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Domingo, 13 de abril de 2003

NOTA DE TAPA

Remedio para lunáticos

Hace treinta años salía a la venta El lado oscuro de la luna
y todavía hoy gozamos y padecemos sus efectos. Conexiones insospechadas con el cine de Hollywood; grupos de rock que se sienten obligados a parir en algún momento su obra conceptual; eufóricos del rock depresivo; bandas que trabajan como ejecutivos:
Rodrigo Fresán indaga en las secuelas de un disco que ya se vendió treinta
millones de veces y del que todavía hoy se compran casi mil copias diarias.

Por Rodrigo Fresán
La luna ha sido y seguirá siendo una buena excusa para tantas y tan diferentes cosas. Para inspirar poemas de amor; para albergar las peripecias fantásticas de Cyrano y Münchhausen y Verne y Tintín; para subir y bajar mareas; para dar “un pequeño paso y un gran salto” y clavarle banderitas; para determinar ciclos de fertilidad femenina y cosechas y ofrendas para los dioses; para una futura barriada de shopping centers; para mirar pasar eclipses; para desenterrar un monolito negro y sacarse fotos junto a él; para dilucidar las sutilezas de nuestro signo astrológico. Y –por encima de todas las posibilidades selenitas– para que un grupo de rock inglés, hoy en suspensión animada –y nada parece indicar que tenga muchas ganas de salir de la cama–, siga vendiendo aproximadamente un cuarto de millón de copias cada doce meses de algo llamado El lado oscuro de la luna.
Sí: treinta años y treinta millones de copias vendidas: un record hasta hoy jamás superado por ninguna banda británica a la hora de facturar por un solo disco que, además, fue el álbum más vendido en toda la década del setenta. Y ahora Pink Floyd, mientras sigue haciendo dinero con “Money”, relanza su disco más famoso en edición conmemorativa porque... porque... porque... ¿por qué no seguir vendiéndolo si siguen comprándolo, eh?

