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Domingo, 9 de agosto de 2009

Los escrúpulos del oficio

Por la mañana había salido una elegante formación de veinticuatro aviones, pero después de escudriñar todo el cielo, contamos tan sólo diecisiete. Los bombarderos hicieron tráfico alrededor de la torre de control, esperando que se les concediera permiso para aterrizar. Uno de ellos había perdido el tren de aterrizaje, y algunos de sus tripulantes estaban heridos. La torre le dio prioridad, ordenándole que intentara el aterrizaje forzoso. Preparé mi Contax y terminé casi un rollo completo antes de que el avión se detuviera por fin, intacto. Corrí al avión y ajusté mi segunda Contax. Se abrió la escotilla y los médicos desembarcaron lo que quedaba de un tipo. Aún se quejaba. El siguiente ya no. El último en bajar del avión fue el piloto. Parecía estar bien, salvo por un ligero rasguño en la frente. Me moví para conseguir un primer plano y él se detuvo a medio camino y gritó: “¿Son éstas las imágenes que estás buscando, fotógrafo?”. Guardé la cámara y regresé a Londres sin despedirme.

En el tren de vuelta, con aquellos rollos de película bien aprovechados en mi bolsa, sentí odio hacia mí mismo y hacia mi profesión. Ese tipo de fotografía era apta sólo para sepultureros, y yo no quería ser uno. Si tenía que participar en un funeral, juré que lo haría desde el cortejo.

Me sentí mejor a la mañana siguiente, tras discutir el asunto con la almohada. Mientras me afeitaba, mantuve una conversación conmigo mismo acerca de la imposibilidad de ser reportero y hacer gala al mismo tiempo de un espíritu compasivo.

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OMAHA BEACH, EN COLEVILLE-SUR-MER (COSTA NORMANDA), EL 6 DE JUNIO DE 1944 La primera oleada de tropas americanas desembarca al amanecer del Día D.
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