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Domingo, 11 de mayo de 2014

AL FINAL DEL ARCO IRIS

ARTE Piezas de plástico multicolores, restos de collares y pulseras, bijouterie abandonada. Con estos elementos olvidados, Diana Aisenberg construye su Paraíso, resultado de un trabajo comunitario, una construcción en la que a través del enhebrado de mostacillas se arma una paleta-cortina de colores desenfrenados y alegres, como un cuadro en movimiento.

 Por Eugenia Viña

Capa, cascada; cueva, templo. Ella lo nombra de otra forma. Dice hogar, cortina; hebillas, fuego.

En la arquitectura del cielo de Diana Aisenberg, el paraíso está en la misma tierra y tiene forma de tesoro: cientos de tiras de mostacillas que se transforman en cascadas de colores, serpientes eróticas construidas con minúsculas piezas de plástico multicolores en las que encarna la alegría. Restos de restos, restos de collares, restos de pulseras, restos de relaciones, restos de adornos habitan el mundo con un nuevo sentido, evocando presencias, ojos y manos enhebrando bajo la hipnosis mágica del brillo, desafío lujurioso a la ley de gravedad.

Paraíso es resultado de un trabajo afectivo y comunitario. Es una construcción en la que participaron amigos tejedores y penélopes reencarnadas, manos y ojos que prestaban su tiempo y energía en el taller de la artista en el barrio de Almagro, enhebrando mostacillas en invisibles tanzas metálicas, movedizas e imperceptibles como la columna vertebral de los peces. Dice Diana Aisenberg: “Hay momentos de armar, días de enhebrado, en los que hay consigna –soy docente, no lo puedo evitar–. Elegí un patrón, pervertilo y cambialo. Si se parece a un collar, cambialo. Es un embole. Está también el factor cantidad. En el montón, todo se hace bello. La cantidad cambia todo”.

Antes de la construcción a través del enhebrado, dos pasos son necesarios para completar el circuito. Primero, la generosidad. Amigos y desconocidos regalaron todo tipo de bijou en desuso, tal como cuenta la artista: “Lo anónimo, mi tía, tu hermana, su novio, personas que me dicen hurté esto del cotillón para vos, o que vienen con paquetitos diciendo rompí la pulsera. Hasta llegan mostacillas y collares viejos en cajas desde Alemania. Sale a la luz la generosidad de las personas. La actitud de entrega. Quedan atentos a lo que se tira, a lo que se rompe. Es un viaje. Aparece la fantasía de colores. Algo que fue tristeza se transforma en alegría”.

Una vez recibido el resto –que deviene en regalo precioso– llega el tiempo del desarmado de cada uno de los collares y pulseras recibidos, la separación de las mostacillas de acuerdo con el tamaño y el color, armando una paleta-bijou: “Piedras, perlitas, estrellas, se arman paletas de una belleza increíble”.

En el universo Aisenberg la verdad tiene forma de obra de arte y la belleza tiene tanto peso como las palabras. El entramado de hilos, líneas, plásticos, colores o palabras, se transforma en un soporte que deviene en una práctica. Y esto no es casual. En las obras de la artista hay un mecanismo de construcción, un modo de trabajo que se repite, constituyendo un modelo de funcionamiento.

Diana sabe desde niña que las grandes obras necesitan miles de piezas pequeñas y que las herramientas son tan necesarias como los materiales. “Soy hija de ferretero –cuenta–, crecí mirando cómo se manipulaba la materia prima que se usa para construir obras, que antes de ser obra son ideas, direcciones, sentidos. En mi obra hay un proceso de construcción: se transforma algo en materia prima-palabras, bijou, lo que sea. Paraíso es un modelo de funcionamiento. Antes pedía palabra. Ahora tengo acumulación de mostacillas, antes era acumulación de respuestas. De la torta de palabras hacía el trabajo de edición. Y luego eso cobraba distinto formatos –libros, exposiciones–. Todo nace de un pensamiento pictórico. Todo es un cuadro. Hay momentos en que no sé si estoy pintando, escribiendo o enhebrando. En esencia son lo mismo.”

Si primero fue el verbo con las Historias de arte: Diccionario de certezas e intuiciones, con su búsqueda en el universo de las palabras y sus significados, ahora le llegó el turno al cuerpo y las emociones. La artista describe: “Antes pedía palabras. Ahora pido bijou. Se une con el cuerpo –dice tocándose el pecho–, se me antoja como algo más cerca de lo corporal. Cerca del corazón. Sudado. Básico. Es el arte como objeto, pero al mismo tiempo la carga simbólica, más allá de la materia. Estas miles de tiras de mostacillas enhebradas, no se entiende por qué, causan alegría. Pero sucede. Dan ganas de tocar. Todos quieren tocar. Genera algo físico, emocional. Pasa algo con el movimiento, con la masa, con la cantidad. Deja de ser bijou, la materia se transfigura y se genera un mundo distinto al de cada pieza. Dan ganas de vestirse con esta cascada de tiras, tirárselo encima –dice mientras lo hace y empieza a caminar con semblante de reina en su taller–. Dan ganas de hacer formas. Sucede algo con el movimiento, con la transformación de vibra. A Batato Barea le encantaría”.

El dualismo en el que descansa su obra es una estructura dialéctica con final feliz, ya que entre la presencia y la ausencia, lo nuevo y lo viejo, lo usado y lo comprado, lo ajeno y lo íntimo, Aisenberg libera una tercera dimensión, que las incluye y las subleva. Al final del arco iris no hay oro ni diamantes, hay una idea: el tesoro es un rompecabezas de escenas amadas y el paraíso no se encuentra, se construye. Con ayuda, entre varios y bajo el efecto dionisíaco del entusiasmo. Tal como afirma el hexagrama dieciséis del I Ching, mencionado una y otra vez por la artista: “Es favorable enrolar auxiliares y poner en marcha los ejércitos. Los amigos se agrupan rodeándote, como una presilla para el pelo. No dudes. La fuente de origen del Entusiasmo alcanza grandes cosas”.

Paraíso se puede visitar en Espacio Diagonal, Conde 2174. El 12 de mayo se muda a ArteBa/ galería Daniel Abate, Pasaje Bollini 2170. Llevar bijou para colaborar con la obra.

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