El lado luminoso del producto
Me lo compré el domingo pasado. En Europa –como las aspirinas y los diarios y los cigarrillos–, Pink Floyd se vende en esos sitios que no cierran los domingos. El lado oscuro de la luna es, sí, un artículo de primera necesidad. Aquí lo tengo, ahora lo escucho: la clásica portada sin título y con prisma piramidal y rayo de luz sutilmente remozada para conmemorar los fastos de la tercera década y para que sea diferente pero igual a la de la primera vez y haga salivar a los fanáticos sin por eso ofender su sentido de la tradición. El cuadernillo trae –otra vez– las letras y rejunta reproducciones de parafernalia de pasadas celebraciones (la de la caja Shine On, la del 20º aniversario, la del 25º aniversario) y un texto en letra muy pequeña advierte que esta vez el sonido es mucho mejor porque ha vuelto a ser masterizado digitalmente y reconvertido, para su posible audición, en una cosa llamada Hybrid SACD o algo así. Es cierto: el sonido es mucho mejor porque –la verdad sea dicha– ésta es la primera vez que me compro El lado oscuro de la luna en CD. Hasta ahora conocía –de memoria– la versión original y long play girando en el estéreo de mis padres, cuyo parlante izquierdo no funcionaba. Ergo: lo que yo oía era el lado menguante y oscuro de la luna. Ahora oigo la luna llena y nueva y perfecta. Y se la oye muy bien.
El lado oscuro de la luna –a diferencia de lo que ocurre con otras producciones míticas y fundacionales– no ha envejecido en absoluto. Podría pasar perfectamente por cualquier cosa orquestada hoy por Brian Eno o Nigel Godrich o el último gurú sónico de Madonna.
El lado oscuro de la luna es el soundtrack perfecto para el domingo por la mañana: música activa y elaboradamente perezosa (en el mejor sentido de la palabra), música de Pink Floyd, música clásica que de tan digerida ni siquiera hay que pensar en que se la está escuchando. Todo está, todo sigue estando en su sitio: los latidos de corazón relajado y los despertadores en celo, la frase/definición que nos informa que “ir aguantando en la más tranquila de las desesperaciones es the english way”, el saxo de Dick Parry, la garganta profunda de Clare Torry en “The Great Gig in the Sky” (votada hace poco como “la mejor canción para hacer el amor jamás compuesta”), el formidable principio de “Time”, esa línea de bajo en “Money”, el “On the Run” (que inventa la house music quince años antes de que la bauticen de ese modo), la guitarra marca Gilmour en “Us and Them”, el gran finale de “Eclipse” y esa vocecita –la voz de Jerry Driscoll, el portero de los estudios de grabación Abbey Road, donde fue parido el disco– que justo antes de que todo acabe nos informa: “En realidad, no hay lado oscuro de la luna. De hecho, es completamente oscura”.
Los revisionistas snob de hoy aseguran que en realidad el mejor disco de Pink Floyd es el debut, The Piper at the Gates of Down (1967), de la época en que todavía Syd Barret no se había caído cual Obélix en una marmita de LSD. Los sociólogos no dejarán de señalar la importancia behaviourista de The Wall (1979) como –a partir de su adaptación fílmica– responsable de buena parte de la peor estética MTV, así como de la obligación iniciática de arrojar televisores por la ventana del hotel para acceder al status de rocker cabal. Y –en lo que a mí respecta– mi corazón estuvo, está y siempre estará con Wish You Were Here (1975), seguido de cerca por –ya sé que suena raro– The Final Cut, de 1983. Pero no hay duda de que nada puede vencer al invulnerable El lado oscuro de la luna en términos de impacto y de mística y de poder residual y, sí, de rumores completamente absurdos y demenciales. Considerado uno de los discos imprescindibles de la historia del pop –no deja de aparecer en todas y cada una de esas listas especializadas y de favoritos y de clásicos y de famosos y de ventas–, su influencia es claramente detectable tanto en el O.K. Computer de Radiohead (una suerte de El lado oscuro de la luna para las nuevas generaciones) como en la breve pero divulgada discografía de los francesitos de Air, como a la hora de traducir la feliz vida pop a algo depresivo y terrible, cosa de que el mundo todo comprenda que los rockeros también lloran. El lado oscuro de la luna es la piedra fundamental de lo que podría definirse como depre-rock, y también es la viga del tejado de un malentendido que sugiere –craso error: recordar siempre esa escena del film This is Spinal Tap donde a esos pobres tipos se les ocurre montar algo llamado Stonehenge– que una obra conceptual no puede sino ser la receta infalible para consagrar y volver millonaria a una banda hasta entonces de culto. El lado oscuro de la luna es también, como ocurre casi siempre, la prueba palpable de que los productos más redondos suelen ser más el resultado del azar y la pura intuición del momento que del calculado fruto de ensayos y estrategias.

