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Domingo, 5 de agosto de 2012

Esos loros

 Por Diego Capusotto y Pedro Saborido

Esteban mira a los costados y al ver que no hay loros, empieza a hablar.

–Hay canciones queridas y hasta canciones que no nos permitiríamos decir que nos gustan, o que nos harían sentir cierta vergüenza de ser descubiertos escuchándolas con goce y alegría. Temas de grupos que no está bien decir que son de nuestro agrado, pero que de algún modo nos gustan sobre todo cuando nos sorprenden desde una radio o en otra escucha casual. Ahora: ¿qué pasa con los temas que odiamos? Esos temas que realmente nos ponen nerviosos, que nos irritan. Hay un lugar en donde pueden ser una condena. Es en donde yo vivo.

En Villa Coronel Lumperto, un pueblo a unos 14 kilómetros de Sierra de la Ventana, habita una especie de loro conocido como Loretto o Loro de Lumperto o Loro Hijo de Remilputa. Si uno alguna vez nombra en voz alta la canción que odia, un ejemplar de este loro se la aprende y empieza a cantarla cada vez que te cruzás con él. O sea... Un tipo está en un asado. Por la radio pasan “Todo a pulmón” de Lerner (tema que a mí particularmente me agrada), y el tipo dice: “Uh, como odio este tema”. Entonces, si hay un loro de éstos cerca, se aprende la nombrada composición de Lerner y cada vez que se cruza en un bosque o en donde sea con el tipo, el loro empieza “Qué difícil se me hace...” y así sigue con la letra completa. Y no la hace con voz de loro. Este loro hijo de remilputa canta el tema con voz igual a la de Lerner, reproduciendo también los instrumentos y los arreglos musicales.

La hace igual.

Hay ejemplares de este loro particularmente turros. Eloísa Recagno estaba de visita en lo de su hermana y mientras su sobrino miraba televisión, se le ocurrió decir: “¡¿Pero cuándo este pibe va a dejar de mirar al boludo de Piñón Fijo cantando esta mierda?!”. Ahí nomás se le apareció un loro y empezó a cantarle “Chu-chu-uá, chu-chu-uá...”. Se tuvo que ir del pueblo, porque era un loro insistente, que la esperaba en la puerta del chalet de la hermana, y la seguía por la calle cantándole “Chu-chu-uá” hasta donde ella fuera. Incluso se instalaba en la claraboya del baño y se la cantaba mientras se duchaba o hacía pis.

Nadie sabe si la intensidad de odio hacia un tema es lo que hace que a veces no sea un loro, sino varios los que hacen esto. Mi primo Ernesto dijo una vez que odiaba “La Biblia” de Vox Dei, y por años estuvo acosado por una bandada de cuarenta loros que lo seguía a todos lados cantando “Buenas y malas son, cosas que vivo hoy...”. “Es como un grupo de jóvenes de la parroquia volando alrededor mío”, comentaba, después de ir y venir a Bahía Blanca con los loros siguiéndolo por arriba del micro.

El resto de los pasajeros era feliz y comentaba: “Qué bien estos loros...”. Y hasta se prendieron en la canción haciendo que, al llegar por octava vez, loros y pasajeros, a la parte que dice “y no es quizá, que no sé mirar, cuánto, cuánto”, mi primo agarre el martillito ese para romper los vidrios, rompa uno y se tire del micro. Por supuesto los loros lo siguieron. El se encerró en su casa y con un rifle de aire comprimido, durante semanas, se dedicó a matarlos uno por uno. “Sé que en algún lugar”... ¡Pif! Caía un loro. “Alguien me espera hoy” ... ¡Pif” Caía otro loro. Todavía recuerda cuando mató al último mientras cantaba “Vengo de muy lejos a vivir aquíiiiiii”.

Muchos habitantes del pueblo sufrieron situaciones similares. Algunos decidieron irse a vivir a Buenos Aires. Y otros dicen a propósito qué temas les gustan como si los odiaran, y son felices con los loros cantándoles todo el día sus canciones preferidas. Yo tengo varios loros con distintos temas. Tengo uno que canta “Rezo una pequeña plegaria”, de Burt Bacharach, interpretada por Roberta Flack. Lo tengo al lado de la cama, y me lo canta mientras me duermo.

Este cuento forma parte del libro Peter Capusotto Fantástico (Reservoir Books, 2012) de Diego Capusotto y Pedro Saborido con ilustraciones de Alfonso Sierra, que se distribuye en Buenos Aires.

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