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Domingo, 6 de febrero de 2011

CINE > EL DISCURSO DEL REY: LA MONARQUíA RUMBO AL OSCAR

En el país de los ciegos, el tarta es rey

Después de La reina, en la que el furibundo Stephen Frears terminaba postrándose ante el trono de Isabel, la monarquía inglesa vuelve a la cartelera y rumbo al Oscar. El discurso del rey recupera la figura de Jorge VI, el príncipe que reinó durante la guerra y se sobrepuso a una tartamudez para dar coraje a su pueblo mientras su hermano mayor abdicaba y pregonaba sus simpatías nazis. Pero las cosas tampoco fueron tan así.

 Por Sergio Kiernan

Hay amores perros y amores imposibles, pero también hay amores larguísimos, altibajantes, contradictorios y francamente inexplicables, como pueden ser los amores políticos. Estas cosas siempre terminan igual, con los que padecen tratando de explicar y racionalizar, sea en el hombro de un amigo o en el diván, en el bar o en los editoriales de los diarios. En casos extremos, la cosa invade el cine, el gran medio para racionalizar en masa. Es lo que parece pasarles a los británicos, que no paran de hacer películas sobre sus reyes y reinas, como tratando de explicarse por qué son una monarquía y cayendo siempre en el mismo esquive de arrancar criticando –o burlándose– y terminar con un respeto disimulado pero real.

El último avatar de este mal de amores es El discurso del rey, donde Colin Firth es Jorge VI y Helena Bonham-Carter su esposa Isabel, la longeva reina madre de los sombreros inmensos. La película es otra muestra de esa especialidad británica minuciosamente planeada para cholulear a los norteamericanos, el pueblo más anglófilo del mundo, que tantos millones le rindió a Ivory y Merchant: casi teatral, prestigiosa, con actores famosos empujando el acento, interiores maravillosos y vestuarios que dejan a Ralph Lauren boqueando de envidia. De carrozas de fuego a My Boy Jack, pasando por Brideshead y Oxford, este look de buen tweed y sacos Eton parece no fallar nunca.

Lo que explica, en todo caso, por qué una película correcta y bien actuada pero sin ningún valor especial es tan, pero tan candidata al Oscar. Y por qué los productores son gente feliz, ya que con un presupuesto bajísimo a nivel internacional están recibiendo camiones de billetes verdes. Pero no explica por qué los británicos siguen intentando explorar la vida personal de la gente menos personal que se pueda concebir, los reyes, y encima nos contagien.

Una cosa es poner un rey en un relato como símbolo, vieja especialidad de Shakespeare con sus Ricardos malévolos y sus Enriques heroicos. En este caso, el tema es la malevolencia o el heroísmo, no la persona real, y la cosa puede llegar a la figurita, como el buenísimo Ricardo Corazón de León y el malísimo rey Juan, que para mejor eran hermanos. Este estereotipo hasta da para divertirse, como en el Robin Hood de Ridley Scott, donde Ricardo es un pesado arbitrario con el calabozo fácil. Pero otra cosa es hacer películas sobre los reyes como personas y sobre la familia real como familia, que es la tendencia actual. En este sentido, El discurso del rey formaría una trilogía con otras dos películas aparentemente diferentes, La locura del rey Jorge III y La reina.

La primera es quintaesencialmente teatro filmado, una obra de Alan Patton llevada al cine por actores teatrales y con un fuerte énfasis en la palabra. El enredo se centra en la porfiria del rey, que le ocasiona episodios de demencia, priapismo y coprolalia, y permite al guión divertirse con lo primitivo de la medicina de la época, sugiriendo como solución un psicoanálisis pre-Freud que es una inmensa licencia poética del autor. El truco está en mostrar que hasta los Hanover son gente que tiene que hablar de sus problemas, y que Shakespeare tiene valor terapéutico.

¿Dónde está la política? En ninguna parte: la tremenda crisis que terminaría en la Regencia es parodiada como una pelea entre padre e hijos, la efervescencia prerrevolucionaria de Wilkes and Liberty aparece como un par de parlamentarios chantas amigos del príncipe de Gales, y el final es la apoteosis regia, con Handel sonando en la escalinata de la catedral de San Pablo y la enorme familia real saludando al pueblo. Apenas un cartelito al final avisa que Jorge terminó loco nomás y sólo la calidad literaria de Patton hace que uno pueda tomarse en serio el asunto.

