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Domingo, 9 de junio de 2013

ARTE > EL IMPACTANTE ARTISTA POLíTICO CHILENO ALFREDO JAAR

Los vicios del mundo moderno

Aunque vive desde 1982 en Nueva York, el artista chileno Alfredo Jaar es el representante más reconocido de su país y este año su obra es la principal en el pabellón de Chile en Venecia. Se trata de una instalación que cuestiona la Bienal y no es extraño que haya elegido una mirada crítica: su carrera se ocupa del tema del poder, en los medios, en la política, en el arte, desde su proyecto Arrest Kissinger, que tenía el objetivo de lograr la prisión del ex secretario de Estado de EE.UU., hasta su muestra sobre el genocidio de Ruanda. Artista político y provocador, Jaar es un referente para la deconstrucción de los relatos hegemónicos y un defensor del arte como pensamiento.

 Por José Miguel Esses

La obra de Alfredo Jaar es tan atractiva y compleja que su primera retrospectiva en Berlín, The Way it is. An Aesthetics of Resistance (Así es como es: una estética de la resistencia) se realizó, a mediados del año pasado, en tres salas de la ciudad a la vez (Berlinische Galerie, NGBK y Alte Nationalgalerie). Este artista chileno, también arquitecto y director de cine, expuso en galerías, museos y, callejero por derecho propio, desarrolló más de sesenta proyectos en la vía pública. “El arte es 99 por ciento pensamiento, el resto es articular la idea”, dijo alguna vez, y aplica esa fórmula en cada uno de sus trabajos, siempre políticos y reflexivos, que abordan temas conocidos, como los efectos de la dictadura de Pinochet en Chile, el genocidio en Ruanda, la caída del Muro de Berlín, las formas en que los medios (y los gobiernos) construyen verdades. De tanto pensarlos, Jaar se involucra, planta su posición y abre canales con sus espectadores para que ellos también se expresen. “Si no hay respuesta, no existe la comunicación”, sentenció. Uno de sus últimos proyectos se llama Arrest Kissinger y el título es mucho más que un slogan. Junto a un grupo de abogados especialistas en derechos humanos, buscaron los recovecos legales que podrían llevar a la cárcel al ex secretario de Estado de los Estados Unidos por haber cometido crímenes de guerra. “Claro que es un pedido utópico, pero no por eso vamos a dejar de ponerlo en marcha”, dijo Jaar, fiel a su idea de que el arte debe servir ni más ni menos que para “cambiar el estado del mundo”.

OBSESION, UNA BURLA DEL DESTINO TE PUSO EN MI CAMINO

The Eyes of Gutete Emerita.1996. (Los ojos de Gutete Emerita)

Con 17 años, Jaar no necesitó demasiado tiempo para darse cuenta de que el horror había llegado a Chile. Cuando se cumplió el primer año del gobierno de Pinochet, inauguró Septiembre 11, un calendario de 1973, que luego del 11 de septiembre sólo repetía el número 11 hasta el fin de los días. El bombardeo a la Casa de La Moneda, que terminó con la vida y el gobierno de Salvador Allende, también fue el eje de Nada de gran consecuencia, un cuadro que reproduce el diálogo que mantuvieron Kissinger y el presidente Nixon el sábado 16 de septiembre del ’73, al mediodía. Cuando su jefe le pregunta si tenía alguna novedad, Henry, a punto de irse a la cancha a ver un partido, le respondió: “Nada de gran consecuencia. El asunto chileno se está consolidando y por supuesto que eso repercutió en los diarios, porque un gobierno pro-comunista fue derribado”. “¿No es eso algo?”, lo alentaba Nixon.

