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Domingo, 6 de octubre de 2013

La náusea

Quizá los medios y el poder global mediático sean hoy en día los temas que más se debaten en todo el mundo, y muy especialmente en la Argentina. Monopolio de la información, Julian Assange y los Wikileaks, la sociedad del espectáculo en un clímax de dominación gozosa, las voces nuevas que buscan su espacio en un panorama en el que resulta muy difícil avanzar hacia una pluralidad genuina en televisión, radio e Internet. Frente a este panorama, José Pablo Feinmann encaró una obra ambiciosa y original. En su mezcla de registros, con sus apelaciones apasionadas al lector buscando sacudirlo y conmoverlo, en su pelea contra lo que denomina la TV vómito, Filosofía política del poder mediático (Planeta) es un ensayo de lectura polémica e intensa. En esta entrevista, Feinmann habla de su nuevo libro y desarrolla una visión crítica de los medios, que esconde un rasgo de esperanza en su propuesta de no dejar de lado el debate ni perder el sentido del humor.

 Por Juan Pablo Bertazza

Cuatro mil novecientas veintiséis. Esa es la friolera de páginas que publicó (porque escribir, escribió aún más) José Pablo Feinmann desde 2008 hasta esta parte. Esa es la cifra que emerge de la suma de La filosofía y el barro de la historia, de los dos tomos sobre el peronismo, de sus Diálogos irreverentes con Néstor Kirchner, de su ensayo sobre cine y condición humana Siempre nos quedará París, de sus novelas Timote, Carter en Nueva York, Carter en Vietnam, Días de infancia y, ahora, de su flamante Filosofía política del poder mediático. El promedio messiano de esa enorme producción arroja un resultado de más de dos páginas por día, incluyendo sábados, domingos y feriados. A esa producción tan voluminosa hay que sumarle su presencia en canal Encuentro haciendo jueguito, taco y rabona con las ideas de los principales referentes de la filosofía, sus contratapas en Página/12 y su programa La creación de lo posible en Radio Madre (AM 530), una suma que hace de Feinmann una especie de ícono iconoclasta, un tótem sin tabúes que tanto puede explicar a Heidegger y criticar a Foucault como así también plantarse en los estudios de TN para agradecer irónicamente que por fin lo hayan invitado. O vestirse de crítico invitado de TVR y quejarse de eso que llamó –y, desde ahora, llamamos– TVV, la televisión vómito.

De todo eso resulta una imagen que devuelve un tipo autosuficiente y ultrarracional que, en lugar de tener diálogos, tal vez sólo pueda esbozar monólogos. Pero no es real: apenas se suspende la imagen de ese filósofo con profundidad clásica y guapeza criolla, aparece el verdadero José Pablo Feinmann. Un tipo sensible, con aires apocalípticos integrados que parece sentir (además de pensar y sopesar) cada respuesta, profundamente inteligente y sobre todo con una gran capacidad de escucha. Un tipo curtido de setenta años que conserva intacta su capacidad de asombro, y según la Metafísica de Aristóteles, el principio de la filosofía es, precisamente, ése: el asombro. Asombra y mucho que a Feinmann le importe tanto la mirada de los demás, se enfurece contra los comentarios que lo agravian en algunos diarios, lamenta que todavía su programa de radio no tenga tanta repercusión como el de la tele, y que su última novela no haya tenido más lectores (“es que me costó mucho esfuerzo y sufrimiento” enfatiza), a tal punto que parece aflorar en su discurso cierto rasgo de inseguridad.

“Desde hace tiempo vengo observando el odio que hay en los medios, la agresión, la injuria del no me importa lo que hayas hecho, lo que publicaste, quién seas. No sé quiénes son los que escriben esos comentarios, por ahí se trate de una gavilla que tiene contratada alguna multinacional, pero son insultos terribles. Desde hace algún tiempo los empecé a mirar por curiosidad, y sí, la verdad que me llegan. Había uno espectacular que decía: Feinmann da cursos de filosofía por televisión, y yo me formé mucho con eso, ahora, cuando habla de política, es un pelotudo. Al contrario de Cuando ya no importe de Onetti, a mí me importa todo. El que escribe se expone mucho, se debilita, necesariamente se vuelve sensible. La ficción me gusta mucho, pero a nadie le importa o a pocos. Incluso algunos se desilusionarían, ¿cómo podés sacar una novela en tiempos de elecciones?

Volvemos al comentario anónimo: lo político también dificulta la llegada de tus novelas.

