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Domingo, 13 de mayo de 2007

Borges, una región fuera de alcance

 Por Rodolfo Rabanal

Leonor Acevedo de Borges, ya anciana, comenta una tarde a Bioy su desconcierto histórico ante la singularidad de su propio hijo: “Me siento como una gallina que tuvo un pato...”. El gracioso ingenio –bruto y certeramente criollo, en este caso– es uno de tantos que añaden diversión, y hasta hilaridad, al valor de este libro abundante, legado póstumo de Bioy Casares a la memoria de una amistad privilegiada.

Leí el libro en el mes de enero durante lo que podríamos llamar una sentada de treinta días, porque este diario de Bioy al servicio de Borges prometía deslumbramientos secretos, observaciones inesperadas, confesiones hasta entonces inéditas y tal vez –cómo no– una revisión casi cruel de la literatura argentina de la mayor parte del siglo XX. Lejos de la decepción con que, en algún grado, toda expectativa nos traiciona, el diario colmó mis anhelos de lector y sus colosales mil seiscientas páginas, que al principio me habían desanimado, presentaron para mí el atractivo de una novela de suspenso, arrasada por momentos de melancolía, pródiga en revelaciones diversas (la fauna literaria de la época ofrece un plato muy especial) y viva en la pintura de situaciones y retratos de personas del entorno de Borges y Bioy.

Después de la última página, dos cosas por lo menos parecen ahora evidentes. La primera es que Bioy tuvo el mérito de descubrir, quizás antes que nadie y a una edad temprana, que el talento de Borges no mostraba fisuras. Más aún, que era único en su medio. La segunda es que este descubrimiento fomenta de su parte una amistad próxima a la devoción. El amigo, quince años mayor, es también un maestro que desliza la posibilidad de que él se sienta un discípulo. En términos paradigmáticos y utilizando acaso una figura desmedida, Bioy es un Platón, un Jenofonte, un Alcibíades, y Borges, naturalmente, un Sócrates nacido para el elogio y el retrato.

Durante cuatro décadas y algo más, Bioy toma nota de cuanto dicen él y Borges en las frecuentes comidas semanales en casa del primero. Sólo un apego muy grande y el convencimiento inalterable del genio del interlocutor harían posible, explicable, esta vasta, cuidadosa y casi taquigráfica transcripción de esas charlas. Me pregunto cómo haría para llevarla a cabo. ¿Tomaba notas mientras hablaban, inmediatamente después, al día siguiente? La diosa Memoria debió inspirar a Bioy como lo hizo con Eckermann en sus entrevistas con Goethe, o con los discípulos de Wittgenstein en Cambridge. Hay, hacia el año 1960, una sospecha de Borges –una presunta sospecha, acaso una astucia– sobre el diario secreto de Bioy, cuando desliza una referencia especular sobre La vida de Johnson escrita por su amigo Boswell mientras Johnson ignoraba que lo estuviese haciendo. “¿Sabría Johnson –se pregunta Borges, mientras lo registra Bioy– que Boswell estaba escribiendo la Vida?” Y en esa misma entrada, después de la cita de Borges, Bioy se pregunta a su vez si Borges sabrá que él, Bioy, está escribiendo este diario, esta otra Vida, si tendría curiosidad de leerlo, si sería capaz de hacerlo. He ahí el espejo en que ambos se proyectan sin que medie confesión alguna.

A medida que corren las páginas y los años, llaman la atención las molestias que se toma Borges en demoler a sus colegas con opiniones reprobatorias. Critica en las comidas con Bioy libros, pasajes de libros, poemas publicados los domingo en La Nación, actitudes, partidismos políticos, discursos, gustos. Incluso Bioy parece obligado a moderar sus propias preferencias si éstas no coinciden con las de Borges. Uno intuye que lo protege y se protege a sí mismo en beneficio de una concordia que ya no puede faltarle a su vida. Es confusa y ofuscada la relación de Borges con Arturo Capdevila, con Mastronardi, Bianco, Wilkock; no lo es con Victoria Ocampo, a quien directamente detesta; tampoco respeta a Roberto Arlt, que le parece “un ignorante que habla como un extranjero y no sabe nada, ni escribir”, aunque admite que El juguete rabioso es superior a Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, por quien profesa un cariño familiar y recuerda como una excelente persona pero que, en fin, es un escritor pésimo. A Ernesto Sabato, por ejemplo, parece no perdonarle el mismo hecho de ser Sabato. Sencillamente, lo exaspera, tanto –aunque un poco más– como lo exaspera Francisco Bernárdez. No hay piedad para el Olimpo anhelante de las letras argentinas, un Borges exterminador desbarata las argumentaciones aparentemente más sutiles y las desnuda hasta el ridículo. El lunes 9 de noviembre de 1959, Adolfo Bioy Casares anota la siguiente entrada: “Come en casa Borges. A veces he observado que algunos de sus interlocutores, aceptando que él sabe más y que piensa mejor, aguardan un poco aterrados su veredicto –la aprobación o la condena– siempre imprevisible, porque está formándose en una región fuera de alcance”. En efecto, Borges, que con una estratégica prudencia jugó a dudar de sí mismo, jamás vaciló a la hora de aplastar una reputación literaria que le pareció falsa, endeble, impostada. Como no vaciló nunca a la hora de enredarse en amoríos infortunados. En ese terreno, la ironía cruel tiende un arco perfecto entre los dos amigos: uno habla de amor y de mujeres, el otro calla y es amado por las mujeres. En política, en cambio, van de la mano, si bien Bioy es menos vehemente y más indiferente que Borges. En este diario, donde el registro del diarista es certero y honesto, no abundan los eufemismos ni los cuidados retóricos. Borges odia a Perón como sus abuelos odiaron a Rosas; políticamente incorrecto, aparece regocijándose en aberraciones: le desagradan los negros –de manera rara, insistente–, detesta a los homosexuales, le parece feo el tono “italiano” en el habla de la clase media baja de Buenos Aires y cuando surge Frondizi en la política nacional teme que lleve al país al comunismo, mientras aguarda, desesperanzadamente, que caiga del cielo una dictadura ilustrada. Esas son, al fin, las sombras del genio que Bioy no oculta, seguramente porque a pesar de ellas el genio vive, como una sorpresa permanente, en los laberintos de su inteligencia impecable.

Si la obra de Borges no existiera, si todo lo que de él supiéramos se limitara a un número disperso de anécdotas y a unos pocos jirones desgarrados de citas y fragmentos acaso inexactos, este libro póstumo de Bioy Casares –un gigante de aproximadamente mil seiscientas páginas– nos comunicaría la necesidad fantástica, y absolutamente borgeana, de inventarla. Porque, en algún sentido, este diario de Bioy al servicio de Borges evoca la devoción platónica reconstruyendo a Sócrates, esa persona única que, en ambos casos, se transforma en el interlocutor privilegiado, en el maestro irremplazable y en el amigo infalible de toda una vida.

Y diría que hasta nos exhorta a recomponer la persona viva –vacilante, colérica, obcecada– de un Borges cotidiano al que exasperan la mediocridad y la ignorancia, el mal gusto y el error y que no se priva, cuando cuadra, de la malignidad y el chiste obsceno, del sarcasmo y el repudio de quienes se proclaman paradigmáticos y sabios.

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