Apenas finalizó la carrera de Arquitectura, en 1982, Jaar abandonó Chile y se instaló en Nueva York, donde todavía reside. Allí, en 1985, realizó Handshake, una serie de fotos en las que Pinochet le daba la mano a Kissinger. La obra se completaba con la reproducción de cinco portadas de la revista Time, tres de ellas con la cara del funcionario (“El agente secreto de Nixon”, decía una), mientras que en las dos restantes aparecía un derrotado Allende (“Amenaza marxista en las Américas”). Kissinger, Premio Nobel de la Paz en 1973, también protagonizó Searching for K –montada por primera vez en Berlín en 2012–, una instalación que consistía de dos largas mesas sobre las que, en orden cronológico, se podían ver fotos de las visitas oficiales de Kissinger alrededor del mundo entre 1968 y 1975. Más de sesenta imágenes colocadas en 18 paneles de 40x80 cm. En cada una se ve a Kissinger circulado en rojo. En Pakistán, en Tokio, frente a la Muralla China, con Indira Gandhi, en salas de reuniones, al lado de Nixon, en Medio Oriente, con su mujer Nancy, en un helicóptero, en un avión, en un carrito de golf, en su escritorio. Siempre sonriente, seguro, con sus anteojos de marco negro. Sin más texto que el epígrafe oficial, la repetición de su figura deja en claro el poder e influencia que ejerció en cada rincón del planeta.

Para el último 11 de septiembre, Jaar tenía preparada una nueva intervención, esta vez desde las páginas de los principales diarios berlineses. Con fondo negro y letras blancas, repitió el pedido: Arrest Kissinger. Los avisos fueron publicados en siete idiomas (alemán, inglés, español, portugués, tetum –Timor Oriental–, laosiano y camboyano) porque, salvo el alemán, corresponden a países donde tuvieron lugar sus crímenes. Jaar firmó algunas de esas piezas, que cotizaban a 600 euros, y todo lo recaudado fue para el European Center for Constitutional and Human Rights (Ecchr), la organización que investigó y trabajó para que el título de la obra pueda ser una realidad.

A CIELO ABIERTO

Jaar se describe como un arquitecto trabajando en el mundo del arte, y tal vez ese rasgo se note en sus obras de mayor escala. Antes de migrar hacia Nueva York, se despidió con una hilera de mil banderas chilenas atadas a una soga que atravesó el país, de la cordillera al mar. Esa reflexión, sobre la nación partida al medio por la dictadura, integraba la serie Estudios sobre la felicidad, una de sus primeras obras en espacios tan grandes. Se prolongó entre 1979 y 1981 e incluyó unos carteles gigantes que fueron instalados en las calles de Santiago de Chile, rutas, estaciones de servicio, junto a tachos de basura, en el medio del campo y que preguntaban: “¿Es usted feliz?”. Esa facilidad para interpretar el humor social, para dar mensajes directos, la volvió a mostrar en 1987, con Un logo para América. Fue uno de los treinta elegidos por la Fundación de Arte Público de Nueva York para desarrollar una animación computada que sería proyectada durante un mes en una pantalla en Times Square. Cada seis minutos de luminosas publicidades, en uno de los puntos centrales de la ciudad aparecía esta pieza de 35 segundos que les decía a los norteamericanos: “This is not America” y les mostraba el mapa de Estados Unidos. “This is not America’s Flag” (“Esta no es la bandera de América”) y aparecía la bandera de Estados Unidos. “America”, anunciaba el cartel y entraba en escena el mapa del continente entero.

Siempre dispuesto a señalar aquello que se quiere callar, durante 1999 montó Luces rojas, en Montreal, Canadá. El lugar elegido fue la cúpula de un edificio histórico, en el que funciona un hogar para personas sin techo. Se buscaba visibilizar a esa población sin recurrir a golpes bajos. Los homeless se reunieron con Jaar, pidieron no ser retratados y, juntos, planearon una instalación de 100 mil watts de luces rojas, que se encenderían a través de distintos interruptores, distribuidos en el comedor, habitaciones, salas de estar y otros lugares del edificio. Dada la ubicación, el tamaño de la cúpula y la cantidad de watts, la instalación podía verse a varios kilómetros de distancia.

BUSCANDO AFRICA

Chile 1981 Before Leaving. Detalle. (Chile 1981, antes de partir).