–Exacto, es el primer filtro. Yo sé que no voy a aparecer en ningún suplemento anti-K. No me dieron bola a partir del conflicto del campo, ahí se pudrió todo, pasé a ser enemigo. Antes de eso tuve, por ejemplo, una tapa en Ñ por La astucia de la razón con dibujo de Hermenegildo Sábat. Y era amigo de Jorge Fernández Díaz. Pasa que este gobierno tocó intereses muy poderosos y lo del campo dividió aguas de una forma terrible. Pensá que del lado del campo estaba Cecilia Pando con personas que jamás hubiera creído que estuvieran con ella.

EL FIN DE LOS MEDIOS

Filosofía política del poder mediático es, sin lugar a dudas, el ensayo más personal de José Pablo Feinmann, un libro que significa a su obra lo que el marxismo significó en la historia de la filosofía: la llegada de la acción, la capacidad de plantearse cambiar las cosas. Un libro que es pura praxis. En muchos sentidos: imita algunas de las estrategias de los medios al engañar al lector con mentiras flagrantes que no revelaremos acá, pero que descubrirá el lector con placer al adentrarse en la obra; le saca jugo al anacronismo al escenificar el fusilamiento de Dorrego en una serie de conferencias de prensa hilarantes en un set actual de televisión. Incluye relatos, pistas falsas, investigaciones, emblemáticos discursos políticos, citas de sus propios libros, análisis de series de televisión y películas como Citizen Kane, inclusive entrevistas como la que le realizó Santiago O’Donnell a Julian Assange y la que le hizo Assange a Rafael Correa.

“El libro intenta desde el comienzo ser novedoso, en los dos tomos de Peronismo... había incluido cuentos, sobre todo para aportar algo distinto a lo que todos saben acerca de la muerte de Perón. Ahí escribí ‘Perón muere’. Este es mi libro más personal, es cierto, tal vez el más jugado filosóficamente. Incluso empecé a crear una jerga como hacen los filósofos europeos. Hay una anécdota que me encanta, un amigo le dice a Brecht: ‘Mirá, Bertolt, si no creás una teoría no vas a avanzar’ y ahí inventó lo del distanciamiento y toda esa parafernalia. La teoría fundamental yo la enuncio enseguida: Bill Gates hizo mucho más que Descartes para centrar el sujeto”, señala Feinmann.

Así, el libro va y viene entre el magnate Rupert Murdoch (el Uno de la Fox y la News Corporation, a quien define como el más poderoso del mundo, “a tal punto que todos los otros grupos están subordinados a él. Acaso, cotidianamente el señor Magnetto hable con el señor Murdoch más que con la embajada norteamericana”), Berlusconi, la revista Barcelona, Capusotto, Alejandro Fantino, la desorbitante y conspiratoria broma que armó Orson Welles con aquella mítica emisión radial de La guerra de los mundos, el soldado Manning, Snowden y los típicos montajes para la foto de Estados Unidos, como tal vez lo sean la llegada del hombre a la Luna y el asesinato de Bin Laden.

Entre lo nunca dicho y lo apócrifo encuentra su tono que es, sobre todas las cosas, un hallazgo, en el sentido de que Filosofía política del poder mediático encara un tema en el que hay tela para cortar. Ultimamente se viene escuchando mucho –en nuestro país, pero también en Ecuador, Venezuela y, por supuesto, en los Estados Unidos–, aquello de que el poder fáctico está por encima del poder político. Día tras día, hora tras hora, ingresan a nuestras casas extraños que actúan, conducen, bailan, cantan, viajan, hacen el amor, se meten en la comida, se meten en nuestra cama, en nuestros sueños. Lo mismo sucede con los diarios, con las redes sociales, con las aplicaciones del celular. (Ya lo dijo hace algunos años Lanata frente a un cuadro sinóptico: “Estos son los tipos que manejan gran parte de tus horas libres, de tus deseos, de tus ganas de consumir, de tus simpatías políticas y, lo que es peor de todo, de tu libertad”.)

Al mismo tiempo que desentraña historia, presente y futuro de las manipulaciones de los medios masivos de comunicación, José Pablo Feinmann se ofrece, en cierta forma, como carne de cañón, y de esa manera va dejando aparecer su cara más auténtica.

