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Domingo, 6 de marzo de 2005

La puntería bolchevique

Toda la verdad sobre el cañoneo contra el teatro de Odessa.

POR E.M-B.

Una de las escenas más recordadas de la película de Eisenstein es aquella en la que los cañones disparan contra el teatro de Odessa, todo un símbolo de la burguesía opresora. Los cañonazos dan en el blanco y un león cae de su pedestal anticipando el derrumbe del imperio. En una conversación con el periodista Esteban Peicovich, Borges imagina: “Tenemos el barco de guerra, el acorazado disparando sus cañones a la ciudad de Odessa. Ahora bien, como sentimos simpatía por los marinos, el único daño que hacen sus cañones es tirar un león de piedra de su pedestal. Eso podría pasar en una película fantástica, pero en una película realista me imagino que si un acorazado dispara a cien metros de nosotros mataría a alguien. Pero, claro, no puede matar a nadie porque estropearía las simpatías de los espectadores. Unicamente por eso mata a un león de piedra. No me parece que los rusos sepan hacer realismo”.

La decisión de bombardear el teatro no fue sencilla ni abrupta. En principio hubo oposición por parte de la mayoría de los amotinados, que entendía que sería un baño de sangre innecesario. Entretanto, y aprovechando una tregua pactada con el general Kokhanov, que estaba a cargo de las fuerzas militares en Odessa, una partida integrada entre otros por el padre Parmen daba sepultura a Vakulinchuk en el cementerio militar. De regreso al Potemkin, el grupo sufre un ataque sorpresa y tres marineros mueren en el intento. La noticia vuelca las voluntades en favor del bombardeo. Matushenko, complacido, ordena la puesta en marcha de los motores y el avance del Potemkin hasta un cuarto de milla de la costanera,una maniobra que carece del menor sentido, ya que el buque contaba con cañones de doce pulgadas y un alcance de precisión de doce millas.

Pero la confusión fue más allá. Ante la duda, Matushenko ordenó cargar los cañones de doce, los de seis y los de tres por si acaso; para colmo de males, los que podían operar eficientemente la capacidad de fuego del Potemkin habían sido arrojados fuera de borda con unos cuantos agujeros en el uniforme. Los amotinados, en su mayoría campesinos analfabetos, nada sabían de maniobras complejas como la que estaban a punto de encarar. Era como sacudir de un cañonazo el Teatro Colón desde un acorazado anclado en medio del Río de la Plata con una tripulación de conscriptos mal entrenados. Como era de esperar, el tiro fue a dar en Corrientes y Esmeralda.

La tarea, planeada y orquestada por Constantine Feldmann –delegado ante el Comité Revolucionario del Partido Social Demócrata en Odessa–, era imposible desde el vamos. Feldmann descontaba que en el teatro estaría reunida la oficialidad zarista en pleno, incluido el mismísimo general Kokhanov. Muerto Kokhanov, pensaba el delegado, las tropas se sumarían a la causa, y con Odessa a los pies de los insurrectos ya nada detendría la revolución.

Llegado el momento de disparar, el Comité recurrió al suboficial Bedermeyer, uno de los pocos marinos de carrera que, al igual que el teniente Alexeev, se había sumado a la causa a último momento. Junto a Bedermeyer, para asegurarse de que no hubiera errores, estaban en el puente Matushenko, Dymtchenko, Mikishhin, Feldmann, Kirill y el teniente Kovalenko. Bedermeyer buscaba con dificultad el objetivo en la mira. El teatro, elevado respecto del nivel del mar y a más de una milla de distancia, estaba rodeado de otros edificios ocupados por hombres, mujeres y niños que no tenían la menor idea de que estaban a punto de ser desintegrados. Dispararon primero tres salvas de aviso, pero la señal, destinada a la población civil, alertó en cambio a los oficiales que iban a reunirse en el teatro. Los militares se dispersaron antes del primer cañonazo; los civiles no.

El estruendo de la primera carga sacudió la banda de estribor con todo el peso de sus seis libras. Hubo vivas y hurras entre los amotinados. Luego el impacto, la columna de humo y el alerta desde el punto de observación: “¡Largooooooo!”. Matushenko, desconcertado, tarda unos segundos en reaccionar, y lo hace de mala manera. Bedermeyer se pone más nervioso de lo que estaba y se excusa argumentando que sin un plano a escala de la ciudad es imposible dar en el blanco. Matushenko no parece entender razones y ordena el segundo disparo. Bedermeyer calcula, ajusta la mira y vuelve a dar la orden. El estallido sacude de nuevo la banda de estribor, y una vez más se oye el alerta desde el punto de observación: “¡Largoooooooo!”.

La tarde del 29 de junio de 1905, dos tiros de cañón fueron disparados desde el acorazado Potemkin y ninguno –mal que le pese a Eisenstein– dio en el blanco. Para consuelo de Borges, tampoco arrancaron ningún león de su pedestal. Impactaron un poco más allá del objetivo, sobre viviendas y locales, en pleno centro de la ciudad, donde no había generales del zar sino civiles tratando de evacuar la zona.

Pero quizá Bedermeyer no haya sido tan torpe como parece. Después de todo, en lugar de una sentencia de muerte o un puesto en un campo de trabajos forzados en Siberia, como la mayoría de los amotinados, lo que recibió fue una bonificación y un ascenso de grado.

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