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Domingo, 4 de marzo de 2012

FOTOGRAFíA > LA RESTAURACIóN ARQUITECTóNICA SEGúN ADRIANA LESTIDO

Temporada de casa

En la calle Paraguay al 1500 se alza uno de esos increíbles palacetes que guarda Buenos Aires: un petit hotel diseñado en 1906 por el ingeniero Carlos Agote como residencia de la familia Díaz Vélez. Un siglo después, el Grupo Insud –para convertirlo en su sede, donde conviven desde una compañía farmacéutica hasta una productora de cine y la editorial Capital Intelectual– lo sometió a una extraordinaria y premiada obra de rescate arquitectónico y artístico. Durante todo un año, Adriana Lestido fotografió el proceso de restauración. Hoy, esas fotos forman La obra, un libro que no sólo muestra sino también da voz a la casa.

 Por Juan Forn

Yo vi la casa después de ver las fotos de Lestido. Quiero decir que había pasado mil veces por ahí pero fui especialmente a verla por las fotos, por algo que había creído oír en las fotos. Hay casas que hablan y esa casa hablaba en las fotos de Lestido. Por supuesto, quería ver los Bernis, los Distéfanos, las enormes piezas de Kiefer, la esfera de Mona Hatoum, el hongo atómico de León Ferrari y el mural de Siquier que había adentro. Pero también quería saber qué decía la casa ya concluido su rescate, con lo viejo rejuvenecido y lo nuevo integrado y en funcionamiento. Llegué a Buenos Aires con fiebre y venía de recorrer con fiebre la casa, salón por salón, cuando crucé la calle para ver la fachada desde la vereda de enfrente. Me quedaban unos minutos antes de enfilar hacia Retiro y desplomarme en el Plusmar que me traería de vuelta a Gesell. Colectivos y autos pasaban bramando a centímetros de mi cara por Paraguay, pero yo necesitaba ese último semblanteo con la casa antes de irme. En eso estaba, preguntándome cuántas veces habría pasado a lo largo de los años delante de esa fachada sin registrarla, y aturdido a la vez por el estruendo de la calle y la gente que me esquivaba por la vereda, cuando se materializó a mi lado un hombre anónimo, invisible, que me dijo, mirando él también hacia la vereda de enfrente: “Yo viví ahí. Yo era de esa casa. ¿Usted viene de adentro? ¿Usted me oyó?”.

Sí, le dije sin siquiera pensarlo ni mirar en su dirección. Eso le bastó. Eso o el aspecto que me daba la fiebre. Porque se limitó a murmurar: “Sí, esa voz era yo”. Y desapareció tal como había aparecido, entre el estruendo callejero y la marea peatonal. Como le dijo Kafka al padre de Max Brod cuando al pasar a su lado lo despertó sin querer de la siesta: “Por favor, considéreme un sueño”.

Ese hombre no existe pero, si miramos bien, vamos a sentir su presencia en las fotos de Lestido. Y si hubiera fotos anteriores, de la larga época en que la casa estuvo abandonada, también lo veríamos. Y si quedan fotos de la breve época de esplendor original, cuando pertenecía a la familia Díaz Vélez, puedo asegurar que también alcanzaríamos a vislumbrarlo, apareciendo en cuadro al fondo, o en un rincón, fugaz, anónimo, invisible, siempre presente.

Toda casa anhela que la escuchen. Y en estas fotos de Lestido eso es lo que ocurre: en cada paso de su reconstrucción se oye la voz de la casa volviendo a la vida. Se la puede oír en el gesto ensimismado, raramente sereno, con que los diferentes retratados por Lestido intervienen en las distintas etapas de la obra. El trabajo dignifica cuando es una misión, y todos los retratados por Lestido en estas fotos parecen estar obedeciendo a una voz interior en sus labores, sea recuperando una moldura, restaurando un vitraux, fratacheando fantasmalmente un cielo rraso, puliendo una laca en la penumbra, trasladando a cuatro manos un cuadro invalorable o poniendo en pie entre varios una escultura portentosa. Incluso cuando se detienen por un instante a contemplar el trabajo realizado, incluso en las fotos donde no hay nadie se oye esa voz.

Einstein decía que si nuestra vista fuese lo suficientemente buena podríamos alcanzar a vernos la nuca cuando miramos a la distancia. Es el símil más aproximado que se me ocurre para las fotos de Lestido. Su ojo, su cámara, alcanza a ver la nuca de lo que fotografía, el lugar más privado, más recóndito, más inalcanzable, de aquello que retrata. Esta casa pedía volver a la vida. Esa voz se cuela en el oído de quien mira las fotos tal como parecen oírla en su interior cada una de las personas retratadas por Lestido. Escuchen: es la voz de una casa volviendo a la vida. Es la voz de una casa agradecida porque, finalmente, también ella tiene una misión: la obra que se propone el Grupo Insud en las artes y en la investigación médica, la obra para la que se hizo esta obra.

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