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Domingo, 29 de agosto de 2010

69

 Por Juan Ignacio Boido

Nadie se quiere morir, y nadie se quiere ver muerto: pero algún comentario –alguna guarrada– hubiese hecho Fogwill si se le hubiera dado la posibilidad de comentar que el número de su muerte es el 69. Así como alguna infidencia insinuaría alrededor del tema de Papel Prensa (después de todo, la trastienda de negociados durante los ‘70 era una de sus recurrencias), y más de un improperio –más de una guarrada– diría si pudiese leer todas estas despedidas y homenajes: las haría sentir a todas erradas, por excesivas o por insuficientes. En todo ello, daría otra muestra de eso que ahora se destaca –como antídoto por haberlo padecido– como su talento para la injuria. Porque eso es también lo que deja un escritor: un estilo, una leyenda, una red de suposiciones que van más allá de lo que dijo. Pero, sobre todo, lo que deja son libros. Y los libros de Fogwill, su literatura, no está hecha de injuria: está hecha de comprensión y desconcierto. Comprensión del complejo entramado que conforma lo que llamamos realidad. Desconcierto ante el absurdo daño que las sociedades se causan a sí mismas. Y entre ambos, como una membrana delgada que captura las vibraciones de la sociedad, el trazo cadencioso de las palabras: una literatura hecha de la música del sentido, de pequeños detalles en los que fijar la atención en medio del caos, de la locura que acecha bajo la máscara del yo, del sexo como el único modo de arrojarse de cabeza a la locura y salir con vida: con más vida.

Una vez, cuando le preguntaron si le tenía miedo a la locura, dijo que la había conocido de chico en el espejo frente al que pasaba horas haciendo muecas hasta no reconocerse. A veces pareciera que en sus cuentos vemos las muecas que nosotros no nos animamos a hacer, pero que nuestro reflejo igual nos recuerda.

Fogwill incorporó a la literatura eso que una generación, o dos, o ahora tres, reclamó para sí: una velocidad que venía de afuera, un oído para su época, un idioma para su tiempo.

Porque si sus libros son de un lirismo áspero es porque algo quieren rasgar: ese entramado complejo en el que nos movemos –sus personajes se mueven, sus lectores se mueven–, construido de discursos, palabras, intenciones escondidas del otro lado de las palabras. Por eso, siempre parecía venir de otro lado: en sus libros, como en sus entrevistas, Fogwill traficaba saberes, un legado borgeano algo raro en la literatura argentina de las últimas décadas, volcada sobre sí misma, solipsista, hundida en operaciones vanguardistas de ingenio ingenuo. Fogwill probablemente sea a Borges lo que Sid Vicious fue a Sinatra cuando hizo su versión de “My Way”: sabe de autos y cigarrillos, dijo Borges de él. Justo de cigarrillos, de publicidades de cigarrillos, esos carteles que cambian como marca del paso del tiempo y con que abre “Help a él”, homenaje, vuelta de pescuezo y anagrama de “El Aleph”. Fogwill trafica saberes pero sobre todo discursos: náutica, droga, viajes, confort, sexo. La suya es una literatura aireada –engañosamente aireada– por escenarios y locaciones de una vida mejor de la que habitualmente transita la literatura argentina. Así como creía que la realidad en que vivimos –el efecto de realidad– se forjaba en otro lado, en esferas de poder real y manipulación, esferas que permanentemente insinuaba conocer a través de las reuniones, los negocios y el dinero que las bambalinas de la publicidad ofrecía, eran esferas, sujetos, discursos y lugares que él reclamaba como un eco para sus ficciones. Sus cuentos siempre parecen estar a una llamada o a una mesa de distancia de un poder verdadero. Casi podría decirse que en vez de elegir la Carta a la Junta de Walsh, la literatura de Fogwill está escrita bajo el resplandor de neón del cartel de Coca Cola que brilla por la ventana de “Esa mujer”. En un país lacaniano como éste, quizá no sea casual que haya irrumpido ganando el Premio Coca Cola con Mis muertos punk a fines de los ‘70.

Como Jorge Asís, ese otro escritor de Quilmes que irrumpió con toda la incorrección de la que se podía cargar a la literatura tras la muerte de Walsh, ninguno de los dos renunció, a su manera, al enfrentamiento o a la política. Pero Fogwill pareció creer siempre que la verdadera batalla se libraba en el lenguaje. Los discursos políticos, la construcción mediática, el supuesto saber técnico de las ciencias sociales, el efecto social de los saberes técnicos, el deseo inducido de la publicidad, pero también la elección precisa de una palabra inapropiada (“una palabra bien puesta puede hacer dudar al hombre que te está por matar”, decía), la grieta de sentido que abren en la realidad las palabras mal usadas, la música hipnótica de una frase que empieza y termina diciendo lo mismo para dar vuelta, en su camino, enrevesado, fonético, musical, poético, el sentido de lo que dice.

“La literatura no cuenta historias, sino maneras de contar historias”, repitió más de una vez. Tal vez ahí radicara su verdadera obsesión: encontrar el modo de contar la Argentina. De contarla y explicarla. Escribir es pensar, decía en Vivir afuera. Y no era así, Fogwill sabía que no era exacta o solamente así: su problema no era pensar, sino saber, ser consciente, de que toda verdad necesita ser contada de determinada manera para ser entendida. Esa era la forma que buscaba una y otra vez.

Como el trabajo de alguien que sabe que va perdiendo pero de todos modos se entrega a su causa, la literatura de Fogwill se niega a ser compasiva. Consigo misma y con nosotros. Su literatura no sólo nos exige que seamos mejores: también nos exige que seamos más buenos.

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Imagen: Archivo personal de la familia Fogwill
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