La reina es mucho más sucia y realista, porque es de Stephen Frears, un animal politizado, pero que Helen Mirren fuera la protagonista tendría que haber alertado al público de que la cosa no iba a ser tan crítica. En este caso la cosa se centra en la muerte de Lady Di, cierre del matrimonio real más nabo jamás visto, y el tema es la brutal adaptación que tiene que hacer La Firma (la familia real) al mundo sentimental de los tabloides y la televisión basura. Para peor, es la New Britain de Tony Blair, un hombre que francamente no sabe qué hacer con la monarquía, ni siquiera sabía que hay que arrodillarse ante Ella para ser primer ministro.

El guión, en este caso, es enormemente político y lleno de guiños de clase. A Su Majestad hay que decirle “mam” y no “maam”, no sea que la confundan con una cocinera; a Blair hay que decirle Tony y hacerlo lavar los platos, y a los ávidos trepadores del gabinete se le contraponen los momificados cortesanos, gente francamente de otra época.

Lo notable del asunto es que, según Frears, la reina es una profesional y Blair termina respetándola y apoyándola ante la injusticia de los ataques. Ella, por su parte, termina aprendiendo un nuevo papel como la profesional que es, y le basta recorrer las patéticas ofrendas florales ante el palacio para que su pueblo la adore. Lo peor es que este cuento de hadas resultó cierto: ella sigue en Buckingham y la crisis de Lady Di es pasado enterrado.

Isabel II también está, pequeñita, en El discurso del rey, que pasteuriza la historia de su padre despreciado y tartamudo, centrada esta vez en la fragilidad regia: los príncipes también son niños traumatizados y también necesitan terapia. Como Jorge III, Jorge VI termina sacado de rol por un outsider cuestionable y confianzudo, que lo tutea y chucea para que sea otro. En esta historia hay dos figuras pesadas, Jorge V, el padre terrible que tuvo un hijo playboy, un hijo aparentemente retardado y otro epiléptico muerto a los trece años, y el príncipe de Gales, el playboy que terminó filonazi y abdicado por amor a Wallis Simpson.

La película se apoya en el buen recuerdo que dejó Jorge VI por ser el “rey de la guerra”, por haberse casado con una persona tan simpática y sencilla, y por haber dejado en 1952 el trono a una chica tan prometedora como la segunda Isabel. No hace falta recordar que él también era filonazi y nuestros abuelos lo tenían como un retardado (ver el recuadro de Hitchens acá al lado). Con lo que Georgie es el duque de Windsor, padre de dos adorables nenas, bien casado y feliz en la sombra de ni figurar en los planes de nadie. Papá es terrible pero entiende que todo es peor ahora que se inventó la radio y hay que hablarles a las masas (“Antes un rey tenía solamente que verse bien arriba de un caballo”) pero no entiende que su segundo hijo no supere a pura voluntad un problema: su tartamudez.

Jorge vive de médico en médico hasta hartarse, lo que vale para mostrar seres pomposos que hasta le llenan la boca de piedras, como hacía legendariamente Demóstenes. Nada funciona, hasta que Isabel encuentra, en un barrio venido a menos, a Lionel Logue, un actor fracasado, profesor de dicción, que se anuncia en una chapita de bronce en la puerta. El duque lo encuentra cuestionador y repulsivo pero, como esto es Hollywood, termina aceptando el desafío. Hace ejercicios, mejora, se va abriendo y, cuando le cae el peludo de ser rey, tiene a su Lionel cerca para la coronación. Y para el discurso del título, en el que Su Majestad anuncia que el Imperio va a pelear, una gran secuencia en que Firth hace que transpiremos, hinchando por su personaje.

En fin, el nivel de monarquía en sangre puede seguir con las interminables miniseries sobre los Tudor, que juntan a Enrique VIII con sus esposas e hijas tremendas, y las aparentemente infinitas versiones de la primera Isabel. Hasta acaban de descubrir un tratamiento para el tanque de todas las reinas, Victoria: alguna vez fue joven y linda, y se enamoró perdidamente de un alemán alto y buen mozo llamado Albert. En cualquier momento, romances victorianos en pantalla.

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