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Domingo, 18 de enero de 2009

OBAMA - HOLLYWOOD

El Código Obama

 Por Rodrigo Fresán

PROFECIA “Nostradamus predijo que el último presidente norteamericano será negro. Después, el fin del mundo”, me dice un amigo mientras temblamos de frío esperando que cambie el semáforo. No recuerdo que haya sido así, pero puede ser. Nostradamus lo anticipó todo, incluyendo la ropa que voy a ponerme mañana y esto que estoy escribiendo hoy.

PREGUNTA “¿Por qué hay tantos presidentes negros de ficción?”, pregunta alguien y la respuesta en Wiki Answers es, sencillamente, “no sé”. Pero puede pensarse que la recurrencia en el asunto tenía que ver –hasta ahora– con su supuesta imposibilidad. No había nada más realmente improbable que un presidente negro en los Estados Unidos; así que eso era buen material para novelas y películas. De ahí también, supongo, la abundancia de vampiros en el cine y la literatura en tramas que suelen pasar por la súbita comprensión de que los vampiros existen.

CONTEO En 1933, el negro-judío-tuerto-rengo Sammy Davis entraba al Salón Oval en la comedia musical Rufus Jones for President nada más y nada menos que con siete años de edad. En 1964, en la novela The Man, Irving Wallace elegía al afroamericano Douglass con dos s Dilman (James Earl Jones actuó en la película) luego de que murieran el presidente y el vicepresidente y el Speaker of the House aplastados por la caída de un techo o algo así. Más cerca nuestro, un tal presidente Lindbergh (el gigante de ébano) Tommy “Tiny” Lister gobernaba la United Federation en El quinto elemento de Luc Besson (1997); Morgan Freeman no pudo hacer mucho contra los meteoritos de Impacto profundo (1998); Warren Beatty se “ennegreció” como el candidato Harper de Bullworth (1998); Chris Rock discurseó muy rápido en Head of State (2003) y Terry Crews fue el presidente Dwayne Camacho en los Estados Unidos casi autistas de Idiocracy (2006); David Palmer cumplió su mandato en la serie 24 (pero no se salvó de ser asesinado) y más tarde su hermano Wayne asumió en lo que ya era casi una tradición familiar (en la nueva temporada –¿error de cálculo o anticipo de lo que vendrá?– una mujer es presidente) y, en unos meses, Danny Glover asumirá en la fantasía maya–apocalíptica 2012 de Roland Emmerich. Y tal vez lo más interesante de todo: el año pasado Rick Schmidt publicó una absurda novela titulada Black President donde el jefe de Estado no es otro que un hijo bastardo producto de una travesura de JFK con un ama de casa de color.

PODER La duda, ahora, pasa por si la llegada de Obama al poder aumentará el delirio negro presidenciable o si –la realidad imponiéndose a la ficción– lo clausurará definitivamente y habrá que ponerse a buscar un futuro presidente chicano o hijo de vietnamitas o de rusos o de argentinos. Por el momento y paradójicamente, la corporización –visible y creíble– de un presidente negro ha resultado en la facilidad poco realista y un tanto histérica de adjudicarle, de antemano, cualidades casi divinas y superpoderes de estadista listo para salvar no sólo a los Estados Unidos sino también al mundo entero. Así –imposible no pensar en Denzel Washington para la inevitable biopic– la true story de Obama es lo más parecido a una de esas ficciones de historia alternativa que vaya uno a saber cómo acabará.

SECRETO Mientras tanto y hasta entonces, Obama desciende de su limusina ultraacorazada y entra a la Casa Blanca. Alguien le recuerda esa canción de Graham Parker donde se oye: “Nunca van a dejar a un negro ahí / ¿Por qué crees que se llama Casa Blanca?”. Y Obama sonríe esa sonrisa tan obamesca y se planta frente a ese reflexivo retrato de Kennedy y reflexiona. Mientras tanto su mujer, Michelle, da órdenes y planea redecoraciones y todas esas cosas, seguramente poseída por el fantasma de Jackie.

¿En qué piensa Obama? Tal vez en que la Casa Blanca fue construida entre 1792 y 1800 por esclavos negros y es aquí donde –acaso por última vez– la realidad se aferra, desesperada, a los escarpados bordes de la ficción y me temo que no puede ser sino con los modales de uno de esos delirios conspirativos paranoicos de novela de aeropuerto donde nunca aterrizará el Air Force One. De hecho, dicen, la muy postergada The Solomon Key –secuela washingtoniana de El código Da Vinci– trata de padres fundadores y de señales masónicas y de claves ocultas en la declaración de la independencia por Washington y sus amigos. Así que me complace imaginar a Obama dando vueltas por ahí dentro y descubriendo una habitación secreta donde aquellos esclavos escondieron conjuros africanos a la espera de ser liberados por la llegada del primer presidente negro y, ahora que lo pienso, la cosa se va pareciendo más a una de Preston & Child protagonizada por el brillante Aloysius Pendergast que a una de Brown protagonizada por el opaco Robert Langdon.

En realidad, da más o menos igual. Porque el verdadero protagonista es el muy non-fiction Barack Obama, hasta hace muy poco variable muy fiction.

Desde aquí –desde las primeras páginas de este best seller internacional– le deseo a Obama un lejano y aburrido final feliz y no un cercano e impactante final de esos que siempre dan en el blanco y después, enseguida, funden a negro.

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