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Domingo, 1 de julio de 2012

Estrella roja

 Por Diego Fischerman

A Jorge Luis Borges le alcanzaba con el nombre Lönrot. De la misma manera, los críticos del pop/rock se subyugan con el hecho de que la actualmente neoyorquina Regina Spektor haya nacido en Rusia. Está, desde ya, la pequeña, módica leyenda (banalizada ya por su mera inclusión en Wikipedia) del piano dejado atrás por la migración pos glasnost y de sus infantiles escalas practicadas, a falta de instrumento, en cualquier superficie plana. Y la mención al hecho de que su padre sea fotógrafo y violinista amateur y su madre profesora de piano (y ambos judíos), parece inevitable.

Esos hechos, sumados a que ostente unos breves estudios de piano en el Conservatorio de Moscú y una posterior carrera en la Manhattan School of Music, se usan, como la misma palabra “pop”, como si fueran explicaciones en sí mismas. Como si su sola mención relevara de ponerse a escuchar canciones extraordinarias como “Small Town Moon”, “Open” o “Firewood”, de su reciente nuevo disco, What we saw from the cheap seats, publicado por Warner, o la ya clásica “Après Moi”, del ya clásico Begin to hope, editado en 2006, o, más atrás, “Love affair”, del fundante 11:11 (2001) y, más acá, “Eet” o “Laughing with”, de Far (2009). Y de tratar de explicar por qué ni la rusidad ni el judaísmo ni la palabra “pop”, en este caso, explican nada.

Aunque, tal vez, la ironía, cierta distancia de origen (y también una relativa idealización) hacia la canción pop –y es que las canciones de Regina Spektor deben ser de las que más mencionan a otras canciones–, la captación de los lugares comunes del género y su rápida conversión en materiales y, sobre todo, su manera finísima, erudita, virtuosa (esos ligados, los staccati, el peso y el sonido de la mano izquierda) de tocar en el piano unos acompañamientos que siempre suenan, no obstante, sencillos, con un poco de Joni Mitchell o Carole King o Tori Amos y otro poco de posminimalismo à la Bang on a Can, tengan que ver con todo eso, con ser una niña rusa judía creciendo en Nueva York, como aquel Jacob Gershovitz que tantos años antes veía cómo subían un piano hasta su departamento de Brooklyn, antes de convertirse en George Gershwin. Es posible que uno de los datos que definan a Spektor como artista mayor, dentro del campo supuestamente menor de la canción pop, sea la manera en que sus canciones proliferan, se ramifican y trazan series desde ellas, hacia otros –Shakespeare, Pasternak, Fitzgerald, las pinturas con botes de remo– pero, en particular, hacia ella misma. Una de las condiciones del arte es, justamente, su posibilidad de incluirse en un relato histórico; de dialogar con otras obras del presente y con sus pasados y futuros. En ese sentido, escuchar el último disco de Regina Spektor lleva (¿obliga?) a volver a escuchar los anteriores, en tanto los comenta, completa o, incluso, desmiente. El tratamiento festivo de la originalmente ambigua “Ne me qui-tte pas”, que ya estaba en Songs (2002), y cuya aparente liviandad no hace otra cosa que poner en escena una cierta bruma, una melancolía que siempre estuvo allí, en ese final: “Allá en el bronxiano Bronx/ los chicos van deslizándose en los trineos/ por las pendientes cubiertas de nieve /y con las narices y los dedos de los pies helados/ la helada ciudad empieza a brillar/ y sí, saben que se va a derretir/ y sí, saben que Nueva York va a deshelarse/ pero si sos alguna clase de amigo entonces jugá con ellos/ y resfriate/ Ne me quitte pas mon cher/ Ne me quitte pas/ amo a París en la lluvia”.

Parte de esa ida y vuelta a lo largo de su propia historia puede leerse con claridad en dos de sus discos, Mary Ann meets the gravediggers and other short stories (Mary Ann conoce a los sepultureros y otras historias cortas), donde selecciona canciones de 11:11, Songs y Soviet kitsch (2004), y el curiosamente subestimado Live in London, de 2010 –un CD sumado a un DVD con un film sobre el concierto– que recoge una actuación muy similar a aquellas del 6 y 7 de octubre de ese año en que la cantante deslumbró a Buenos Aires. Allí, Spektor, brillante como cantante y pianista y junto a un cuarteto de cuerdas adaptado (que duplica los violoncellos y no los violines) recorre, sobre todo, el repertorio de Far. Pero, entre otras cosas relee, en plan salvaje, el final ruso de “Après Moi”. What we saw from the cheap seats (Lo que vimos desde los asientos baratos) cuenta, como el anterior, con producción de Mike Elizondo. Además de las ya nombradas hay allí otras grandes canciones, como “How” y están, también, las marcas de fábrica de Spektor: esos ataques de glotis tan pop convertidos casi en percusión y aplicados a algo tan poco pop como producir acentos secundarios, salidas armónicas sorpresivas, elegantísimos movimientos de las notas graves del piano resignificando toda la dirección melódica, saltos, frenos y arranques repentinos y contrastes entre los distintos registros de su voz. “Toda buena canción tiene algo en su esencia que la identifica”, decía ella a The New York Times. “Hay algo de profundidad que uno distingue, de la misma manera en que se siente a alguien que se ha puesto mucho Drakkar Noir aun antes de que aparezca. No se trata de que no se puedan hacer puras y simples canciones pop, pero las buenas tienen algo más, aunque mucha gente no se dé cuenta. Creo que eso es lo que diferencia a los Beatles y a Queen de todos los demás. Se nota que ellos escuchaban música irlandesa, y clásica, jazz, blues y rock’n roll. Todo eso está allí”, argumentaba. Es posible que se dé cuenta de que unas cuantas de las que ella ha creado están en ese grupo. No resulta imaginable alguien que vendió sus primeros dos discos, hechos de manera casera, casi de a uno y en sus recitales, si no es con una convicción inmensa acerca del valor de lo que hace. Ahora cuenta entre sus fans a Tom Waits, el violinista Joshua Bell y hasta Obama, que la invitó a cantar a la Casa Blanca. Además, sus dos discos anteriores llegaron al platino y está escribiendo para Broadway una comedia musical sobre La Bella Durmiente. Cree que mucho de lo que logró fue gracias “a la mezcla entre juventud, ignorancia y tozudez” y aún extraña, en sus obras, la perfección. “Uno escucha Rubber Soul, o Sgt. Pepper, o Freewheeling, Bob Dylan y escucha la solidez. Desde la primera nota que suena, nada va ni podría ir mal. Eso es lo que persigo.” Ella sabe que una gran canción es aquella en que letra y música dicen lo mismo. Pero conoce, también, un secreto. Que en las mejores de todas eso no sucede. Que allí la música es capaz de decir algo más que lo que dicen las palabras. Que la liviandad de una voz “pop”, de los “oh” y los “ah-ah-ah” y de cierto aire infantil puede convertirse en algo maravillosamente potente cuando el texto no tiene nada de liviano y, sobre todo, cuando el acompañamiento cobra materialidad y protagonismo y es capaz de convertirlo todo en una pesadilla llena de niebla y oscuridades.

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