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Domingo, 10 de noviembre de 2013

PERSONAJES > ALEXANDER SKARSGåRD, EL SEX SYMBOL QUE LLEGó DEL FRíO

AZUL Y ORO

 Por Mariana Enriquez

Creció en Estocolmo en los años ’70 y, si Suecia carga con el mito de paraíso liberal, la casa de Alexander Skarsgård era un concentrado del edén. Toda la familia y los amigos vivían en una misma calle, varias casas con puertas que nunca se cerraban con llave, una comunidad de hippies y artistas que cada noche se reunían a beber y comer, y casi todo lo hacían desnudos y en grupos de a diez o quince. “Era un caos”, recuerda Alexander, “y al mismo tiempo era una situación muy amorosa, muy divertida”. Su padre ya era famoso en los ’70: es el actor Stellan Skarsgård, favorito de Hollywood y fetiche de Lars von Trier –protagonizó Contra viento y marea, actuó en Dogville y Bailarina en la oscuridad, y ahora se lo puede ver muy desnudo y panzón en los afiches de Nymphomaniac, la última excentricidad del loco danés–. En los ’70, cuando Alexander crecía, papá Stellan también era una estrella de la notoria industria de cine erótico sueco, al mismo tiempo que hacía películas convencionales y se recibía de actor respetable en la Academia Real de Teatro. “Yo lo vi vestido por primera vez a los 13 años”, contó Alexander en el programa de entrevistas de Conan O’Brien. “En casa siempre estaba desnudo. Cocinaba desnudo”. “¿Eso no es peligroso?”, quiso saber O’Brien. Y Alexander: “No, la tiene mediana. Tirando a grande. No llegaba a salpicarse”. Papá Stellan accedió a cubrirse cuando sus hijos –un total de seis con su primera esposa; ahora, divorciado, ya cuenta con ocho criaturas que llevan su apellido– empezaron a traer chicas a casa, que eran muy suecas pero no estaban tan acostumbradas al nudismo militante.

Alexander Skarsgård creció muy rápido. A los 13 hizo su primera película en Suecia porque el director era amigo de su padre, pero no le gustó ser reconocido. Nadie lo presionó. No lo presionaron nunca. Se hizo punk, se tiñó el pelo rubio de rosado, a nadie le importó y para rebelarse, a los 18, decidió hacer el servicio militar y estudiar ciencias políticas. Los ultraliberales, pacifistas y ateos Skarsgård tuvieron reuniones de emergencia, por primera vez preocupados por el hijo mayor, pero Alexander pronto los tranquilizó: dejó el ejército y se fue a Nueva York a estudiar actuación. “Necesitaba disciplina”, se disculpó con su padre. Para entonces, a los 19 años, ya medía 1,94, era rubio como un amanecer dorado, los ojos azules le brillaban entre pícaros y buenazos y tenía un cuerpo tan fabuloso que le llovían propuestas de modelaje. En cambio, en 2001 aceptó actuar de modelo en Zoolander, de Ben Stiller, donde hacía del absolutamente hueco Meekus. Por primera vez, Alexander Skarsgård se reía de su imponente hermosura. No hay muchos actores como él, votados los más sexies del mundo que además sean verdaderos comediantes, que se rían de los desmayos que provocan, de lo absurdo de ser tan deseado, correteado, fantaseado. Después de muchas películas en Suecia que casi nadie vio fuera de su país, en 2008 Ed Burns y David Simon –los responsables de The Wire– le ofrecieron el protagónico de Generation Kill, una miniserie de HBO basada en libro de Evan Wright sobre las acciones de los marines en Irak en 2003. Alexander era Brad Colbert, un sargento rubio que ardía bajo el sol del desierto, tan norteamericano que pocos podían creer que no había nacido en Wisconsin. Ese mismo año, HBO volvió a contratarlo para el papel que lo volvió un ícono pop: el vampiro Eric Northman en la serie de Alan Ball, True Blood. Un vampiro de mil años de edad, dueño de un boliche, pansexual, vikingo, asesino, mentiroso, leal cuando hace falta, cada vez con más tiempo en pantalla, porque los fans así lo requieren. Para Eric, Alexander estudió los movimientos de los leones: hay que verlo, altísimo y lleno de gracia, teniendo sexo con “I Wish I Was the Moon” de Neko Case, matando a un amante por venganza durante una noche de falsa pasión, arrancándole los genitales al hombre que asesinó a su hermana vampira o con una sonrisa burlona en los labios mientras perpetúa la relación homoerótica con su enemigo íntimo, el vampiro Bill (Stephen Moyer). En el final de la sexta temporada de True Blood, Alexander Skarsgård hizo el primer desnudo frontal de una estrella en televisión. Hubo otros: el de Alfie Allen (Theon Greyjoy) en Juego de tronos, o los (falsos, porque son por computadora) de varios actores de Espartaco. Pero nunca un protagonista tan famoso se había mostrado de frente en toda su gloria.

