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Domingo, 20 de noviembre de 2011

ARTE > EL INEFABLE UNIVERSO DE MARCELO GALINDO

Confesiones de una mente peligrosa

A comienzos de los 2000, Marcelo Galindo presentó la primera entrega de lo que hoy ya es una Serie Galindeana: videos en los que despliega una estética caprichosa, trash, obsesiva, collages e historias entre el peligro y la nada misma, que lo han convertido en una figura única en el mundo del arte: uno al que muchos elogian y nadie quiere ser.

 Por Veronica Gomez

El video que Marcelo Galindo propondrá a deglución tanto a fans como a desprevenidos el 24 y 25 de noviembre próximo oscila entre la pesadilla, el videogame kermessero y el anecdotario psico-border. Un humor, solapado a veces y evidente otras, nos lleva de las narices coqueteando ora con la peligrosidad, ora con la huevada. Inclinándose hacia lo subnormal y con guiños a lo paranormal, Marcelo Galindo sigue empecinado, desde las primeras entregas de la saga Galindeana (Galindo 2004, 2005 y 2006) en convertirse a sí mismo en personaje de culto. Esta vez, en una especie de autorretrato incriminatorio, los personajes que encarna son múltiples, pero hay uno que se impone sobre los demás: un tipo perturbadoramente obsesionado con caballos, desde la zoofilia, la cacería, la equinoterapia, la equitación, la milicia o la devoción al cuerpo animal vigoroso.

CABALLITO DE BATALLA

Desde hace tiempo, Marcelo Galindo explora territorios, no sólo geográficos sino corporales y mentales, del que surgen estrategias de acción, planes simples y no por eso menos titánicos, tan elementales que podrían equipararse a los de un niño limitado que apila cubos de colores con empeño. Galindo viene moldeando un personaje desde sus primeras video-performances, que no dista mucho de ser él mismo, aplicando a rajatabla una regla básica: hacer lisa y llanamente lo que se le canta. Parece entonces dictarse a sí mismo recetas que cumple con regocijo, como quien hace planes para irse de campamento, bajo el ala de un superyó a lo Lars von Trier pero menos sádico.

¿Cómo es este personaje que supo embelesarnos y hacernos reír, la mayoría de las veces de puro miedo y escozor? A veces, es un sujeto que arroja su pulsión criminal o voyeurista sobre objetivos animados e inanimados. Como un caballo con anteojeras, se le pone algo en la mira y ahí va. Otras es un moscardón revoloteando pesada y provocativamente. Sus gestos no cobran víctimas, pero lo incómodo para el espectador es la intuición de que tranquilamente podrían hacerlo. Sólo bastaría dar un paso más para cruzar una delgadísima línea que Galindo sabe mover con maestría.

Al comienzo de Galindo 2010, el video dicta su sentencia equina, condensando la voluntad operativa del autor: El cerebro de los caballos reacciona ante un estímulo dos o tres veces más rápido en comparación al cerebro humano. Entre la señal que recibe y el movimiento que emite no hay trámite ni organización. Inmediatamente y sin ninguna lógica tira una patada, hace una pausa, relincha, salta o se reincorpora. Si lo comparamos a un ordenador podríamos pensarlo como una sola pieza: Ctrl-Insert-Alt-Supr-Enter-Esc-Impr, todas las funciones en una misma tecla. Caballo/humano/ordenador. Galindo se mete en la piel de los tres. Los recursos de los que se vale son disímiles. Por ejemplo, el título, “Galindo 2010”, diseñado en letras gordas con manitas enguantadas símil Mickey y patas de botines lilas que bailotean, parece la bienvenida a un video pochoclero de bajos recursos o, peor aún, un video de viaje de egresados que promete un mundo de sensaciones de alegría descerebrada. La música disco digitada por DJ Alzheimer nos taladra los tímpanos. El realismo de las imágenes que se avecinan –un hombre caminando entre pastizales, sillas volcadas sobre las mesas de un bar, una estructura de cartel desmantelado y oxidado– nos meten de lleno en otra cosa. No va a ser tan fácil divertirse después de todo. La mirada del obseso reaparece. Alguien busca. Alguien investiga. Alguien coquetea con los límites de lo civilizado.

