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Domingo, 22 de junio de 2008

Grotesco napolitano: la revancha

 Por Jacobo Langsner

Para mí, Esperando la carroza tiene gustito a revancha. Todo empezó con una noticia en la sección de internacionales de uno de los diarios de la tarde, La Razón si mal no recuerdo. “Nápoles: dos hermanos se pelean por el honor de velar a su madre”. La historia me pareció tan graciosa y tan horrible al mismo tiempo que, cultor como soy del grotesco, me atrajo de inmediato. “Qué hipócritas –pensé–, seguro que nunca se habían ocupado de la madre y a último momento se desesperaron por salvar las apariencias.”

Escribirla me llevó sólo dos días. Cuando se la di a leer a un amigo, director de teatro, me aconsejó que la queme. Después del estreno, en Montevideo, salieron críticas espantosas, les parecía ofensiva mi mirada sobre la clase media uruguaya (aunque yo pensaba en términos más amplios: uruguayos, argentinos, brasileños o italianos). Así y todo, fue un éxito total. Siete años permaneció en cartel: Montevideo, Chile, Brasil, Argentina. Al día de hoy continúan pidiéndome los derechos, no debe quedar un rinconcito donde no se haya representado.

La película, desde luego, amplificó el fenómeno, sobre todo en Argentina. Como autor, no tengo más que agradecimiento por el trabajo de Doria, que fue muy bueno. Si bien modificó algunas cosas (en la obra no había referencias al universo político, yo he preferido siempre evitar cuestiones que puedan herir susceptibilidades), fue fiel al original. Nunca podré olvidar a una mujer, en Montevideo, que salió de la sala llorando; debe haberse reído a carcajadas, como todo el mundo, pero en determinado momento algo la sacudió. Doria supo reproducir ese espíritu: reírnos de nosotros mismos, con lo más cercano, donde más duele. Con la segunda parte, que ya está escrita y en manos de un productor, espero que se repita el logro.

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