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Domingo, 11 de mayo de 2014

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FOTOGRAFIA Los retratos fotográficos de Rafael Calviño que se exponen por estos días en la Biblioteca Nacional exhiben rostros de escritores. Diferentes, apenas ligados por un quehacer que al mismo tiempo aspira a la singularidad, buscan seguir un oculto rastro entre lo íntimo y lo público. Calviño, fotoperiodista, reivindica además el trabajo institucional de quienes hacen retratos en plazas, aduanas, y –por qué no– bibliotecas públicas.

 Por Angel Berlanga

“Como no puedo sacar fotos, vamos a hablar un poco”, decía hace unos días Rafael Calviño, en su brevísimo discurso inaugural de la muestra Escritores argentinos, una serie de sesenta y tres retratos tomados por él a autores de libros de muy diversos géneros, ideologías, estéticas, un arco que incluye, si uno se entretiene en clasificaciones, a poetas, narradores, filósofos, historiadores, periodistas, dramaturgos, ensayistas, críticos. Tal amplitud sintoniza con el criterio inclusivo que debe tener una Biblioteca Nacional, que con el impulso a este trabajo empieza a subsanar una carencia, porque resulta que en la fototeca institucional casi no había retratos de escritores contemporáneos. “Una de las premisas básicas fue procurar que las fotos fuesen en los ambientes de los retratados: la casa, el estudio, el trabajo, algo que le fuese propio de alguna manera en su escritura”, dice Calviño en su casa de Palermo. Cada foto lleva, al pie, la fecha en que fue tomada; la de Juan José Manauta, la más antigua, es del 20 de abril de 2011. Su cara está envuelta en el humo de un cigarrillo que fuma, la brasa es lo más cercano a la lente. Cada panel, en la muestra, carga cuatro retratos; Manauta comparte el que le toca con las poetas Juana Bignozzi y Diana Bellessi, y con la ensayista Beatriz Sarlo. Todas las fotografías tienen el mismo tamaño. La última de esta serie es del 14 de enero de este año: Pablo Ramos en su casa de Paternal, apoyado contra el marco de la puerta de la cocina. Tiene faena por delante, Calviño: el plan es retratar a muchos más. “Un poco lo pienso como un álbum de estampillas, o de figuritas –dice–. Así que cuando lo complete iré a buscar la número cinco que normalmente se da.”

“Acá hay una mezcla que tiene que ver con mis habilidades y mis limitaciones”, dice Calviño, que está entre los mejores fotoperiodistas contemporáneos argentinos, que trabajó en los principales diarios de acá, que es protagonista en la Asociación de Reporteros Gráficos desde hace más de treinta años. “Yo podría haberlo conceptualizado más, o buscar alguna continuidad de algún tipo, que ahora es muy común, todos con fondo blanco, o desenfocados, no sé, por decir algo –explica–. Lo último que hice fue un trabajo muy personal, foto directa, en blanco y negro, documental, que duró tres años y se llama La calle (n. de r.: puede verse en YouTube: es una extraordinaria mirada sobre el descalabro de 2001 en Buenos Aires, un contraste elocuente para desmemoriados). En un momento llegué a pensar en hacerlo así, dos objetos crepusculares, un libro en formato tradicional, foto de película, blanco y negro. Y terminé diciendo no, es un manierismo que no sé si voy a poder sostener. Ahí decidí que fuese digital, en color, con planteos básicos de ambientación.” En sus visitas hizo, además, un video que registra parte de la sesión, un par de minutos de lectura a elección del escritor y algunos diálogos informales: la idea es avanzar en la edición y subirlos al portal digital de la Biblioteca.

TUNUNA MERCADO

Calviño no era, al comenzar este encargo de la Biblioteca, un “especialista en retratar escritores” como pueden serlo, por ejemplo, Alejandra López o Daniel Mordzinski. Había tenido algunas experiencias, claro (fue editor fotográfico del suplemento cultural ADN de La Nación), pero ése fue un rubro dentro de tantos. Después de una primera selección de las imágenes, trabajó en la edición final con Gabriel Díaz, que apuntaló todo el proceso. “La idea era hacer un minirreportaje, con las armas habituales del trabajo periodístico, con un retrato formal, posado, eligiendo rápidamente la situación –cuenta Calviño–. Con Osvaldo Bayer, que justo estaba haciendo la contratapa de Página, estuve como una hora y pico, y además él es encantador, una persona exquisita. En algunos casos apenas fue media hora, en la que casi no cruzamos palabra, y está la lectura, solamente. La gran mayoría son fotos posadas. Al comienzo pensé como modelo cercano, porque era fotoperiodista, en Cartier-Bresson. Que iba a la casa, se quedaba mucho con el personaje, esas locuras de él, y entonces en algún momento venía la iluminación. También hay algo de verso en todo eso, porque después se descubrió que sacaba millones de fotos, millones (se ríe).”

De pronto se acuerda del encuentro con Alberto Laiseca: “Tenía unos papeles escritos a mano, sobre el escritorio, entonces le pregunté si podía hacerle una foto con eso –cuenta–. Buscó un poco, dice bueno... Me pongo con la luz, había una lamparita nada más, y le saco: quedó una foto bárbara, el clima, el papel, todo. Y en el papel... se leía que era como una lista de cosas para hacer, con el teléfono de un amigo, las compras”.

Apuntaba el director de la Biblioteca, Horacio González, en la inauguración: “La indeclinable atracción que ejercen estas fotos de Rafael Calviño es que son imágenes cuidadas y precisas que toman como motivo una galería de rostros y de cuerpos que se proponen como una tarea infinita: fotografiar escritores argentinos, una familia disgregada en inacabables estilos divergentes, pero que el milagro fotográfico parece asemejarlos, como si un antiguo fotógrafo aduanero fuera fotografiando inmigrantes o turistas”. Calviño recoge esa alusión, se detiene en ella: “La verdad que para mí ése sería un gran halago, porque soy un creyente de la fotografía institucional”, dijo en la presentación. Retoma, ahora: “Me parece un oficio muy loable –dice–. En esos géneros institucionalizados, con el fotógrafo de plaza o de aduana, aparecen cosas muy interesantes. Un excelente retrato, para mí, es el de Sarmiento muerto. Que es una foto institucional. Lo mío es un oficio, de haber tenido que enfrentar y sacar fotos a cualquiera que te manden, al que a veces conocés y a veces no: una situación un poco brutal. Pero en el momento del click hay algo, ¿no? Se unen líneas de conocimientos, de historia, de cosas que se dan ahí. Y esto se da hasta compositivamente. En ese punto la fotografía sigue conservando un poder extraordinario”.

HEBE UHART

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