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Domingo, 13 de abril de 2014

VOCES QUE ILUMINAN

 Por Cristina Feijóo

La primera obra de hijos de que tengo memoria fue la película Los rubios, de Albertina Carri. Años después vi la película M, de Nicolás Prividera, y más recientemente Infancia clandestina, de Benjamín Avila. También presencié la obra de teatro Mi vida después, de Lola Arias. El primer libro que leí sobre la temática, escrito por una hija de militantes, fue La casa de los conejos, de Laura Alcoba, y, más recientemente, ¿Quién te creés que sos?, de Angela Urondo Raboy. Esta lista no agota, ni mucho menos, lo que los hijos de de-

saparecidos, militantes y exiliados, y en algún caso hermanos han expresado en diversas artes en estos años. Voy a detenerme en el tema de las novelas: las que acabo de citar están basadas, con “interferencias creativas” de distinto grado y orden, en el relato testimonial, un género que valoro y frecuento.

Durante décadas esperé la aparición de novelas escritas por hijos de luchadores de los setenta. ¿Por qué novelas? Porque permiten un mayor despliegue de la subjetividad. Me dije que entre los hijos debía haber buenos escritores. Y, por supuesto, los hay. ¿Por qué esperaba esa aparición? Primero, porque los hijos tienen otra versión de los hechos y, luego, porque estamos lejos aún de agotar la complejidad humana que esconden los años de plomo: las marcas que se prolongan hasta hoy y se reproducen, de un modo u otro, en nuestra sociedad. Entretanto, me di con otros ángulos de esa narrativa. La novela La mujer en cuestión, de María Teresa Andruetto, revela una arista poco frecuentada de la literatura del período: el exilio interno. El clima de la novela sumerge al lector en un clima de miedo y sospecha imprecisos. La mujer es despreciada, excluida, pero de “lo que pasó no se habla”. Ella es castigada por el aislamiento y el silencio. Lo que dicen los otros puertas adentro son chismes, versiones contradictorias que trituran la pregunta que se hace el lector: ¿qué es lo que la mujer en cuestión ha hecho? ¿De qué es culpable? La respuesta, horrible, salta a la vista: es culpable de ser sospechosa. Leopoldo Brizuela, en su última novela, Una misma noche, nos muestra el témpano enorme y subterráneo de la voz de una sociedad dominada por el terror. El narrador, que apenas sale de su casa, ve movimientos sospechosos constantes y balbucea retazos de duda sobre lo que ha ocurrido en su familia y que involucraría al padre y a unos vecinos; la madre lo sabe/ no lo sabe y él no sabe/ no quiere saber. La desconfianza, el miedo, la ira y la frustración recorren una novela cuyo sistema neural no son hechos sino imaginerías de lo que se teme.

Con estas novelas se ha ampliado íntimamente el universo del terrorismo de Estado en cada zona del cuerpo social. En cuanto a “mis novelas esperadas”, las de los hijos, mi espera se fundó en la convicción de que la ficción los liberara de remitirse “a los hechos”. Al librarse de los hechos, tienen, como cualquier escritor de ficción, la libertad de traicionarlos para hacerles justicia. Pueden usar los hechos como versión original de un palimpsesto sobre el que trabajen libremente, sin el corset de la verdad. Y así fue.

A diferencia de los escritores de testimonios, estos narradores ficcionales se apoyan en su subjetividad para crear desde allí el relato, para darlo vuelta, torcerlo, escribir sobre lo que quiere trasmitir: una verdad que no está en los hechos sino en sus consecuencias. Las marcas de un genocidio no son masticadas, deglutidas y superadas en un par de generaciones, sino que se van dando a conocer a través de las cicatrices del cuerpo social, que reconocemos como herederas del horror. La literatura rehabilita así el papel de ser vocero de una época. La voz narrativa de estos escritores nace de sus tripas, desde el magma de sus dolores, de su rabia, sus gastados perdones, sus reproches invencibles, su manera de lidiar con una privacidad que se nos hace pública. Cuando una voz narrativa es poderosa se apodera del lector: su verdad le quita el aliento pero le da su propia respiración a cambio. Leí últimamente dos de estas novelas escritas por hijos. La primera fue Pequeños combatientes, de Raquel Robles. Es una voz subyugante la de esa niña que, secuestrados sus padres, se asume como una militante, responsable, en los dos sentidos de la palabra, de su hermanito, y del deber de mantenerse –y mantenerlo– “en forma” para cuando los necesiten los compañeros, o para cuando regresen sus padres. El registro de esa voz es una mezcla del lenguaje militante con que hablaban sus padres, insertado en una lógica infantil plagada de adjetivos categóricos. La niña tiene el imperativo de mostrar fortaleza y estar preparada pero, contra su voluntad, esa determinación se quiebra, de tanto en tanto, y el dolor explota. Desgarradora y desgarrada niña adulta. El segundo libro al que quiero referirme es Soy un bravo piloto de la nueva China, de Ernesto Semán, que desarrolla tramos de la vida de una familia, que el lector es inducido a pensar es la familia Semán. Todo sucede mucho después del secuestro del padre, Elías Semán, mítico militante, fundador de Vanguardia Comunista. La voz narrativa, uno de los hijos, intercala el desarrollo de los actuales sucesos familiares con relatos atemporales y claramente imaginarios del padre en cautiverio, su relación con sus captores, la relación de los captores entre sí, y en este tramo del relato, claramente diferenciado del tono más templado y distante de la trama familiar, es donde se liberan los sentimientos del narrador respecto del padre: su rabia, su enojo, su desprecio por lo patético y absurdo que era, lo poco sensato y egocéntrico, y a la vez valiente, admirable y descomunalmente fuerte.

Dos novelas con miradas bien distintas pero igualmente marcadas por la subjetividad y el pensamiento que nace de las emociones contradictorias –admitidas o negadas– que nos ayudan a tejer un nexo que va de generación en generación y se compone de lo visceralmente vivido, incluyendo aquello que trasciende el testimonio porque está más allá de la razón.

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