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Domingo, 22 de junio de 2003

PERSONAJES

Mamma mía

Tiene un pie en Hollywood y otro en Europa, y en ninguno de los dos continentes tambalea. Película que hace, película que salva. Y si no,
alcanza con verla entrar en escena (o salir). Como puttana en Malena, como Perséfone en Matrix Recargado, como la víctima de una violación en Irreversible o como médica sin frontera en la nueva de Bruce Willis. Que hoy tenga tres películas en
cartel y que vaya a encarnar a María Magdalena en la próxima de Mel Gibson es la prueba incontestable de que Monica Bellucci llegó para quedarse.

Por Mariano Kairuz

Marcus –Vincent Cassel, su pareja en la vida real–, agarra las nalgas de Alex –ella– y exclama, con cierta felicidad, “questo culonne”. Se trata de una de las escenas de cama que más naturalidad han chorreado sobre la pantalla de cine en los últimos tiempos. En la misma película, la pareja lleva adelante junto a un amigo –casi un tercero en discordia– otra escena igualmente notable, en lo que dura un viaje en el metro de París. Ella es prácticamente el centro de la conversación del trío; la película es Irreversible y esos retazos interpretativos son lo mejor que tiene para exhibir, ya que se encuentran más allá de las acusaciones de efectismo y manipulación desvergonzada de las que fue objeto el film.
Y si poco después uno se encuentra preguntándose por qué le pusieron Recargado a la secuela de Matrix, la respuesta se hace evidente hacia la mitad de la película. El título no responde a ninguna fabulación virtual de las máquinas destinada a ordeñar a la humanidad, sino a una puesta en escena de puro hardware. Lo que, a decir, verdad, es como casi todo en la película de los Wachowski: enorme, desmesurado como los camiones que chocan y vuelan en millones de pedazos en la autopista: el culo mítico de Perséfone apretado en un trajecito de alguna especie de cuero vinílico claro y luminoso, que le indica el camino al inexpresivo Neo, y provee a la pantalla de algún peso y materialidad entre tanta simulación. Questo culonne el que conduce al “elegido”: grande y poderoso, el culo italiano de Perséfone, hija de Zeus, Diosa de la Devastación, está comprometido, una vez más, con algún francés que se arroga su propiedad (el desagradable Merovingio que interpreta Lambert Wilson, en este caso; pero incluso su violador en Irreversible no podía dejar de hacer un comentario sobre él). Re-cargado: Monica Bellucci se carga sobre sí cada película en la que aparece.

Carne
Dice Vincent Cassel que Gaspar Noé –que dice querer filmar una porno algún día– pensó y les sugirió originalmente, a él y a su esposa, “hacer la película que Tom Cruise y Nicole Kidman habían arruinado”. Es decir: nada de Ojos bien cerrados, sino una película “con sexo explícito que haga llorar al espectador”. “Lo pensamos –dice Cassel– y Noé nos mostró un montón de películas que contenían sexo explícito, tales como Intimidad, La historia de O y El imperio de los sentidos. Finalmente se estaba poniendo muy complicado y dijimos que no. Luego apareció con la idea de Irreversible.” La Bellucci venía de hacer de puttana en una de las no muchas películas italianas de su filmografía, la Malena de Giuseppe Tornatore. Y prostituta también, aunque una rodeada de intriga y oscuridad, en Pacto de lobos, una de las ocho películas en las que comparte cartel con su marido. Ahora acaba de encarnar –es de preverse que en el sentido cinematográficamente más completo del verbo– a María Magdalena en La Pasión, tercer film como director de Mel Gibson, rodado en latín, hebreo y arameo sin subtítulos y con, según cuenta Bellucci, el concepto de una película muda, en la que “las imágenes vienen primero”. Defendida por Gibson de las múltiples y muy prematuras acusaciones de antisemitismo (y las críticas de la Conferencia Norteamericana de Obispos Católicos), para la Bellucci la película parece tener aquello que se muestra más dispuesta a defender del cine hollywoodense, ahora que Matrix y Lágrimas del sol la instalaron en el imaginario del espectador yanqui: “Lo que vi hasta ahora es muy hermoso –dijo la actriz, atea declarada pero de educación familiar católica–. Parece una pintura de Caravaggio. El público va a comprender lo que está pasando a partir de las imágenes y las palabras vendrán después. Creo que los norteamericanos son mucho más inteligentes de lo que la gente piensa. Cuando uno ve una película muda puede entender lo que pasa sin las palabras, y las imágenes en esta película van a ser realmente fuertes”. Eso, dice entonces, es lo que le gusta del cine norteamericano. “Es muy diferente del europeo, pero yo, incluso cuando estoy en Lágrimas del sol (sic), trato de dar la mejor interpretación posible. Trato de ser real, profunda y fuerte.” Lágrimas del sol es la película de Antoine Fuqua protagonizada por Bruce Willis y estrenada en Buenos Aires esta semana, con lo cual la cartelera porteña superpone tres películas con la attrice. Ella interpreta a la doctora Lena Fiore Kendricks, miembro de la organización Médicos sin Fronteras, que trata de salvarle el pellejo a un grupo de refugiados en la selva nigeriana. Fueron cinco meses de rodaje en un ámbito más bien inhóspito: lo que se dice ponerle el cuerpo al trabajo.

