radar

Domingo, 22 de junio de 2003

CULTOS

El rubio tarado

Fue la revelación de Los excéntricos Tenembaum (Wes Anderson), donde componía a un escritor al borde del abismo, mezcla de galán cool y de cocainómano perdido. Después empezó a aparecer en todas partes: en la obra completa de Anderson (su amigo del alma), en películas independientes no siempre felices, en tanques ultracomerciales. Ahora, con el estreno en video de Soy espía (donde consigue oscurecer a Eddie Murphy), es tiempo de averiguar quién es Owen Wilson
y cuál es el secreto de su toque maestro.

POR RODRIGO FRESÁN
Owen Wilson es el rubio tarado y Owen Wilson es el tipo más inteligente y gracioso –de cualquier color de pelo– que nos haya dado Hollywood en mucho pero mucho tiempo. Ya saben: el tipo ese que en un solo rostro parece combinar bastante de Paul Newman, algo de Robert Redford, una pizca del James Dean más neurótico... y todo lo demás es puro Owen Wilson. Porque lo cierto es que lo que es y lo que hace Owen Wilson no se parece a nadie o a nada de lo que suele verse en esa gran pantalla cada vez más pequeña, encogida, jibarizada. Así, pensar en Owen Wilson –nacido hace treinta y cinco años en Dallas– como en un infiltrado, un virus, un error del sistema que en lugar de destruirlo lo enriquece y lo vigoriza, proponiendo una versión impredecible y novedosa y extrema de lo que alguna vez fue el dorado y confiable all american boy. Y acaso lo más interesante de todo, la clave del asunto: Owen Wilson nunca quiso ser actor, y al día de la fecha no ha tomado una sola clase de actuación.
Sí, bueno, confieso, confiesen: Owen Wilson es la razón por la que vamos a ver películas de Jackie Chan o de Eddie Murphy; películas que enseguida, a las pocas escenas, acaban pareciéndose a algo a lo que, supuestamente, no deberían parecerse: a películas de Owen Wilson.

EL SOCIO
Es decir: a películas de Wes Anderson. Porque el Owen Wilson puro y sin colorantes ni sabores artificiales se aprecia y se disfruta como nunca en la hasta ahora trilogía salingeriana que ayudó a filmar y a escribir junto con Wes Anderson, su amigo y camarada de college texano: Bottle Rocket (de 1996, donde Owen Wilson hace del delincuente llamado Dignan, tarado y siempre optimista, porque “no teníamos dinero para pagarle a alguien como Keanu Reeves y, después de todo, yo había escrito este personaje. Yo tenía mi diploma en Literatura, había escrito unos cuantos cuentos, pero lo cierto es que actuar profesionalmente nunca estuvo en mis planes, creo”), Tres es multitud (Rushmore, de 1998, donde todo parece indicar que Owen Wilson no aparece, pero no es así; ya hablaremos de esto cerca del final de esta página) y Los excéntricos Tenembaum (del 2001, donde Owen Wilson se mete en la piel del escritor tarado y drogadicto Eli Cash, “una especie de Cormac McCarthy pasado de revoluciones”, según sus propias palabras, y cuya verdadera misión en la vida es poder ser parte de la más disfuncional de las familias).
Las ediciones en DVD de Tres es multitud y Los excéntricos Tenembaum para la nunca del todo bien ponderada Criterion Collection permiten espiar –a partir de un abundante material documental y de backstage– la curiosa y fructífera relación entre Wes Anderson y Owen Wilson, que se conocieron de adolescentes en el colegio donde juntos –como el Max Fischer de Rushmore– se dedicaban a montar adaptaciones teatrales y estudiantiles de, por ejemplo, El Alamo (“cuatro horas de escenas de batalla”, según Anderson), o una versión –un tanto fallida– de La guerra de las galaxias, o algo especialmente escrito por ellos con el inquietante título de The Five Maserattis. En principio –al verlos interactuar– parecería que Wes Anderson funciona como el nerd genial de la ecuación y Owen Wilson como el galán cool. Pero es una percepción apresurada y, por lo tanto, errónea. Mucho de lo más encantador de la Rushmore Academy o del Tenembaum Cottage sale directamente de la imaginación y de la escritura de alguien para quien el mejor humor “es el humor triste, el que no tiene nada que ver con la variante slapstick y que es producto directo de las inseguridades de las personas”. Lo que no quita que Owen Wilson –hijo de un publicista y de la asistente del fotógrafo Richard Avedon, expulsado de un colegio privado como, otra vez, el Max Fischer de Rushmore– dé la impresión de ser alguien sobrenaturalmente seguro de sí mismo. O –en ocasiones– todo lo contrario. Porque al caer el sol, en una carrera de Texas, Owen Wilson le suelta a un periodista de la revista Première que “suelo pensar en mí mismo como en un hombre condenado”. Y después, sonriendo, acelera a fondo como el asesino serial simpático, implacable y tarado de la fallida pero interesante The Minus Man.
(Nota entre paréntesis: en las películas de Wes Anderson –o de Owen Wilson– también suelen aparecer los otros dos hermanos de Owen, Luke y Andrew. Y un detalle más: otro país importante de El mundo según Owen Wilson es el actor Ben Stiller: una especie de Owen Wilson –el morocho tarado– en versión judía con la que se encontró en los rodajes de El insoportable, Permanent Midnight, La familia de mi novia –donde se dice que reescribió desde cero su personaje de ex novio perfecto, aportando ese detalle imprescindible de la capilla nupcial de madera–, la formidable y tan tarada Zoolander –donde nos ofrece el frente y perfil del top-model silvestre Hansel– y la inminente adaptación a la gran pantalla de la serie setentista Starsky y Hutch (que pienso ir a ver a la primera función el día de su estreno), aquella con David Soul y Paul Michael Glaser, que de algún modo inventó el género del buddy-cop con graciosas dosis de violencia física (para los “malos”) y violencia verbal (entre los “buenos”). Acabo de ver unas escenas del rodaje en un programa de televisión y allí están Owen “Hutch” Wilson y Ben “Starsky” Stiller con pantalones pata de elefante y camisas horribles y, ah, ese inolvidable auto rojo con raya blanca al costado.)

