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Domingo, 13 de abril de 2003

PERSONAJES

Clark Kent y Super Loca

Durante el fin de semana pasado y hasta hoy a la noche, Jaime Bayly presenta en el Paseo La Plaza el unipersonal con el que ya recorrió buena parte de Latinoamérica. Impúdico, parlanchín, educado, nerd, marido imperfecto, gay culposo, bisexual confundido y ahijado orgulloso de Chiche Gelblung, el Bayly de No se lo digas a nadie demuestra que es capaz de todo con tal de que lo sigan mimando.

Por CLAUDIO ZEIGER

”Cuando vi a mamá soplando un condón en mi habitación supe que me iba a ir directamente al infierno”, afirma Jaime Bayly en un momento alto de su unipersonal No se lo digas a nadie. Realmente, cuando el espectador cobra conciencia de cómo se llega a esa situación entre una madre que jamás ha visto un forro y un hijo que la convence de que esos globitos que encontró en su habitación son para el cumpleaños de su hermanito, se da cuenta de que Jaime está empecinado en matar de un susto a su madre para sentir toda la culpa del mundo cayendo sobre sus hombros. Es de sospechar que Jaime es gay o bisexual por y para su madre más que por y para su deseo. Que Jaime es más masoquista que sádico. Y si Jaime Bayly efectivamente se va a ir al Infierno es porque quiere irse al infierno. Bayly, en el fondo, cree que el infierno es un lugar muy rico, muy chévere, como Miami. Y si en el mundo de valores tradicionales heredado por la numerosa familia Bayly (madre, padre y diez hermanos, lo que confirma que mamá Bayly realmente ignora lo que es un condón), el paraíso es heterosexual/ aburrido y el infierno es homosexual/ turbulento, el lugar de Bayly, declarado bisexual, ha de ser el purgatorio.
Al verlo sobre el escenario de la sala Pablo Neruda del Paseo La Plaza, tan deleitado con el show, tan ameno, tan en su salsa narcisista y confesional, disfrutando tanto cuando el público responde, dispuesto a sacar del closet hasta el último calcetín sucio de la familia, Bayly parece empeñado en querer entrar a otro infierno llamado la Argentina, sobre todo a su purgatorio, los medios de comunicación, con los que mantiene una relación entre ácida y fascinada (los medios locales están fascinados con Bayly; Bayly está fascinado con los medios locales, en especial con el hombre cuyo nombre más pende de sus labios: Chiche Gelblung).
La puerta de acceso esta vez fue el teatro (a sala llena), aunque es de suponer que tarde o temprano tenga programa propio en la TV nativa. Al fin y al cabo Bayly muestra más cintura que cualquier conductor joven o desenfadado de la TV, y por momentos se acerca más al personaje tremendo de Fernando Peña, alguien capaz de decir cualquier cosa y de vender, sí, a su madre, sobre el escenario.
Impecable traje negro, flequillo nerd, anteojitos elegantes, micrófono en mano y de pie; estampa clásica de comediante norteamericano. Así se presenta Jaime en escena: haciéndose el tonto, alguien, como dirá más adelante, que carece de onda. Y si bien lo suyo no es humor judío, la madre es su tema favorito, su obsesión. Madre goi, hijo gay (o bisexual, perdón). Bayly, en el fondo, debe estar profundamente enamorado de su madre. Querría matar al padre y hacer el amor con su madre y como no puede hacerlo porque mal que le pese fue muy bien educado por sus padres, se desquita imaginando novelas y monólogos donde los grandes protagonistas son él y su madre; el padre siempre está en segundo plano, rezongando, llevando a su hijo –eterno púber– a debutar a un inútil burdel. Por momentos (pocos) Bayly logra olvidarse de su madre y por un rato acordarse de su esposa, de la que siempre habla maravillas porque tiene el gran mérito de soportarlo a Él, y cuyo papel en todo este enredo es tan misterioso como apasionante: ¿ella es lesbiana para, digamos, neutralizar un poco los chistes de Jaimito? ¿O comparte los hombres con él? ¿Ella se parece a la madre de él? ¿Con qué frecuencia hacen el amor, dado que él viaja tanto para presentar libros y espectáculos? ¿Ella existe?
