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Domingo, 23 de febrero de 2014

LAS RUEDAS MÁGICAS

Alberto Ajaka dirigió y escribió Michigan, Otelo, campeón mundial de la derrota, Canción de amor, B –codirigido e interpretado con la bailarina Luciana Acuña–, Cada una de las cosas iguales, ¡Llegó la música! y El director, la obra, los actores y el amor. Como actor trabajó en De mal en peor, escrita y dirigida por Ricardo Bartís, Ala de criados, de Mauricio Kartún, La edad de oro, de Agustín Mendilaharzu y Walter Jakob, y Macbeth, de Shakespeare, en versión de Javier Daulte. Dirigió desde el 2008 hasta este año la sala Escalada, un espacio de investigación teatral en el barrio de Villa Crespo, donde tuvieron lugar las prácticas teatrales y musicales más interesantes y vitales de los últimos años.

 Por Alberto Ajaka

No hay película que haya visto dos veces, no completa al menos. Hay sí una película que vi más de veinte veces. Cars, la uno o Cars a secas. Y cada una de las veces que la vi fue en compañía de mi hijo Pedro. La primera él tenía algo así como un año y medio y había llegado el momento de aprovechar lo que la industria del entretenimiento nos ofrece a los papás cada vez que necesitamos tomar un poco de tiempo para nosotros. Desde aquella primera vista conjunta se armó un rito entre Pedro y yo: echados en la cama grande, yo de mi lado, él a mi izquierda, abrazados, mirando el televisor, su cabeza haciendo presión sobre mi cachete, su rostro en mi pecho. Padre e hijo. ¡Cómo le gustan los autos a Pedro! No sé por qué, porque lo cierto es que no hay estímulo familiar que lo promueva, pero así es nomás. En Cars todos son autos, no hay personas, pero la vida de esos autos remite a la de los seres humanos: hay bares para autos, médicos para autos (mecánicos), conductores de televisión que son autos. Hay autos mujeres y autos varones. Todos tipos de vehículos son algún tipo de persona, salvo los tractores, ellos son como vacas. El protagonista de Cars es el Rayo McQueen, un auto de carrera joven, rápido y canchero que se ve demorado en un pueblito casi caído del mapa, Radiador Springs. McQueen debe volver a California donde la última carrera del año lo espera para coronarse campeón. Sin embargo, los desmanes que comete en Radiador Springs obligan a sus escasos habitantes a darle un escarmiento al joven veloz: tiene que rehacer el asfalto que él mismo destruyó. Y hasta tanto no lo hago no se puede ir. El tiempo, para el Rayo, urge, tiene que llegar a la carrera final. Encontrar la ruta adecuada y viajar es el asunto de la película. El asunto es sencillo, pero el auto debe sufrir para lograrlo. Porque aunque no hay malos que entorpezcan el camino (hay sí un villano, pero está en la pista, no en la ruta), McQueen debe pagar su arrogancia. En esas largas jornadas de trabajo conocerá a los pocos habitantes del pueblo: un oxidado remolque con la candidez de un niño, una cupé Porsche que está tan buena y es tan noble que es el sueño de todo auto heterosexual, y un viejo corredor estrella que vive retirado y anónimo de su pasado glorioso. Ellos, y otros pocos más, tienen cosas para enseñarle a McQueen. De la vida misma, de su profesión y del amor. A su pesar y con su esfuerzo, Rayo aprende. Y quiere. En tanto, algo entiende de la apacible vida en ese pueblito que detesta, un sentimiento aparece. McQueen ahora es de un lugar. Sabe que en Radiador Springs siempre lo estarán esperando. De todas las veces que vimos Cars, en más de una Pedro se quedó dormido antes del final. Al principio apagaba el televisor y lo llevaba a dormir a su cama, pero en algún momento decidí seguir viéndola hasta el final, aun con Pedro dormido. Un poco por fiaca a levantarme de la cama, mucho por no abandonar el abrazo que mi hijo seguía ofreciéndome en sus sueños, y también porque sí, porque la pasaba bien. Cars es tan buena como cualquier otra película buena. No soy un pendejo, sé que se trata de un dibujito animado como sé también que Otelo no existe y que un kilo de figacitas de manteca no puede costar más que un kilo de bife angosto. Cars es mi película de estos años. Conozco de lo que hablo, es mi vida. Hubiéramos seguido viendo otras veinte veces más Cars, pero un día el televisor murió. Pedro se pasó al YouTube de Pocoyo y Calliou, a pesar de éstos el Rayo McQueen siguió y sigue siendo su ídolo. Como este año está el Mundial voy a comprar un televisor. Tal vez podamos retomar nuestra costumbre de ver Cars juntos. Ojalá. O la nueva de Pixar con la estética de Cars, Aviones (Planes). Esa puede ser, sí, que aunque todavía no la vimos mi hijo ya le tiene en mente; su abuela, mi mamá, le regaló una mochila “requetefantástica” para que arranque el jardín en sala de tres este marzo que viene. Los años van a ir pasando (ya pasaron) y, si la vida quiere, seguiremos juntos hijo querido. Por favor, venga lo que venga, Rayo McQueen de mi corazón, contá siempre con tu viejo Radiador Springs. Allí podrás descansar y cargar energía para continuar tu viaje. Eso hicieron mis padres, tus abuelos, por mí. No puedo hacer menos.

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