radar

Domingo, 11 de agosto de 2013

CRUCES > ¡EL CHE VIVE!, DE JORGE ALDERETE Y GUSTAVO ALVAREZ NUñEZ

TODOS SE DEJAN LA BARBA

La figura de Ernesto Guevara, su vida, su mito y su fantasma proliferando en remeras, banderas, logos, afiches, biografías, películas, stickers, mochilas, parece un caudal de inagotable producción de sentidos. ¡El Che vive! (pequeño editor), del artista gráfico Jorge Alderete, con textos de Gustavo Alvarez Núñez, es una reflexión en imágenes sobre la iconografía desencadenada a su alrededor y una breve historia de sus relaciones con el rock, el arte pop y la política.

 Por Ana Longoni

Por Ana Longoni

En 1969, el artista y sociólogo Roberto Jacoby produjo –desde el anonimato– una inquietante imagen que difundió como parte de una publicación semiclandestina que impulsaba junto al psiquiatra Antonio Caparrós, al cineasta Octavio Gettino y a la artista Beatriz Balvé. Se trataba de SOBRE (la cultura de liberación), que consistía justamente en un sobre de papel madera que llevaba impreso en mimeógrafo, en sus dos caras, un listado del contenido y un breve manifiesto-editorial.

Los dos únicos números de SOBRE aparecieron en mayo y julio de 1969,en tiempos del Cordobazo. Circularon, de mano en mano, pocos cientos de ejemplares que contenían materiales de distintos formatos y géneros (desde un informe detallado sobre la resistencia peronista hasta un artículo apócrifo sobre el teatro de guerrillas en la Argentina, historietas sobre la huelga de Fabril, balances sobre la experiencia de Cine Liberación o la reciente y abruptamente concluida realización colectiva “Tucumán Arde”, etcétera).

Su condición de anti-revista se percibe en varias cuestiones, especialmente en la premeditada búsqueda de ruptura de la unidad de la publicación, la dispersión de sus partes en usos diversos y la interpelación al lector para que actúe. Lo singular del planteo de SOBRE es el explícito llamado a sus lectores a romper la unidad del material, a incorporar y extraer lo que se quiera, a darle un uso que exceda largamente la lectura solitaria, y su sugerencia de disgregar el material y darle un uso (colectivo y arriesgado).

En ese sentido, son alusivas las metáforas violentistas empleadas en el manifiesto inicial de la publicación: “A SOBRE no lo queremos intacto / queremos que se deshaga, / que se gaste, / que se arroje como una granada: / QUE SEA UN ARMA”. La imagen de “una granada” no ilustra sólo el efecto de estallido sobre la conciencia de los lectores sino también su forma de funcionamiento: SOBRE explota y origina una multitud de fragmentos disímiles que se dispersan, cayendo e incrustándose en distintos lugares.

La apelación al lector para que disperse y use agitativamente el material es alentada en forma casi imperativa por los impulsores de la publicación. El llamado a la acción que quiere propiciar esta anti- revista (“si al cabo de una semana SOBRE está intacto/ y usted no ha discutido, no ha pensado, no se ha reunido/ PARA HACER ALGO/ es que no ha sabido usarlo/ en cuyo caso, por favor, no lo compre más: / hay muy pocos ejemplares circulando”) está presente también en la imagen en cuestión, integrada por Jacoby en SOBRE nº 1 y conocida justamente como el anti-afiche. Se trata de un artefacto incómodo, con el que no se sabe qué hacer: es un afiche que reclama no ser usado como tal. El anti-afiche es, por cierto, un llamado a la acción. Un guerrillero no muere para que se lo cuelgue en la pared: su sacrificio tiene sentido sólo si otros (nosotros) continuamos su camino de lucha.

A la vez, lo más sorprendente del anti-afiche es la anticipación con la que Jacoby propone, tan poco después del asesinato de Ernesto Guevara en Bolivia, una crítica a la apropiación mediática de su imagen y su rápida conversión en ícono pop. Eligió para ello precisamente la famosa imagen del guerrillero fotografiado por Korda que hoy vemos multiplicada por doquier, convertida en la superficie de un mito, la fachada opaca que obtura cualquier exploración más allá de su brillo fatuo.

En ¡El Che vive! Jorge Alderete compone una reflexión en imágenes sobre

esa condición mítica. Exacerba al extremo la conversión del Che en ícono pop, en logo, en marca, en un gesto que hace unas décadas habría parecido una apuesta paródica y perturbadora por señalar la capacidad de la máquina del capitalismo cultural de apropiarse de todo, inclusive del panteón de héroes antagonistas y detractores, con tal de producir renovadas mercancías y convertir las rebeldías en nichos de mercado. Pero hoy, atravesados como estamos por esa lógica de consumo y banalización, ese señalamiento provoca también un dejo de angustia.

