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Domingo, 13 de octubre de 2013

En el hospicio

Hasta que la locura nos separe, de Wang Bing

Acaso lo más impresionante desde un punto de vista formal, de Hasta que la locura nos separe, la nueva película de Wang Bing, sea la manera en que la cámara se integra en el espacio que ha decidido registrar, hasta casi volverse invisible. No se trata de celebrar un mero procedimiento técnico y estratégico, sino de entender de dónde proviene su vitalidad y su humanismo: es justamente porque logra desaparecer entre los pacientes, los internos del hospital psiquiátrico (y prisión) chino del que prácticamente no sale en las cuatro horas de duración del film, que consigue expresar esa absoluta empatía con aquellos a los que filma.

Los “protagonistas” del documental son unos cien internos que están ahí porque están un poco locos, o porque cometieron algún crimen; algunos son simplemente marginales, los caídos del sistema que no tienen otro lugar. El lugar al que están confinados –un único piso en un edificio– no les proveen casi ningún contacto con el exterior y muy poca interacción con los médicos. La absoluta falta de privacidad en la que se ven obligados a desenvolverse –para comer, para higienizarse; no existe “ir” al baño– despojan hasta al sexo de uno de sus componentes esenciales, la intimidad: de esa necesidad imposible de satisfacer en términos, por así decirlo, “normales”, surgen diversas expresiones de ternura y afecto que la película registra con discreción y sensibilidad.

Este es un proyecto para el que Wang debió armarse de paciencia, porque “casi ningún hospital ni institución quiere que los filmes”. Fue un poco accidentalmente que dio con el tema en primer lugar: estaba editando una parte de su film Al Oeste de las vías en una región remota de Beijing, cuando descubrió un complejo de tres edificios rodeado de terrenos vacíos, y al acercarse para averiguar qué era esa construcción no señalizada, se encontró con que estaban “llenos de gente, todos los pisos”. Este descubrimiento inspiró primero un guión para un largometraje de ficción, ya que, le dijeron, no iba a tener permitido filmar ahí, pero por distintas razones ese proyecto nunca despegó, y cuando volvió en 2009 a la institución, se encontró con que mucha de la gente a la que había conocido ahí, había muerto, y otros llevaban entre 20 y 30 años “institucionalizados”. “Las respectivas organizaciones físicas de esa institución y las que terminé filmando –cuenta Wang– son diferentes, pero la manera en la que viven los internos en cada una es similar.”

La película se dedica a observar, sin explicar demasiado, escenas de una elocuente tristeza: la convivencia de pacientes con diversos grados de enfermedad mental, algunos que exhiben una conducta muy errática, y otros que quizá parezcan demasiado lúcidos y cuerdos como para estar encerrados. Lo que no hay a la vista es algún tipo de respuesta a las necesidades emocionales de estos internos, una vía de contención. En la excepcional ocasión en que la cámara abandona el complejo para seguir a un paciente al que se le permite ir a la precaria casa de sus padres, sólo vemos que las cosas allá afuera no serán mucho más sencillas para el pobre hombre. “El personal de la institución, los médicos –explica Wang– tiene una actitud desesperanzada. Su trabajo es administrar y facilitar el tratamiento de los pacientes, pero tienen infinidad de dificultades para hacerlo. Limitaciones de espacio, de presupuesto, muchos obstáculos. A su vez, la gente que está internada allí –alguna por voluntad de su familia, otras por la del Estado– tiene una vida tan difícil que los médicos sienten esa misma amargura respecto de su trabajo y de sus pacientes. Cuando uno pasa un tiempo con ellos, con los médicos y el personal, se da cuenta de que no son malos con los internos, simplemente no tienen manera de cambiar la manera en que están viviendo.”

Hasta que la locura nos separe se da en la sección “Proyecciones especiales” del Doc Buenos Aires, junto con los nuevos trabajos de otros viejos conocidos de la muestra, como La casa de la radio, de Nicolas Philibert; Un conte de Montaigne, de Jean-Marie Straub, y el retrato –dirigido por Ginette Lavigne– Jean-Louis Comolli, ¡filmar para ver!. La sección se completa con Private Universe, de la cineasta checa Helena Treštíková; Los invisibles, del francés Sébastien Lifshitz; y con Jean-Luc Godard, el desorden expuesto, donde el cineasta “reflexiona sobre su relación con el arte moderno”.

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