En ese sentido, Filosofía política del poder mediático también es un libro caprichoso y paradójico. Si bien Feinmann vuelve a criticar varios aspectos de los filósofos posestructuralistas (“ellos se quedaron sin sujeto mientras desde el imperio creaban un sujeto importantísimo, poderoso, vigía, y es interesante que Derrida, Deleuze y Paul de Man hayan tenido tanto éxito en los Estados Unidos”, dispara), paradójicamente viene de escribir su libro más rizomático, un libro que habla de varias cosas a la vez. Llama la atención que se refiera continuamente al imperio de Bill Gates y no nombre ni una vez a Steve Jobs, ni que tampoco indague en la hegemonía de los medios argentinos (aunque hay dos grandes anécdotas sobre Magnetto), ni en la ley de medios (“porque es un asunto muy manoseado”, explica con fastidio), aunque sí habla sobre la ley de Ecuador y, en su programa de radio, viene de cargar las tintas contra diputados y senadores: “No entiendo por qué se dejan humillar así, hace cuatro años que están esperando que siete tipos decidan lo que ellos ya decidieron, hagan una asamblea extraordinaria, hagan algo, se dejan humillar por uno de los tres poderes”, exclamó a los cuatro vientos.

En definitiva, Filosofía política del poder mediático, con sus muchas virtudes y algunos pocos defectos, es un libro que asume riesgos, exploraciones y caprichos (eso, sí, todos bien fundamentados) de su propio autor. Y eso mismo es lo que asegura su notable autenticidad.

HAGAN COLA

“Es cierto que esa visita a TVR quedó en los anales”, recuerda Feinmann cuando se lo consulta por aquella denuncia de la televisión vómito. La palabra no podría haber sido más indicada. Gran parte de este libro lo constituye su ensayo acerca de la culocracia, el culto al culo. Ahí entra en escena, por supuesto, Tinelli y los inmejorables culos de ShowMatch, pero también las tapas de revistas, los teatros de revistas, las publicidades, y una interminable cola de etcéteras.

“Hoy, el culo es el gran aliado del establishment. Mientras alguien –ante cualquier expresión del vasto poder mediático– mira un culo, sólo ve eso: un culo. No piensa, no siente, no se indigna, acepta todo. Es una totalidad cerrada. Es sólo un-hombre-mirando-un-culo. Este ensayo trata sobre la culocracia como imagen hegemónica de la modernidad informática. Se viven los tiempos de la globalización. Un globo es redondo. El culo es redondo y hasta el epítome de la redondez.”

Este infartante y redondo capítulo del libro es el más lúdico del ensayo, aquel en el que Feinmann se permite dar rienda suelta a su ironía, a su fina capacidad de asociación y a su condición de crack del conocimiento, a tal punto que incluye un marco teórico a cargo de Santo Tomás de Aquino, la pluma temática de Francisco Quevedo (“su forma es circular, como la esfera, y su sitio es en medio, como el del sol; su tacto es blando; tiene un solo ojo, por lo cual algunos le han querido llamar tuerto y, si bien miramos, por esto debe ser alabado, pues se parece a los cíclopes, que tenían un solo ojo y descendían de los dioses”) y hasta incluye una entrevista a un eximio médico cuyo trabajo es resucitar culos.

“Ahora se busca idiotizar y dominar al sujeto, de ahí la culocracia. La culocracia es uno de los elementos del entretenimiento al servicio de la seducción, el aniquilamiento de la subjetividad a través del sexo. Lo de Quevedo y Santo Tomás lo puse porque me gustaba a mí, es verdad eso de que el libro es muy caprichoso”, reconoce entre carcajadas.

Feinmann es un maestro, entre otras cosas, porque mucho de lo que afirma ayuda a pensar cuestiones similares que pueden completar, relativizar o inclusive ponerlo en tela de juicio. Esa condición mayéutica adquiere gran potencial en este ensayo sobre culocracia, donde cada lector podrá aportar innumerables ejemplos que, pruébelo usted mismo, ratificarán lo que expone el filósofo. ¿Un ejemplo? Si bien se trata de un fenómeno que se da en gran parte del mundo, Feinmann llega a determinar que este auge del culo y su consiguiente apropiación por parte del poder mediático coincide con los años noventa en nuestro país. Y en esa década surgió el desfile Cola Reef. La idea, de hecho, fue de Fernando Aguerre, exitoso empresario argentino, amante del surf y ex CEO de esa marca de sandalias que se creó sólo con 4000 dólares iniciales y la terminaron vendiendo en 2005 por una cifra millonaria. En el medio hubo una idea, la de este muchacho: hacer publicidad con las mejores colas. Y así Reef se convirtió en el mayor vendedor de sandalias del mundo.