EL MÉTODO
La verdadera gracia de Owen Wilson –su raro, rarísimo talento, su comodidad para moverse tanto en lo indie como en lo muy caro, su excelente predisposición para acudir a cualquier sitio donde se lo requiera– consiste en hacer que lo que no tiene la menor gracia suene gracioso. Así, Owen Wilson no cuenta ni actúa chistes en sus películas. Lo que hace Owen Wilson es mucho más complejo. Es alterar el tempo dramático –su voz y su fraseo son una perfecta amalgama de las idiosincrasias vocales de James Stewart y Gregory Peck– diciendo sus textos con una mirada siempre entornada y una sonrisa que se está riendo de algo que parece estar sucediendo muy lejos o que acaba de ocurrírsele. Y entonces –danger danger!– Owen Wilson lo dice ahí nomás, para desconcierto de sus compañeros de escena. Sí, Owen Wilson es admirado –y temido– por su capacidad para improvisar comentarios más cercanos a la literatura de Richard Brautigan que a las morisquetas de Jim Carrey. Lo que en más de una ocasión pone muy nerviosas a estrellas como Robert De Niro y Gene Hackman, y muy felices a gente como Jackie Chan y Eddie Murphy. Esos Owen-momentos son fácilmente detectables (porque rara vez van a parar al suelo de la sala de montaje), así como son evidentes las parrafadas que Owen Wilson introduce en todos los guiones con el beneplácito de autores y directores –en especial en blockbusters como Anaconda (con esa inmortal línea: “¿Será idea mía o la jungla te pone muy pero muy caliente?”), Armaggedon (donde teoriza sobre el sitio exacto donde “comienza realmente el espacio exterior”), La maldición (donde parece estar todo el tiempo insinuándole al espectador que nada le produce miedo alguno); Tras las líneas enemigas (con ese perfecto monólogo-teoría de un piloto de combate acerca de los cómos y porqués de las recurrentes muertes en accidentes aéreos de los rockers norteamericanos), y Shanghai Kid y Shanghai Knights (de las que ya se planea una tercera parte) y la reciente Soy espía.
Soy espía –inspirada muy libremente en aquella serie bastante graciosa con Robert Culp y Bill Cosby– está muy lejos de ser una buena película, pero de algún modo, entre tanto efecto especial y explosión, se las arregla para convertirse, también, en una película de Owen Wilson. Una película de Owen Wilson cuya verdadera trama tiene que ver con la tensión apenas subliminal entre Eddie Murphy (el humor negro y feliz) y Owen Wilson (el humor rubio y triste). Así, Murphy corre durante casi dos horas atrás del remate de los gags, y Wilson, a su vez, también parece corrersin parar. Pero en dirección contraria. Y mientras se aleja, Owen Wilson se ríe todo el tiempo.