Sangre
Y así empezó, de hecho. En alguna que otra nota –entre la infinidad de sites que la homenajean con pringosa dedicación en Internet– se sugiere que su biografía “oficial” fue adulterada con el propósito de asemejarla a un pequeño cuento de hadas europeo. La historia va más o menos así: nacida hace casi 35 años en la Città di Castello, hija del dueño de una compañía de fletes y de un ama de casa, al terminar el secundario entró a la Facultad de Derecho de la Universidad de Perugia, mientras hacía algunos trabajos como modelo. Eventualmente un contrato con la agencia Elite pudo más y se trasladó a Milán. Su debut actoral sería en 1990, dirigida por el casi octagenario Dino Risi en el telefilm Vita coi figli. El arco trazado por su carrera hollywoodense hasta el momento tiene sello transilvano: en 1992 era una de las vampiresas que terminan decapitadas a manos de Anthony Hopkins en el Drácula de Francis Ford Coppola; una década después, Perséfone (que, como aquélla, también besa a Keanu Reeves) despacha a uno de los esbirros de su marido con una bala de plata y una escena de Las novias de Drácula, de 1960, de fondo. Su ingreso al cine francés –donde desarrolló la mayor parte de su carrera– fue en L’Appartment (1996), la película en que conoció a Cassel. Su continuidad en el cine norteamericano comienza con el thriller Bajo sospecha, en el que era, como siempre, la responsable de llevar la carga erótica del asunto (y de hacer transpirar Gene Hackman). Ninguna Lolita: para entonces tenía ya treinta y dos años de edad y no disimulaba ni uno solo, en una tradición muy propia de las actrices clásicas de la pantalla italiana a las que ella menciona previsiblemente como inspiradoras, desde la Loren hasta Claudia Cardinale. El año pasado fue la Reina del Nilo en Asterix y Obelix: Misión Cleopatra. La película es mala-malísima, pero la Bellucci se jacta de haber tenido más parlamento que Laetitia Casta (la actual Marianne, orgullo francés) en su antecesora y, como ya lo había hecho Liz Taylor más de tres décadas antes, se da un baño en pantalla. Entre Irreversible y Lágrimas del sol estrenó Riccordate di me, la última película de Gabriele Muccino (El último beso). Para fin de año la espera Matrix Revoluciones, además de La Pasión y un nuevo coprotagónico europeo junto a Cassel, en Agents Secrets, de Frédéric Schoendoerffer.

Peluche
Sobre el final de la trilogía de los Wachowski no se sabe demasiado –ni importa demasiado tampoco–, pero la presencia de Perséfone garantiza al menos algo de electricidad. No necesita vestirse de negro para verse bien, y será un cliché pero es estrictamente cierto que sabe cómo mostrarse fuerte y vulnerable a la vez. Dice haber buscado en su personaje, creación de un software “antiguo”, algo real, algo de “tristeza y tragedia”. Entallada en un traje de la vestuarista Kym Barrett, tiene más volumen que cualquiera de esos luchadores de comic que la rodean; lo que hace es más que ponerle “el” cuerpo a la película: le pone cuerpo. Cuerpo y volumen: la chica dice comer de todo y no estar interesada en ponerse demasiado flaca: “Si tengo que hacerlo por una película, está bien, puedo perder peso, pero en la vida real no tengo esa fijación, respeto lo natural”. Con gracia infinita y pocas palabras, hace el tránsito perfecto entre la naturalidad de esos dos momentos irreversibles y el juego artificioso de la matriz. Y aun sin palabras, como en Dobermann, desparejo film de acción francés y raíz comiquera que la encontraba hace unos años al costado de la ruta junto a Cassel y en la piel de Nat, la gitana, una temible femme fatale muda y armada. Muda ella y mudos quienes la ven. Puttana, hija de Zeus raptada por Hades, o violada en un túnel de París; molto bella, bellucci. Probablemente más destinada a imponerse y durar en las pantallas internacionales que Maria Grazia Cuccinotta, la otra italiana de tipo “exuberante”, la chica de El cartero que flirteó sin demasiada suerte hasta con James Bond (e incluso hizo dos veces de María Magdalena para la tv). “Cuando alguien me dice que se cortaría las venas por mí, yo sólo me río. Los hombres aman lo que no pueden tener”, declara la Monica Peluche que Cassel abraza en su cama y el resto en sus sueños, y a la que Abel Ferrara quiso contratar para hacer de María Magdalena en un film llamado Mary, sin saber nada sobre la película de Mel Gibson. Como Malena, que es, dijo entonces, la versión breve de Magdalena. “Será que hay algo en mí –agregó, nada inocentemente–, o tal vez sea sólo una coincidencia.”

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