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Domingo, 29 de agosto de 2010

El último pichiciego

 Por Carlos Gamerro

Nunca cruzamos una palabra en vida. Alguna vez lo vi de lejos, y no me acerqué a saludarlo. Otra le tocaba venir a un programa de lecturas que yo conducía, y un oportuno viaje a Iowa me quitó de su camino. Confieso que le tenía un poco de miedo. Aquel elogio hecho en privado, que me llegó como una confidencia, podía trocarse en sarcasmo o burla en una situación pública. Sobre todo porque los dos habíamos pisado el mismo terreno, pero que él había marcado (estaba por escribir “meado”, pero eso es lo que él hubiera escrito) antes: la guerra de Malvinas. Además, tenía una costumbre rara (extraña, aunque no inhabitual): le gustaba, más que pegarles a los padres, o a los pares (aunque también les pegaba), pegarle a los niños: y no sólo a los hijos, sino a los nietos: abuelo malo y padre terrible. En esto radicaba, en parte, su magnetismo: el niño que se acercaba a él, temblando de expectación, nunca sabía si iba a recibir un bofetón o una caricia (a veces los dos, pero entonces, en qué orden. Qué delicia).

Apenas pasó una semana de su muerte y ya han empezado los debates sobre la escritura de Los pichiciegos: si fueron cuatro o cinco gramos, si fueron tres o cuatro días. Confieso que la polémica no me quita el sueño. Cualquiera puede tomar mucha cocaína mientras escribe: para eso sólo necesita de una nariz y de un dealer. Lo de la velocidad importa un poco más, pero no, en este caso, como índice de habilidad o virtuosismo: Fogwill no solía jactarse de escribir rápido, y mucho menos de escribir sin corregir (eso se lo dejaba a Aira). A Los pichiciegos la escribió rápido porque tenía que terminarla antes de que terminara la guerra, y alguien con una inteligencia tan poco atada a nada sabía sin duda que ésta duraría lo que un suspiro.

Me corrijo: tenía que terminarla antes de que empezara la guerra. Me explico: la guerra de Malvinas fue, en principio, una guerra de ficción: ficción imaginada por la dictadura y escrita por la revista Gente. La guerra de Malvinas empezó a contarse como historia con el regreso y testimonio de los soldados, luego con investigaciones de periodistas e historiadores. El gesto fundamental de Fogwill en Los pichiciegos fue, entonces, el de la simultaneidad: desmintió el dictum de que deben pasar años o décadas para que un episodio histórico “se convierta” en literatura. Fogwill escribe durante los hechos; más bien, escribe antes de los hechos. Los hechos, luego, apenas vinieron a corroborar lo que él ya había escrito: que la guerra de Malvinas tuvo menos que ver con el heroísmo de los aviadores o con disparar contra los ingleses que con armar estructuras tribales de solidaridad y competencia (o sea, de supervivencia) para hurtar el cuerpo de los bombardeos, del hambre, del frío y, sobre todo, del ejército argentino.

No había leído Los pichiciegos cuando empecé a trabajar en mi novela Las Islas. La leí, en el transcurso de mi trabajo, con un propósito definido: ver qué había hecho Fogwill, para, nuevamente, apartarme de su camino. Me alivió, en gran medida, comprobar lo buena que era: yo podía dejarla de lado o, como terminé haciendo, recorrerla con cierta irresponsabilidad: toda esa zona de la guerra ya estaba ganada para la literatura.

Ahora que Fogwill está muerto, ya no puedo anticipar el encuentro que durante tanto tiempo demoré, porque lo juzgaba inevitable. Ahora ya no puede suceder. Tal vez me perdí de algo importante. Aunque no sé. El lugar donde los escritores se encuentran es en las páginas de sus libros. Cuando lo hacen en persona, suelen no hablar más que de trufas.

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Imagen: Daniel Mordzinski
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