin reponer–, los contratarán de tío solterón a lo finado Roberto Escalada o amigo de fierro a lo Roberto Raschella. En cambio, una cabeza no envejece: caso la de Rafael Ferro. Y si mi posición está entre Lombroso y Mengele, sépase que la ideología no se lleva bien con las pasiones.

Yo no digo que me caliente, aunque si lo dijera nada agregaría a la exposición de mi persona que voy a detallar. Lo que siento se parece más a cuando la pierna pega un respingo bajo el martillito del médico, o cuando, en un coma, tomamos la mano que nos toma la mano. Digo que, cuando lo veo, mientras como frente a la tele de un bol de arroz integral, me late involuntariamente un párpado o me sonrojo mientras tejo, es decir me sonrojo sola, sin nadie a quien ofrecerle mi sonrojo, que es de la época en que la mención de un nombre fatal durante una conversación dañina me lo provocaba. Digo que este gusto, tardío e indecoroso porque va contra toda mi autobiografía de gustos, me retrata tan íntima y sorprendentemente que me vuelvo una desconocida para mí misma.

Paso a la lista de mi degradación personal a causa de este gusto que me sorprende:

1. Me volvió una fantasía que creía superada

Hincha del llamado hombre interesante, logorreico y denso, me descubro adicta a un rasgo físico: los surcos nasolabiales. En este caso, como en el del nunca suficientemente llorado Steve McQueen, son dobles y fantaseo con cargarlos de whisky, un whisky que le prohibiría lamerse y no sigo, no porque me quede pudor sino porque me voy a pasar de líneas.

2. Me descubro cualquiera

En mis tiempos, mi capilla o facción tenía un decálogo de gustos más rígido que el instructivo Sobre Moral y Proletarización del PRT. Las chicas pop de izquierda Cary Grant o de izquierda Cicciolina, según las taxonomías de Néstor Perlongher, hacíamos arcadas ante los millonarios a menos que colaboraran en el secuestro de un miembro de su familia. Aun los estudiantes comprometidos que se pagaban la carrera como modestos empleados nos evocaban al “ingeniero” –vituperado paradigma burgués de Sartre–. La belleza natural era un valor capitalista. Buscábamos al príncipe rojo en el sapo de asamblea. Al artista en el lumpen. Al conflictuado en el fiolo. Por sobre los cuerpos de gimnasio ponderábamos a la rata camuflada por la melena de Sierra Maestra y la piel lechosa, cuando no granujienta del que lee toda la noche. Y, hete aquí que ahora me gusta lo que le gusta a todo el mundo. Tantos años de snobismo y extravagancia cultivados al garete: miro hipnotizada un lomo de squash bajo la única cara argentina que podría soportar relevar a Belmondo en el gesto de acariciarse con la uña el dorso de la nariz mientras agoniza (Sin aliento).

3. Tengo gustos porno

Sea por autocrítica o por mea culpa, en querella con las feministas antiporno de los ‘80, sé que no puedo pasar por alto que me guste un personaje de plomero, es decir el que, al segundo de empezado el film XXX, saca una metafórica llave inglesa e inmediatamente –el relato hot desestima el suspenso como a una paja triste– suele proceder a la posición del misionero con el ama de casa derramada en medio de las piezas de un termotanque.

En confianza y monólogo interior me digo: ¿así que ése era todo tu secreto, dinosauria trash, peronista a gó-gó, viejita

queer? ¿El plomero?

Las ficciones nos dan la oportunidad de ser generosas, hasta manirrotas en un terreno en el que, de ser vivido, seguramente nos encontraría con el puño cerrado sobre aquello que nunca se está seguro de poseer. Por eso yo quiero que Julio deje de verse con la Conchuda y se quede de una vez con Virgi. Así soy de buena si no es verdad.

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