Como en sus otras entregas, cierta violencia latente nos sigue angustiando. Algunas imágenes son claves: una plaga de pájaros negros y difusos. Chillidos. La sombra de un hombre hace estallar un vidrio. Sucesión de vidrios estallados. No es poesía inocua: algo malo va a pasar. Incluso es violenta la forma en que los chillidos se detienen y nos quedamos en completo silencio frente a la imagen anodina del caballo al galope de Adobe. Cada segundo pesa y angustia. A tiempo llega Súperman, aunque sea tercermundista. Su remera con una súper S bordada cariñosa y torpemente nos da un respiro de ternura. No es nada más que un chico jugando a ser un superhéroe.

¿QUIERES SER MARCELO GALINDO?

En el sitio Bola de Nieve, copiosa data base de artistas argentinos, Marcelo Galindo es un artista muy votado. Y poco envidiado. Todos quieren que exista un Marcelo Galindo, tal vez para aliviar la conciencia de habernos vuelto demasiado políticamente correctos, pero nadie quiere ser Marcelo Galindo. Marcelo Galindo es un artista impresentable en el mejor sentido del término: su obra excede los parámetros de circulación. Es molesto. Simpático entre los colegas, curioso para los curadores pero, salvo contadas excepciones, como es el caso de Graciela Taquini, una curiosidad que es mejor apreciar desde lejos. Es parte del mundo del arte, no es un outsider, tal vez porque un poco de locura después de todo es saludable. Pero a la hora de legitimar institucionalmente (porque está la otra legitimación, la posta, la legitimación del fan desinteresado), la varita mágica se inclinará seguramente por un tipo de trash más cool, más design. Un trash más factible de ser empaquetado, como la obra de Diego Bianchi, para dar un ejemplo entre otros y sin negar sus aciertos. Los terrenos baldíos de Ciudadela no ranquean muy bien. Marcelo Galindo es un artista demasiado local, pero tampoco tanto como para que pueda caber cómodamente en el paquete for export. Un Peralta Ramos pero sin plata.

EL VALIENTE MONO LISO

El sello Galindo se hace visible también en su actividad poética. Marcelo llega a las artes visuales por la ruta de la poesía. Los Albañiles, libro escrito a seis manos junto a Pablo Katchadjian y Santiago Pintabona, publicado en 2005 por IAP, está lamentablemente agotadísimo. Si tienen la fortuna de conseguir un ejemplar, devórenlo. No tiene desperdicio. Si bien las acciones que Galindo registra en sus videos tienen la respiración de un caballo loco, cierta mirada poética logra anestesiarlas un poco, logra tranquilizarnos con recursos estéticos simples que lo convierten en arte y lo distancian de un video casero de bloopers de YouTube. Entre fragmentos de narración lineal y collage, el video de Galindo por momentos abusa del segundo, como un chico probando sus tecnojuguetes, y eso diluye o distrae de los climas densos que sabe crear con contundencia. No faltan escenas de amor, pero el amor es gordo, mullido y patético. Son seres-pelota rebotando entre sí, con sus extremidades amorfas de escasa movilidad. Los abrazos son difíciles. En varias oportunidades, Galindo no se priva de torturarnos un buen rato, como cuando nos somete a la visión de un androide amarillo con mocasines escolares y ojos platónicos (de plato) que parece dispuesto a quedarse en la pantalla eternamente.

Uno de los fragmentos de narración lineal se destaca ostensiblemente, tal vez porque es el más extenso y fluyente: la aventura de la naranja rodante. Hace de todo. Y a todos les cae muy bien. Baja escaleras, pasa debajo de un tren, atraviesa terrazas y calles, circula por tuberías, cruza un colchón de hojas secas cual 4 x 4 a toda velocidad escupiendo barro desde sus neumáticos. Una naranja dada a la fuga. Después de tanto recorrido no puede esquivar su destino macabro: va a parar a la tabla. El valiente Mono Liso la caza viva. Lo que sigue es lo temido: cuchillos en acción y jugo-sangre vertido en el piso. El asesino ya ha cobrado su víctima.


El video Galindo 2010 se va a proyectar el jueves 24 y el viernes 25 de noviembre 19 en la Galería Nora Fisch (Güemes 2967 PB)

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