El músico argentino-estadounidense Kevin Johansen compuso hace unos pocos años una canción que podría ser la melodía de fondo de este libro si fuese una cajita de música o una tarjeta de felicitaciones made in China. “Todos se dejan la barba y el pelo como él (...)/ Todos se compran la remerita del Che/ sin saber quién fue./ Su nombre y su cara no paran de vender./ Parece McGuevara’s o CheDonald’s.”

En un blog cualquiera de Internet donde está colgada esta canción encontré un comentario bastante típico, de una chica que consideraba que finalmente Johansen estaba replicando el gesto que denuncia, al “hacer plata” con el uso de la figura del Che. Al leerlo pensé que la saga “Che pop” que integran, entre otros, Jacoby, Johansen y Alderete comparte la condición de exponerse al riesgo de usar para la crítica política un medio artístico que puede volverse en contra de sí mismo. Esto es, conciben artefactos inciertos en sus usos potenciales y sus derivas. El anti-afiche puede ser finalmente colgado en la pared, la canción bailada en un recital donde –qué duda cabe– alguna remerita del Che habrá (¿cómo no?). ¿Y qué lecturas desatará, a partir de esta publicación, la constelación de imágenes en que el Che deviene en Travolta, en Bob Marley, en un DJ o un bailarín de hip-hop, en un ángel y en un demonio, en todos, en nadie? Un ícono versátil y democrático: todas las modas, todos los mitos, todas las marcas, destilados en uno solo.

Alderete es incisivo en su señalamiento de cómo la política, el fútbol y el cine producen cultos masivos y modelan las nuevas religiones posmodernas. De hecho, la asociación entre el sacrificio del Che y el de Cristo encontró su fecundo alimento en la última serie de fotos del Che, tomada instantes después de haber sido ejecutado. Si los militares bolivianos pretendían –al exhibir ese cadáver como trofeo de guerra– un efecto aleccionador, lo que esas imágenes desataron fue el nacimiento de un mito y una oleada continental de adhesión a la causa foquista. Pero a la vez, cuando el trabajo de Alderete hace convivir, en las primeras páginas del libro, la consigna “¡El Che vive!” junto a una calavera del Che (¿o habrá que decir una festiva calaca usual en la celebración mexicana de la muerte?), también apunta su crítica a la retórica convencional de (cierta) izquierda. En la matriz sacrificial que impregna el pensamiento de la izquierda latinoamericana de los años sesenta y setenta, la muerte del guerrillero heroico alimenta la vida de la revolución. Las banderas que solían colocarse sobre los ataúdes de los combatientes caídos en los setenta insistían sobre este tópico: “Ha muerto un revolucionario, viva la revolución”.

Otros trabajos recientes de grupos activistas que exploran otros dos mitos icónicos de la cultura política argentina, como son Perón y Evita, han encontrado resistencias o incomprensiones semejantes a las que relata Alderete que percibió en la recepción de su propuesta. Es el caso del grupo Iconoclasistas cuando, en 2007, difundió una serie de figuritas autoadhesivas de “agit-pop” en las que aparecía la imagen de Eva Perón como luchadora. Las críticas desde la izquierda no tardaron en llegar. En cambio, cuando en 2012, en La Plata, el grupo de investigación sobre micropolíticas de la desobediencia sexual junto a algunos artistas amigos salieron a empapelar los muros de la ciudad con serigrafías de Perón travestido como “La Generala” y de Eva como dragqueen en “La Descamisada”, en medio de los cuales otro afiche reproducía parte del discurso de 1949 del entonces ministro de Educación, Oscar Ivanissevich (“Entre los peronistas no caben los fauvistas y menos los cubistas. (...) Peronista es un ser de sexo definido”); los que se desconcertaron con la acción fueron los militantes peronistas: “Pero ustedes, ¿qué es lo que quieren decir?”. Los desplazamientos y paradojas que proponen las operaciones críticas de éstos y otros artistas se topan, al tensionarse hacia la política, muchas veces con un modo de pensamiento binario y esquemático que no deja margen para la interrogación y la paradoja. El libro de Alderete se cierra con un código que propone una correspondencia entre el alfabeto y las distintas imágenes del Che, insistiendo en su condición de convención masiva. La invención de esta tipografía toma –de nuevo– como su punto de partida dos de las fotos más conocidas, reconocibles y populares del Che. Vaya paradoja: la cuarta letra (che) ya no existe ni siquiera en el alfabeto Che.

Este texto de Ana Longoni es el prólogo
de ¡El Che vive!. Las imágenes de Jorge
Alderete pertenecen a la edición
de pequeño editor.

Compartir: 

Twitter
 

 
RADAR
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2017 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.

Logo de Gigared