Lunático como tu madre
La premisa original era hacer un disco que sonara bien en los audífonos y que predicara las virtudes del sonido cuadrafónico, fenómeno que duró tanto como aquellos absurdos casetones, el sistema Betamax y la nueva Coca-Cola. Y punto. Y eso es lo bueno de Pink Floyd: lejos de las pretensiones demenciales de sus contemporáneos sinfónicos, los chicos se limitaban a ir a trabajar como ejecutivos con ganas de hacer dinero. O de recuperarlo: la banda lo había perdido casi todo en malas recomendaciones bursátiles y ya no disfrutaba del prestigio under que –allá por 1967– los definía como la versión cerebral y más avant-garde de los Beatles y los celebraba por sus conciertos “con efectos especiales” en el UFO Club, perfectos para flotar química y ácidamente, y –por el mismo precio– por haber inventado la estética del rock show moderno que viene persiguiéndonos desde entonces. De acuerdo: seguían vendiendo y llenando salas, pero lo cierto es que sus discos sonaban cada vez más desganados y fácilmente sofisticados. ¿Y cuántas más bandas de sonido para Antonioni o Barbet Schroeder podían grabarse? Alcanza con ver sus fotos de entonces: cuatro tipos con aspecto de hippies plácidos y sin nada de la mística egomaníaca y “artística” de sus colegas de Yes, ELP, Roxy Music o Genesis. Digámoslo: Roger Waters, David Gilmour (que llegó después de la salida de Barret como reemplazo del alucinante alucinado), Nick Mason y Richard Wright no hubieran desentonado vendiendo incienso en Plaza Francia o tirados en el césped de los chalets de sus padres millonarios en Punta del Este. Todos ellos habían salido –al igual que John Lennon, Ray Davies, Eric Clapton y Keith Richards– de las aulas de una public art school inglesa, esos laboratorios sociales de posguerra y semilleros inesperados de buena parte del rock inglés de los sesenta.
Es más: Pink Floyd ni siquiera tenía una mística de banda. “Ninguno fue muy amigo de los otros. Ni siquiera en los buenos tiempos. Nunca nos llevamos muy bien y siempre nos consideramos compañeros de trabajo”, declararon David Gilmour o Roger Waters –da lo mismo– no hace mucho.
¿Qué hacer? ¿Cómo seguir? Meddle –editado en 1971 y con los paradigmáticos “One of these Days” y “Echoes”, responsables (dicen) de matar a todos los peces del Crystal Palace cuando fueron interpretadas live ahí cerca– era el mejor camino a seguir, a continuar. Y así, en principio, El lado oscuro de la luna fue planeado como un Meddle II. Como había ocurrido con “Echoes”, los cuatro llegaron a los estudios de Abbey Road con pedazos de canciones. Waters se ofreció a hacerse cargo de todas las letras: así sería más fácil darle algún atisbo de unidad a semejante desorden. Nadie protestó. Waters anunció que todo tendría que ver con la idea de “volverse loco”. Nadie protestó. El título del work in progress fue Eclipse: A Piece for Assorted Lunatics. La banda salió a tocarlo en vivo antes de entrar al estudio a grabarlo. Les gustaba eso: investigar el material sobre el escenario, conocerlo y recién entonces inmortalizarlo y sacárselo de encima.
Así que lo dan a conocer en 1972, en Brighton, en el escenario del Rainbow Theatre de Londres. Alguien graba un pirata del concierto y lo saca a la venta con el título de El lado oscuro de la luna. A Pink Floyd el título le encanta, pero una banda desconocida llamada Medicine Head edita un disco con el mismo nombre. Como no pasa nada con ese LP, Pink Floyd le roba el título a Medicine Head y piratea el pirata del propio disco y se encierra en Abbey Road durante un total de treinta y ocho días diseminados a lo largo de seis meses. La idea de unir las canciones con ruiditos también es de Waters, que ya había explorado esas cuestiones en el track “Alan’s Psychedelic Breakfast” de Atom Heart Mother y ahora, además, escribe varias preguntas en fichas para que amigos y visitantes (entre ellos, Paul y Linda McCartney) las lean ante los micrófonos: “¿Qué significa para vos la frase ‘El lado oscuro de la luna’?”, por ejemplo, o “¿Cuándo fue la última vez que te pusiste violento?”. Las respuestas se utilizarían como parte del tapiz sonoro que uniría una canción con otra. De golpe todo comienza a sonar nuevo e importante: desde un punto de vista íntimo, El lado oscuro de la luna –junto con su coda lunática Wish You Were Here– es el último y el mejor exponente de la sincronicidad musical entre los músicos de la banda. Todos aportan lo mejor de sí y se respira un aire de perfecta democracia creativa, por más que Gilmour, al recordarlo, asegure que “Roger trabajaba mientras nosotros disfrutábamos de nuestras cenas”. Discuten un poco –un poquito– a la hora de la mezcla final, así que traen a Chris Thomas (responsable del mixing del Album blanco de los Beatles) para que dirima la cuestión.
El último ladrillo en la pared lo aporta la gráfica del estudio Hipgnosis. Desde entonces, esa portada misteriosa formará parte no sólo de la iconografía del rock sino, también, de la del siglo XX.
El lado oscuro de la luna salió a la venta en marzo de 1973, alcanzó el puesto número 2 en las listas de ventas de Inglaterra y –durante una semana– el número 1 en Estados Unidos. Después empezó a descender y a descender, pero –sorpresa– nunca terminó de salir: se quedó dando vueltas por ahí trescientas semanas consecutivas. Y cuando se le da la gana –como, seguro, en estos días– vuelve para ver cómo anda todo.