En su unipersonal, Bayly provee alguna información sobre su esposa: cuenta que cuando estaba por venir a Buenos Aires la dejó en un psiquiátrico de Miami y que él le dijo: “Por favor no te vuelvas loca, que con una loca en la pareja alcanza”. Cuenta una desopilante y heterosexual luna de miel con un consolador fuera de control. Y luego disuelve el misterio de la esposa en unos chistes, digamos, subidos. Siendo aún novios, los dos debutaron con la misma persona, un amigo de él, y a los dos les dolió. Hay más chistes gruesos durante el show que en boca de Bayly (cuya educación se nota mucho) suenan un tanto artificiales. Funciona mucho mejor su ambigüedad de niño rico y perversote, erotizado con las estampitas de los beatos, susurrando obscenidades en el confesionario (todos los curas son gays en la versión de Bayly), derramando semen hirviente sobre un breviario. Ese Bayly que une la Cruz a la Pasión sobre el escenario es el mejor Bayly, el más eficaz, a punto tal que logra hacer que algunos espectadores se retiren molestos de la sala (“En Chile se levantaron como treinta personas”,comenta mientras los despide). El mejor Bayly es el que cuenta cuentos con suspenso, el que reconstruye diálogos con imitación de voces incluida (“Bayly: Juan, voy al grano, quiero tener sexo contigo. Juan Castro: De ningún modo, Jaime. Bayly: ¿Por qué no, Juan? Castro: Porque no tenés onda. Bayly: “Juan, soy peruano pero vivo en Miami...”) o el que construye frases tan eficaces como esa del comienzo: “cuando vi a mi madre soplando un condón...”
Mientras se va al infierno Bayly vino dos fines de semana a la Argentina y en su empeño de seducir a hombres y mujeres de todas las edades, le fue más que bien. Eso es Bayly: un seductor ambiguo. Ahora, pongámonos un rato serios y abramos el debate. ¿Existe la proclamada bisexualidad de Bayly? ¿Es o se hace?
Bayly arranca su monólogo diciendo: “Todo el mundo me pregunta ¿eres o no eres?” Lo que sigue, una hora y media de enredos familiares, gags sexuales y chistes sobre la televisión argentina, no dejará en claro la respuesta porque precisamente el chiste es que nada quede claro nunca. Lo cual no implica que Bayly no se interne por un laberinto que, a decir verdad, no tiene salida o tiene muchas falsas puertas. Bayly, considerándolo fríamente, se presenta como un señor casado, atildado, serio, una especie de Clark Kent que de noche se convierte en Super Loca. Y eso, en rigor, no es un bisexual sino un tapado. La paradoja -divertidísima– del caso es que Bayly viene a ser el tapado más destapado del mundo y a eso juega, y eso es lo gracioso y a la vez enervante del personaje.
Bayly construyó un personaje aceitoso, circular, sin salida. Se lo corre por izquierda y huye por derecha. Si con un hombre, huirá con una mujer. Es un personaje claustrofóbico y que, sobre el escenario, escamotea todo el tiempo su propio deseo detrás del disfraz. Lo único que podría hacerlo tambalear es que nadie le dé bola. ¡Si para llamar la atención lo único que le falta es arrojar el placard por la ventana!
La pregunta con la que Bayly no abre su monólogo es: ¿existe esa bisexualidad? Posible respuesta: sí, en tanto se la considere una cuestión fáctica. Existe de hecho y no importa lo que sienta la persona; mientras tanto mantenga relaciones con personas de su sexo y del otro más o menos al mismo tiempo, eso es bisexualidad. Y ya se sabe qué opinan los gays del bisexual: nunca vieron a un gay engañando a su novio con una mujer.
En un momento del show confesó empezar a sentirse “el Paulo Coelho de la bisexualidad. Es mi tema, mi carrera. Levantan la tapa del inodoro y sale ese peruano parlanchín hablando de su bisexualidad”. La bisexualidad de Bayly se está convirtiendo en un artefacto demasiado evidente, una construcción mecánica: hablo de bellas mujeres pero hago chistes de locas, que funcionan. El unipersonal que estrenó en la Argentina demuestra que su deseo a dos puntas se está convirtiendo en un juego de entrar y salir que también se desgasta. ¿Será hora de desarreglar un poco la escena, descontracturar el personaje, correr el rimmel, todo para que no muera la pasión?

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