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Domingo, 6 de febrero de 2011

TELEVISIóN > GRAN HERMANO, MENOS SANGRE Y MáS JUEGO

La casa está en orden

Después de una década en la que funcionó como objeto de todo tipo de interpretaciones, lecturas y acusaciones (desde que era un experimento disparatado hasta que era el vivo retrato de la ascendente estupidez argentina), Gran Hermano volvió un verano. Oh, sorpresa: esta edición dejó atrás las turbulencias que amenazaron con copar la casa y una carnicería que no fue, para dar paso a mucha discusión psi e intrigas de salón.

 Por Claudio Zeiger

En pleno verano televisivo, sin grandes crispaciones y con nuevas ficciones de fuerte inversión, se destaca el regreso del talk show, que se creía prácticamente extinguido, en versiones de baja intensidad como Los unos y los otros y El referí del matrimonio y desde ya el retorno del mocasín de los realities: el clásico (y, hay que decirlo, el mejor) Gran Hermano.

De los tiempos de la crisis al de una notable temporada veraniega (“estalló el verano”, al decir de Crónica), GH recorrió ya una década de transformaciones sociales y televisivas. Y se constituyó como un ejemplo de televisión popular que supo capear los cuestionamientos y análisis excesivamente ideologizados (se llegó a decir desde que era un programa que reflejaba la idiocia de la juventud argentina o que se trataba de una experiencia fascista y concentracionaria), hasta recalar en lo que es hoy: un entretenimiento de salón donde las historias de vida y los personajes fuertes se han estilizado y son materia de debate entre comentaristas que parecen hablar sobre personas reales entre trago y trago, entre bocado y bocado, sin reparar demasiado (o sin importarles en demasía) que se trata de seres de carne hueso, no sólo “jugadores”.

Eso es GH11. La conducción de Jorge Rial, los comentarios de Mariano Peluffo, la orientación general de la producción y la esencia del reality decantada, empujan a deducir que es un juego de salón: un ajedrez psicológico. No importa tanto la persona sino el mecanismo y el prototipo psíquico que esa persona contiene. No importa tanto la historia de vida o la problemática de género sino cómo esto influye (o no) en el grupo. GH se ha convertido, en gran parte, en un programa de terapia grupal y debate.

Hemos aprendido a mirar y a escuchar. Ya no hace falta engancharse empáticamente o entablar esa relación de club de fans con los participantes, ni llorar a mares, sin negar que alguna historia pueda tener algún ingrediente que llame a la solidaridad o mueva a compasión. Pero no se favorece aquí el personalismo. Cuando abandonan la casa, los participantes son estrellas sin público ni claque, sólo Silvina Luna (una de las que adquirió “sabiduría” tras el paso por la casa) los guía hacia el futuro, mientras la tribuna es apenas unos gritos sin imagen. Los chicos y chicas se han desdibujado desde la connotación: Martín P.; Cristian U; Cristian Y... Son líneas de tensión interna, piezas del rompecabezas. Y no por propia decisión sino porque así se los induce a jugar y así se los muestra.

Cristian U es un nervio desnudo y la gran atracción de GH11. El espectáculo es ver cómo sus estrategias, mentiras y verdades impactan en el cuerpo de la comunidad organizada. Esa es la gracia, y es de temer que si sacan a Cristian U antes de la final, el programa se desplome. Y esto tampoco significa necesariamente que U vaya a ganar, tal vez sea el navegante que conduzca la nave a buen puerto, y la frutilla del postre se la coma otro. Pero U logró algo que nadie más: se volvió necesario objeto de la expectativa, el dueño del suspense.

Nota de actualidad: éste es el primer reality que se realiza en una sociedad que acaba de sancionar el matrimonio igualitario. Es notable el efecto de naturalidad que parece haber causado la nueva ley en una casa donde conviven (o convivían hasta hace pocos días) un gay, una chica lesbiana y un transexual. Más allá de la historia “fuerte” de Alejandro, que le dio un anclaje excesivo a su participación y un motivo para ganar la plata (una operación no muy especificada), lo realmente notable es que las sexualidades alternativas han circulado como Pancho por su casa en la casa, llegando a ser muchas veces una especie de distracción, de olvido, que contrasta con aquellos revuelos que se armaron en tiempos no tan lejanos de Gastón Trezeguet, hoy productor y panelista.

Mientras tanto, la heterosexualidad y, en conjunto, la sexualidad de los participantes es algo que parece haber quedado en un plano más bien distante, ya que nadie decidió jugarse demasiado por ese lado, la mayoría entró estando en pareja (o eso dicen) y el narcisismo parece ser el motor vital de varios de los integrantes.

GH11 muestra por ahora la media de una sociedad con un bajo nivel de conflictividad y que viene espejando algunos cambios notables. Curioso el caso de Juan Pablo, que decidió dejar por la mitad el reality para salir a dar unos exámenes y no atrasarse en la carrera, algo que fue visto como un desaire para la supuesta fama que lo esperaba, pero parece que lo que quiere el muchacho, en vez de extasiarse con el ensueño de una celebridad incierta, es estudiar. Casi casi parece un país normal ¿no?

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Cristian U.
 
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