EL FANTASMA
La próxima película de Wes Anderson tendrá como protagonistas a Owen Wilson y a Bill Murray –otro andersonita genial que resucitó artísticamente gracias a Rushmore– en los roles de un hijo y de un padre oceanógrafos. Wilson asegura que no tendrá nada que ver con el guión, pero nadie le cree demasiado. Mucho menos Wes Anderson, que explica a quien se le ponga a tiro que lo primero que hace cada vez que termina de escribir algo es enviarle el manuscrito a Owen Wilson y recibirlo, a vuelta de correo, lleno de anotaciones marginales escritas con “esa letra con la que escribe Owen”.
Pero esto del Owen Wilson oceanógrafo nos lleva a Rushmore –tal vez la mejor y más encantadora película de los últimos tiempos– y al modo en que en ella aparece, sin aparecer, Owen Wilson. La clave del misterio se encuentra con sólo presionar el icono correspondiente al audio commentary en el DVD. Ya saben: el sonido de la película baja y es suplantado por las voces de Jason Schwartzman (el sobrino de Francis Ford Coppola, que tampoco había pensado en actuar y fue “descubierto” por el director), Wes Anderson y, sí, Owen Wilson. Allí, Wilson cuenta varias cosas interesantes: que el colegio donde se filmó Rushmore es en realidad la St. Mark’s School of Texas –de la que fue expulsado por robar el manual de su maestro de geometría para conocer las preguntas de un próximo examen–, y que de ahí lo mandaron a una academia militar en Nuevo México, donde se graduó con las notas más bajas de su clase (pero, “si uno contempla su vida en perspectiva, el haber ido a una academia militar hace más interesante mi historia, supongo”).
En cualquier caso, ir a esa escena donde la adorable maestra de kinder Miss Cross –a la que Murray y Schwartzman insisten en construirle un acuario a modo de valentine– le explica al entusiasta crónico Max Fischer que su esposo Edward Appleby ha muerto. Y después avanzar hasta aquella otra escena en que el entusiasta crónico Max Fischer entra por la ventana al cuarto de la adorable maestra de kinder Miss Cross. Sí: a lo largo de la película nos enteramos de que Edward Appleby era un fanático de las cosas marinas, que era un lector consumado de Jacques-Yves Costeau (uno de sus libros, titulado Diving for Sunken Treasures, no deja de salir a flote en diferentes momentos de Rushmore) y que, finalmente, se ahogó en alguna parte. La adorable Miss Cross no ha dejado de amarlo (imposible evitar su recuerdo) y duerme en la habitación de adolescente de Edward Appleby, en el santuario que preserva su memoria submarina y sus fotos de juventud. Si uno se fija con cuidado, si aprieta el botón de pause en el momento justo, descubrirá que en esas fotos, pequeñas y en blanco y negro, el que sonríe esa típica sonrisa Owen Wilson es Owen Wilson. Entonces Wilson, en off, dice en el audio commentary: “Con Wes teníamos muy claro el aspecto que tendrían los diferentes personajes de Rushmore. Y nos dimos cuenta de que no había ninguno que yo pudiera hacer. Por eso me pareció apropiado e interesante –habiendo sido uno de los protagonistas de Bottle Rocket– volver casi como un fantasma al set de nuestra segunda película. Un fantasma invisible, que casi no se ve pero que de algún modo está muy presente a lo largo de todo el film. En realidad, es casi uno de los protagonistas. Y, la verdad, por lo que se nos cuenta de Edward Appleby, estoy seguro de que es un gran personaje, ¿no?”.
Lo de antes, lo del principio, lo que siempre supimos: Owen Wilson –el rubio tarado, el actor que nunca quiso ser actor, pero alguien tenía que actuar en Bottle Rocket– es un genio.
Y está en todas partes.

Compartir: 

Twitter
 

 
RADAR
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2020 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.