El lado oscuro del arco iris
De las muchas leyendas urbanas que ha originado El lado oscuro de la luna, ninguna tan famosa y disparatada como la que lo relaciona carnal y espiritualmente con el clásico film El Mago de Oz, dirigido por Victor Fleming en 1939. El origen del rumor y la locura comenzó a mediados de los noventa, cuando la fiebre de Internet posibilitó que cualquier chiflado que hasta entonces rumiaba sus teorías en el living de su casa o en su celda manicomial pudiera difundirlas en el universo entero a través de las muchas habitaciones de la mansión virtual del Dios Web.
La cosa, dicen, tiene que ver con las muchas casualidades y sincronías entre disco y película, y la cosa –dicen los que saben o deliran– es así: hay que poner a funcionar copia de la película protagonizada por Judy Garland en el DVD y –justo en el instante en que el león de la Metro da su tercer rugido, presionar el ON en el reproductor de compacts, bajar el volumen de la televisión y subir el de El lado oscuro de la luna y... allá vamos.
En el tema “Breathe”, en el momento exacto en que David Gilmour canta un “Look around...”, Dorothy gira su cabeza; cuando se oye “No one told you when to run”, Dorothy comienza a trotar; las campanadas de “Time” coinciden con el arribo de la actriz Margaret Hamilton, la inolvidable Miss Gulch y/o Bruja Mala del Oeste; “The Great Gig in the Sky” dura exactamente lo mismo que la secuencia del tornado; y al terminar –final del lado 1 de la versión en formato LP de El lado oscuro de la luna– marca el pasaje de blanco y negro al furioso technicolor de la película anunciado por el sonido las cajas registradoras al principio de “Money”, donde los más radicales juran que los muchkins enanitos danzan perfectamente coordinados con el ritmo de ese hit-single. Más adelante, en “Brain Damage”, cuando se canta “the lunatic is on the grass”, el Espantapájaros se pone a bailar. Y el final de “Eclipse”, con esos ominosos latidos cardíacos, coincide justo con el momento en que Dorothy apoya su oreja en el pecho del Hombre de Hojalata. Y así sucesivamente, hasta contabilizar setenta casualidades que –según los más respetados doctores en pinkfloydlogía– no tienen nada de casual.
Pequeño detalle a tener cuenta, claro: la película es más larga que el disco. Solución al problema luego de múltiples investigaciones: se vuelve a escuchar El lado oscuro de la luna a partir del momento en que se acaba –replay– y nuevas y pasmosas coincidencias, por supuesto.
Algunos extremistas del asunto recomiendan completar la visión del film con fondo sonoro de Meddle o Animals, pero los fundamentalistas los consideran alucinados o simples oportunistas sin ningún tipo de preparación académica.
A la hora de la verdad, advertidos de la existencia de semejante Expediente X, los responsables se pronunciaron sobre la cuestión riéndose de los rumores y, al mismo tiempo, fortaleciendo la leyenda. Alan Parsons –ingeniero de sonido durante la grabación del disco– aseguró no recordar comentario alguno sobre El Mago de Oz durante la grabación del monstruo. David Gilmour ha dicho con despectivo cariño que “es evidente que tenemos fans con mucho dinero y mucho tiempo que perder”. Nick Mason, en cambio, descartó toda posibilidad de que la teoría tuviera algún fundamento, a la vez que ironizaba: “Todos sabemos que El lado oscuro de la luna fue compuesto y grabado siguiendo escena por escena La novicia rebelde”. Y Roger Waters se limitó a comentar que todo le parecía “muy gracioso”, lo que para los sectarios de Pink Oz no es otra cosa que una sutil confesión y la prueba de que fue él quien maquinó toda la idea sin comentar ni consultar nada –según su costumbre– con los demás integrantes de la banda.
Dicho esto, hay nuevas pistas a seguir. Se dice que si se mira muy pero muy fijo, en la portada de Pulse –CD doble de 1995 con packaging de lucecitas parpadeantes que incluye la versión en vivo de El lado oscuro de la luna– se puede entrever el hacha del Hombre de Hojalata, así como las figuras de una niña con zapatitos rojos y de Miss Gulch pedaleando en su bicicleta. Y eso no es todo: peligrosos grupos separatistas aseguran a todo aquel que quiera verlo y oírlo que Whish You Were Here funciona muy bien en tándem con Blade Runner, que Meddle se aparea a la perfección con Fantasía de Walt Disney y que el reciente grandes éxitos Echoes propone extraordinarias concordancias con Contact, donde Jodie Foster viajaba a los confines del espacio. En lo que a mí respecta, propongo que durante el próximo congreso analicemos a fondo –esos alaridos de la Mamá Cora de Antonio Gasalla perfectamente silenciados por los gritos del Pink de Roger Waters– los incuestionables puntos en común existentes entre The Wall y Esperando la carroza.