El ensayo de Feinmann es tan osado y, a la vez, pertinente, que logra poner en palabras algo que todo intuimos: precisiones e implicancias acerca de la naturaleza unisex del culo, del clarísimo giro que hubo en los últimos años de las tetas (Sofia Loren, la Coca Sarli) al culo (Cinthia Fernández, Jésica Cirio), a tal punto que hoy por hoy el viejo dilema argentino parece totalmente superado. Tan actual es este ensayo que existe, inclusive, una canción que podría ilustrarlo. Se llama, precisamente, “culocracia” y es, todo tiene que ver con todo, de Los Calzones: “La culocracia /que nos conduce/ que tira bombas/ y que reprime al mundo./ la culocracia /que nos gobierna/ que nos arrastra/ la que te aplasta/”.

LA NOVELA FAMILIAR DEL FILOSOFO

Si Feinmann pudo hacer este libro no es sólo por todo lo que leyó, sino por lo que vivió. Casi todos conocen su brillante y precoz inserción como docente en la universidad. Pero, durante esos años de juventud, existió otro aspecto de su vida que, acaso, tenga más que ver con este libro: un trabajo que le deparaba viajes, calle, experiencia y mucho contacto con la gente.

“Tenía una fábrica de conductores eléctricos con mi hermano, que había fundado mi viejo, yo era el viajante y viajaba por todo el país con lo que eso conlleva de existencial, fue algo hermoso. Una vez, en Salta, ceno con el señor Casalbón, que era toda una personalidad. El tenía dos o tres casas mayoristas de electricidad, donde competía con Pirelli, y ahí empecé a conocer bien lo que es el imperialismo y el monopolio. No sé por qué, pero el tipo me quería. En un restaurante, muy seguro, agarro la lista de vinos y pido un borgoña blanco. El mozo se sonríe y Casalbón, que era una inmensidad en Salta, dice todo autoritario: ‘¿Por qué se ríe? ¿Qué le pidió el señor?’. ‘Un borgoña blanco.’ ‘Tráigaselo.’ El mozo volvió con mil disculpas diciendo que no quedaba borgoña blanco”, recuerda Feinmann y vuelve a estallar en carcajadas.

¿Y cómo te llevabas trabajando con tu papá y tu hermano?

–Trabajé mucho más con mi hermano, que era diez años mayor que yo. Mi papá me tuvo grande, a los cincuenta años, y al viejo lo fuimos sacando de la empresa, en una maniobra familiar muy difícil y dolorosa para él. El viejo exigió seguir teniendo el 51 por ciento de las acciones, pero hicimos un documento por el cual la repartija de ganancias lo desfavorecía al viejo. Mi hermano era totalmente distinto a mí. Nosotros somos una familia católica y judía y mi hermano eligió, fanáticamente, el lado judío, lo cual nos distanció mucho, aunque comercialmente andábamos bárbaro porque él era un genio de las finanzas y yo para viajar era charlatán y conseguía clientes. Mi hermano era impenetrable, yo no sabía qué sentía, qué pensaba, nunca fuimos amigos, pero sí muy buenos compañeros de negocios. El consideraba que yo era un tipo muy afortunado y cuando llenaba algún formulario, levantaba la cabeza y me preguntaba: ‘¿En qué año naciste parado, querido?’. Nunca entendí eso pero es algo que me marcó.

LA CARTA ROBADA

Las complejas manipulaciones que se llevan a cabo desde el autodenominado centro del mundo, por ejemplo a partir de la industria del entretenimiento, Feinmann las vivió en carne propia. También por eso se encuentra tan implicado en este libro. Entre tanto asunto de espionaje, sufrió un plagio, y un plagio podría pensarse, de hecho, como una forma de puesta en acción del voyeurismo: “Sí, filmaron sin permiso mi novela El cadáver imposible. Una chica italiana consiguió una traducción, se fue a Hollywood y se la dio a un director de cine. Los abogados te dicen: ‘No te metas con ellos porque terminás preso vos’. Subiela lo intentó por una escena de Hombre mirando al sudeste, y no le fue nada bien”.