Al costado y en silencio, mientras disfruta de su popularidad en TV, Alexander Skarsgård cultiva un perfil de actor indie, con resultados desparejos. En 2011, hizo la excelente Melancholia, con dirección de Von Trier y junto a su padre Stellan; estaba encantador y perfecto como el esposo de la depresiva Kirsten Dunst. Y ahora protagoniza dos películas notables. Una es What Maisie Knew (2012), adaptación contemporánea de la novela de Henry James, donde es el novio tontolote pero decente de una estrella de rock (Julianne Moore) que no puede manejar su carrera decadente, su divorcio y especialmente a su pequeña hija. Y la otra es The East (2013, de Zal Batmanglij), un thriller sobre ecoterroristas donde es Benji, semilíder de un grupo anarquista que ataca a dueños de laboratorios, contaminadores de aguas y otros villanos de la vida real. Podría ser una película boba, pero la verdad es que The East se las arregla para complejizar qué entendemos por vuelta a la naturaleza, sin juzgar a estos neo Thoreau pero tampoco idealizándolos; no salva ni justifica a los empresarios inescrupulosos, pero tampoco es una película conspiranoica. The East es una rareza: una película inteligente que también tiene acción y tensión. Benji, entonces: ecoterrorista herido, con los ojos azules siempre vidriosos, los hombros cargados de responsabilidad –es muy alto Alexander, el agobio le sale bien–, barba sucia, besos con muchachos, varios desnudos innecesarios (para la trama, se entiende: verlo desnudo nunca es un desperdicio), una depresión escandinava que le hace temblar el mentón quebrado, los labios delicados, las manos enormes, como de obrero, la voz baja.

Ahora mismo acaba de decirle que no a 50 sombras de Grey (el papel de Christian Grey le resultó “redundante”) para hacer The Giver, con Meryl Streep y Jeff Bridges, sobre una novela de Lois Lowry. Le inventaron un romance con Taylor Swift; antes, otro con Ellen Page. Él dice que hay cosas de las que no habla, que lo aprendió de su padre: no quiere que lo conozcan demasiado. Entonces, después de filmar películas serias, aparece en videos de Lady Gaga y de la banda electropop australiana Cut Copy, es la cara de la nueva fragancia de Calvin Klein y deja que sus amigos suban a YouTube un video privado donde está tan pero tan borracho que baila medio en pelotas y le besa el culo al actor Rhys Thomas en una escena de reviente increíble. A los 38 años, Alexander Skarsgård es un dios del norte indescifrable, camp y elegante, exhibicionista y reservado, sensual y vagamente peligroso, a veces tan torpe con sus piernas largas, entre el profesionalismo y las resacas. Ni siquiera parece preocupado por su futuro en Hollywood. “En Suecia, mis mejores amigos son carpinteros, comerciantes, trabajadores”, dijo en una entrevista para Blackbook. “A ellos no les impresiona nada de lo que hago en Los Angeles. Tengo los pies tan en la tierra que a veces me doy miedo.”

The East se estrenó en la Argentina el 6 de noviembre directo en DVD.What Maisie Knew se puede encontrar con mucha facilidad en la web.

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