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Domingo, 13 de octubre de 2013

CINE > BELLA DURMIENTE, LA NUEVA PELíCULA DE MARCO BELLOCCHIO

Punto y coma

En 2009, Italia estuvo dominada por un intenso debate público alrededor del destino de Eluana Englaro, una joven que llevaba casi veinte años en coma después de un accidente y a quien su padre quiso practicarle la eutanasia. El caso llegó hasta Silvio Berlusconi, que quiso modificar la Constitución para evitar la desconexión y complacer a los sectores católicos. Este es el escenario y el punto de partida que eligió Marco Bellocchio, el director de Vincere y El diablo en el cuerpo, para Bella durmiente, su nueva película, donde una vez se dedica a pensar las contradicciones de la sociedad italiana y cuestionar sus ideales.

 Por Paula Vázquez Prieto

“Para algunos es un acto de coraje, para otros no sólo un acto miserable y vil, sino criminal. Para mí fue solamente un acto de amor hacia mi esposa, un acto de amor por su libertad”, reflexiona el senador Uliano Beffardi (Toni Servillo) en Bella addormentata, la última película de Marco Bellocchio, ante el dilema moral y político que supone la eutanasia. En febrero de 2009, una Italia cínica y deprimida se encontraba sumida en un intenso debate público sobre el destino de la joven Eluana Englaro, que llevaba entonces 17 años de sueño profundo tras quedar en coma luego de un accidente automovilístico. En la ciudad de Udine, las grietas de un escenario dividido, entre laicos y católicos, entre izquierda y derecha, entre partidarios del presidente del Consiglio, Silvio Berlusconi –que proponía modificar la Constitución italiana para evitar al padre de Eluana proceder a la desconexión de su hija–, y fuerzas opositoras, evidencian que aquellas viejas cuentas no saldadas eventualmente se hacen presentes de manera asfixiante. Aquella historia de voluntades encontradas, de decisiones individuales tomadas en el marco de la libertad de conciencia, de lealtades partidarias y presunta legalidad, se transforma bajo la mirada inteligente y compleja de Bellocchio en un intenso fresco sobre una sociedad que aún hoy se pregunta si son posibles las soñadas reconciliaciones.

Bella addormentata –presentada el año pasado en el Festival de Venecia– propone un tríptico sobre el amor y la libertad, en una perspectiva abierta, que evita respuestas fáciles y posiciones reduccionistas. Sin alegatos ni manifiestos persuasivos, la solidez con la que los personajes de Bellocchio definen sus pesares y tormentos, anidan sus dolores y anhelan sus salvaciones, muestra a las claras la humanidad y la sabiduría con las que el director ha sabido definirlos. Nuevamente inmerso en la historia de su país, como en el asesinato de Aldo Moro en Buenos días, noche (2003) o en la historia personal y pública del ascenso de Benito Mussolini en la Italia fascista en Vincere (2009), aquí el despegue se produce al elegir dos contrapuntos al protagonismo del drama de Eluana para mostrar, de manera valiente e irreverente, las formas que asume la culpa y la responsabilidad.

La lenta agonía de la “bella durmiente”, y la decisión que finalmente tome su padre en ejercicio del derecho que le otorga la ley italiana, es el marco del complejo vínculo entre el senador Beffardi, del partido Forza Italia de Berlusconi, y su devota hija María. Su partido le exige lealtad y la defensa de la propuesta de su líder, quien aboga por una modificación de la Constitución en consonancia con las exigencias de los sectores católicos conservadores. Tras la experiencia de la muerte de su mujer, que aparece en fantasmales flashbacks como remembranzas difusas de aquella pérdida, su compromiso con la toma de decisiones políticas se ve conmovido por su propia historia, y aquel dolor hace eco en la relación con una hija que abraza ideales contrapuestos.

Al mismo tiempo, asistimos al drama de una famosa actriz (Isabelle Huppert) que dedica su vida a una vigilia permanente frente a la cama de su hija enferma. Rubia y angelical, Rosa descansa impasible rodeada de monjas y enfermeras, mientras los rezos se elevan como compañías incansables que su madre exige en el martirio autoimpuesto. Sacrificio y elección se combinan también en la tercera historia, la del Doctor Pallido (Pier Giorgio Bellocchio, hijo del director) y su entrega en la salvación de una paciente suicida y heroinómana (Maya Sansa), quien también aboga por el respeto a sus decisiones, aunque sean tomadas en las condiciones más angustiosas. Curioso y audaz, Bellocchio nunca ha temido a los temas más candentes y espinosos: en los 50 años que lleva dedicado al cine, ha cuestionado ideales fuertemente arraigados en la sociedad italiana y ha expuesto sin temores la moral ambivalente que preside las discusiones públicas sobre asuntos controvertidos. Su cámara alterna pasiones confusas y pecaminosas, emociones ardientes o contenidas, siempre en un tono que recuerda la operística del Visconti del último período, sobre todo Grupo de familia (1974) o El inocente (1976).

Madres santas, hermanos conflictivos, hijos mentalmente inestables, son tópicos que reaparecen una y otra vez en el cine de Bellocchio desde su ópera prima I pugni in tasca (1965) hasta La sonrisa de mi madre (2002), donde el pintor que interpreta Sergio Castellito quiere separarse de una familia que lo agobia, lo atenaza, pero con la que conserva lazos íntimos y verdaderos, marcados por la decepción y el fracaso. De la misma manera, Bellocchio ilumina con asombrosa piedad a los personajes que creen en algo, aunque no sea lo mismo en lo que él cree. Como le contaba a la revista Film Comment, “el personaje de la actriz decide sacrificar su vocación, su arte, su identidad, porque cree en algo o espera algo, y es esa fe casi santa o heroica la que le permite creer que un milagro es posible. Porque sólo un creyente puede pedirle a Dios un milagro, y esa actitud –tratada a veces con desprecio– merece de mí no admiración, pero sí respeto”.

La imaginería del catolicismo formó parte de la educación de Bellocchio, como de toda una generación de directores italianos que aún discutiendo aquella influencia no esconden los variados aportes que ha hecho a sus universos. Un buen ejemplo es la escena en la estación de servicio, clave en el enamoramiento entre María y el joven Roberto –prisionero de una relación fraternal tormentosa–, cuando él le seca la cara con una servilleta, evocando la imagen del Santo Sudario. O el recuerdo del gesto de María Magdalena para con Jesús cuando la joven suicida quita los zapatos al médico que duerme al pie de su cama para velar por su vida. “Crecí en un mundo católico –recuerda Bellocchio–, siempre fue parte de mi educación. En términos de imágenes e ideas, aunque me haya separado de la Iglesia y no sea un creyente, esa imaginería está ahí, se ha quedado conmigo.”

La libertad con la que Bellocchio aborda una historia que aún reverbera en el pasado cercano de una Italia en proceso de recomposición política y sumida en los coletazos de la fuerte crisis que enfrenta hoy toda Europa, habla de su capacidad para distanciarse de los condicionamientos inmediatos que desataron aquellos hechos y de su honestidad a la hora de contar la experiencias de quienes no piensan ni creen como él. Salir de los límites de su mirada, moral e ideológica, le permite recorrer los absurdos rincones de la debilidad humana, de su fragilidad y su perseverancia, y desnudar frente a la cámara los hondos sentidos del deber y la responsabilidad.

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