La desigualdad entre la industria y los usuarios que manifiesta Feinmann se da inclusive en el plano afectivo. Y ésa es una de las cuestiones que mejor capta y más sabe usufructuar la publicidad. Pocos días antes del tan mentado 7D, Clarín sacó algunas publicidades lacrimógenas –música tragicomelosa, locutor conteniéndose el llanto– donde establecía una ecuación totalmente falaz: la pérdida de algunos de sus medios (cosa que ya de por sí es falaz) implicaba para sus clientes la pérdida de identidad, la pérdida de su pasado, porque la historia de las personas estaban indisolublemente ligadas a lo que el grupo decía en sus espacios. Es tan grande la incidencia del poder mediático (incluyendo publicidad, cine y, por supuesto, Internet) que los momentos más importantes de una vida pueden llegar a representarse por medio de una publicidad. Otra vez, Feinmann lo vivió en carne propia. Ahora, durante lo que él llama el peor momento de su vida, signado por aquella publicidad del Che Pibe que iba al Banco Nacional Argentino. Lo irónico es que mientras el muchacho estaba feliz de que lo mandaran al banco, Feinmann no podía levantar cabeza.

“Cuatro meses antes del golpe, a mí me operan de un cáncer de testículos, hace poco me enteré de que le dicen ‘el cáncer de los jóvenes’. Estaba lleno de radiación, vomitaba, estaba hecho mierda. Justo ahí, a mi hermano se le ocurre descubrir el negocio de la importación de Taiwán. Claro, cuando el interés bancario supera la ganancia que pueda dar un producto, la industria se destruye. Es lo que decía la publicidad del Che Pibe: ‘Si me mandan al banco voy contento porque me dan el 24 por ciento’. Yo me quedo solo negociando la quiebra. Fue todo terrible, estaba destruido, podía quedarme en la calle, estaba enfermo, mataban a todos, desaparecían los amigos, me volví loco”.

¿Cómo se plasmaba esa locura o, al menos, qué recordás hoy de todo eso?

–Me cuesta contártelo porque todavía me da miedo que algo se active. Me agarró una neurosis obsesiva compulsiva tremenda. Se me podía ocurrir que dentro de un placard había una carta importante que me iba a responder muchas cosas, o mejor dicho, dos: que la cosa no iba conmigo, que a mí no me iban a matar, y la otra era un diagnóstico médico que dijera usted no se va a morir. Me podía poner a revisar ese placard diez veces porque siempre creía que dejaba un lugar sin ver.

¿Cómo te curaste?

–Conozco a María Julia en el ’80, ella tenía una potencia excepcional. Llevamos 33 años hermosísimos juntos, es una gran compañera. Pero no me curé enseguida, de hecho, vivía con una sensación de terror, derrota personal y generacional, todo se duplicaba, y eso que tenía una mina fantástica al lado mío que me hizo conocer el cine, el teatro, el ballet. Pero no podía tener mis libros, no podía escribir ensayos y una vez llegué a decirle: “¿Por qué tu amor no me cura?”. Entrados los ochenta empecé a mejorar y en el ’89 me largué a escribir la novela de esa tragedia para hacer catarsis. Pero no, La astucia de la razón me dejó hecho mierda, y ahí caí en otro abismo terrible. Fui a un psiquiatra hijo de puta que me dijo si ahora sale de acá y se suicida no me eche la culpa a mí, lo que pasa afuera es asunto suyo, lo mío termina acá. Tuve depresión, pensé en amasijarme. Intenté el sueño dirigido, gestalt e hipnosis, pero increíblemente se durmió el hipnotista. Hasta que me salvó Julio Moisesovich en septiembre del ’90 haciéndome una clínica cerebral.

Hacia mediados de los noventa pude volver a tomar control de la biblioteca y hacer ensayos. Tuve una segunda oportunidad y no quise desaprovecharla.

VOLVER A DUDAR

Filosofía política del poder mediático es una guía compleja y singular para lograr adquirir una mirada crítica hacia los medios y el poder mediático en general. Porque, según dice Feinmann, el sujeto es para el poder mediático un recipiente al que es necesario llenar de contenidos.

¿Qué recomendarías para combatir la manipulación de los medios?

–El Descartes que dice “dudo de todo”: hay que llegar al momento originario, puro y primero de dudar de todo. Ahí partís de cero y ya nadie te puede mentir. Descartes dudó incluso de Dios, después construyó la subjetividad capitalista. Apaguen el televisor, naveguen menos por Internet y no vayan a hacer meditación, por favor. También recomiendo la máxima socrática “conócete a ti mismo”. Creo que si uno empieza a conocerse a sí mismo se va a dar cuenta de la mierda que han hecho de uno, y si uno se da cuenta va a tratar de salir de eso, si es que tiene algo de amor propio. Ese es un gran punto de partida para tener una conciencia crítica. Conócete a ti mismo y verás la mierda que han hecho de ti.

Foto: Nora Lezano

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Imagen: Nora Lezano
 
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