La leyenda continúa
Ahora están separados y se comunican a través de abogados y no pueden verse. En realidad, como ya se dijo, nunca pudieron verse demasiado. Pensar en Pink Floyd –nombre creado a partir del de los bluesmen Pink Anderson y Floyd Council– como en un accidente: una banda cuyo líder se vuelve loco a la altura del primer disco y cuyos miembros se las arreglan para seguir trabajando. De algún modo, El lado oscuro de la luna fue el principio del fin: marcó el principio de la dictadura creativa de Roger Waters y condenó a la banda al infierno de someterse al Gran Tema Inevitable y Obligatorio que los convirtió en megamillonarios: Wish You Were Here (alienación y locura invocando la figura de Syd Barret, quien, sorpresa, una noche salió de los sótanos de la casa de su madre en Cambridge y se dio una vuelta por el estudio dispuesto a “grabar mi parte” ante el horror de sus antiguos camaradas); Animals (alienación y locura con cerdo inflable y fondo orwelliano de Rebelión en la granja); The Wall (alienación y locura en el infierno del music-business apoyado por un megashow que hizo historia e histeria y un perfecto Lado 3) y The Final Cut (alienación y locura durante la Guerra de Malvinas mientras se recuerda la muerte del padre en la Segunda Guerra Mundial). A Momentary Lapse of Reason y The Division Bell, ya sin Waters y con Gilmour como resignado líder, son canciones automáticas, coloreadas por un sonido tan inconfundible como previsible: Pink Floyd prefabricado. No importa. Pink Floyd es una marca que vende por sí sola: el único dinosaurio que en su momento soportó el embate del punk y la new wave. Ahora ni siquiera necesita existir para seguir cosechando. Prueba de ellos son sus puntuales greatest hits o los reflotes live de El lado oscuro de la luna o The Wall recibidos como grandes acontecimientos por adictos sin ganas de desengancharse. Si mañana saliera un nuevo disco de Pink Floyd sin ninguno de sus miembros originales, es casi seguro que vendería, por reflejo, un par de millones. Mínimo. Como bien dijo alguien: en un mundo acostumbrado a que los artistas digan sí a todo, Pink Floyd se las ha arreglado para eternizarse diciendo una y otra vez que no. Como ocurre con los Beatles, no hay ediciones económicas de los discos de Pink Floyd: la gente sigue pagando por los viejos y eternos títulos del catálogo como si acabaran de salir. Todo OK.
Por estos días, Waters se la pasa saliendo de cacería por los bosques de España y Gilmour vuela en un biplano de su colección. De vez en cuando ofrecen algún concierto por ahí. Cuando les preguntan si algún día van a volver con la banda, o si la banda volverá alguna vez a un estudio de grabación, o sin son ciertos los rumores sobre un supuesto retorno de Waters al redil, ambos cambian de tema y hablan de perros de presa y de aviones en las nubes y –mientras tanto, en el lado oscuro o luminoso de este planeta– alguien sale a la calle para comprarse por última o primera vez El lado oscuro de la luna.
Y –I'll see you on the dark side of the moon– volvemos a vernos y oírnos en cinco años, por supuesto.

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