Al igual que en Handshakes, Jaar apeló al recurso de mostrar tapas de revistas en su obra sobre Ruanda, en la que trabajó entre 1994 y 2000. El asesinato de casi un millón de ciudadanos de la etnia tutsi, a manos de la etnia hutu, se extendió entre abril y junio de 1994. Dos meses después, Jaar viajó a Kigali, la capital ruandesa, por doce días. La ciudad no tenía luz, ni agua, los servicios públicos no funcionaban y escaseaba la comida. Acompañó a Naciones Unidas en sus expediciones, recorrió la zona con periodistas y también caminó por su cuenta. Habló con testigos, se metió en el campo, sacó alrededor de 3 mil fotos. Cuando volvió, lo primero que hizo fue colocar unos carteles que repetían “Rwanda” en la ciudad sueca de Malmö, con la intención de devolver el tema a la esfera política, y en un continente que algo tenía que ver con eso que estaba sucediendo: Alemania primero, luego Bélgica, hasta 1961, tuvieron a Ruanda como colonia y, durante décadas, les habían dado poder a los tutsi en desmedro de los hutu, que son más del 85 por ciento de la población.

La primera pregunta que se hizo Jaar para abordar este tema fue simple: ¿de qué forma había sido representado el continente africano por la prensa de Estados Unidos hasta ese momento? La respuesta estuvo en Buscando a Africa en Life, con cinco paneles verticales que incluyeron 2158 tapas de Life en miniatura, sin una mención a Africa. En De Time a Time expuso nueve portadas de Time dedicadas a Africa en las que prevalecían dos tipos de imágenes: animales (tigres, monos) y niños desnutridos, moribundos, junto a sus madres. También tomó los 17 números que publicó Newsweek durante el genocidio, en los que se ocupaba del escándalo de OJ Simpson, el mundial de fútbol que estaba por empezar, la Generación X y el suicidio de Kurt Cobain. Recién en la última semana aparecía Ruanda en tapa, con el título “Infierno en la Tierra”. “Newsweek se tomó 17 semanas para publicar lo que estaba ocurriendo en Ruanda. Fue un acto criminal, vergonzoso, en la historia del periodismo internacional. ¿Cómo se pudo ignorar este genocidio por 17 semanas, donde casi un millón de personas fueron asesinadas?”, se preguntó Jaar, que tardó dos años en ver algunas de esas 3 mil fotos. Con la piel todavía erizada, se hizo otra pregunta: ¿cómo mostrar el horror? Y decidió casi no mostrarlo. Fueron poquísimas las imágenes que Jaar expuso de ese viaje, muy sutiles, como aquélla en la que tres niños se abrazan. Hay muchísima gente a su alrededor, uno de ellos tiene un bolso en su espalda, están descalzos y parecen mirar un mismo punto, pero no queda develado qué es. Seguramente, una montaña de cadáveres. Jaar prefirió guardar las fotos dentro de cubos y escribió, sobre las tapas, una descripción puntillosa. Las cajas estaban ubicadas en espacios oscuros, con una luz tenue que solamente permitía leer cada uno de los epígrafes. La obra, distribuida en tres espacios distintos, finalizaba con Los ojos de Gutete Emerita. En la pared, Jaar escribió la historia de Emerita: “Un domingo por la mañana, en una iglesia de Ntarama, cuatrocientos tutsis fueron asesinados por un escuadrón de la muerte hutu. Gutete Emerita, de 30 años, estaba en misa con su familia cuando empezó la masacre. A Tito Kahinamura, su marido, y a sus dos hijos, Muhoza y Matirigari, los mataron a machetazos en su presencia”. Gutete pasó escondida las semanas siguientes junto a su hija y luego volvió a esa iglesia. “Cuando habla de la familia que ha perdido, hace gestos hacia los cadáveres del suelo, descomponiéndose bajo el fuerte sol africano. Recuerdo sus ojos. Los ojos de Gutete Emerita.” Al lado del texto ubicó una mesa con un millón de diapositivas con los ojos de Emerita. El número elegido, claro, tiene relación con la cantidad de víctimas. “Cuando alguien entra a una de mis instalaciones, le estoy pidiendo un cambio mental y físico. No se logra siempre, pero es lo ideal”, dijo, y suena improbable que alguien pase frente a los ojos de Emerita y no sienta un cambio.

Allí donde hay un tema tabú, aparece Jaar para desmitificarlo. Donde otros ven un Premio Nobel de la Paz, él señala a un criminal de guerra. Maestro en el arte del impacto y la originalidad, Jaar se transformó en subtítulo necesario para entender las distintas películas que cuenta el poder.

Searching for Kissinger, 1984. Detalle (Buscando a Henry Kissinger)

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Newsweek, 1994. Detalle.
 
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