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Domingo, 14 de noviembre de 2010

> UNA CHARLA CON JOHNNY KNOXVILLE

El cerebro detrás de los descerebrados

 Por Mariano Kairuz

¿Qué sentís que aportó el 3D?

—Creo que Jackass nació para el 3D. Te pone en el medio de una experiencia, todo lo que hacemos es real y esto lo lleva a otro nivel. Cuando uno está lidiando con cosas como las que trabajamos nosotros, como el juego de pelota con el panal de abejas, el 3D pone 50 mil abejas volando por la sala, pegándote en la cara.

En la película, un toro te levanta en el aire y te patea la cabeza. ¿Qué hacen para lidiar con el miedo ante las pruebas potencialmente mortales?

—¿Aparte de tirar un par de dados? Sé que hay algunas pruebas que podrían salir mal, mal de manera definitiva. Pienso en eso unos días antes de hacer la prueba. Pero al momento de hacerla, dejo de pensar. Tengo miedo, pero no de una manera muy negativa, porque eso aumenta las posibilidades de que pase algo terrible. Trato de llegar y simplemente decir “bueno, acá va”. Hay que ponerse en buena sintonía mental.

Pero incluso muchos toreros profesionales salen seriamente lastimados de su trabajo...

—Sí, pero me encantan los toros. Hace poco me enteré de que los toros tienden a apuntar a la zona entre los testículos y el ano, les gusta clavar sus cuernos justo ahí. Amo a esos animales. El toro va a tratar de matarte, así que tenés que tener las cámaras encendidas, porque siempre te van a dar buen material. Dan miedo, pero la verdad que no es tan duro: me gustan tanto que saco una dosis extra de adrenalina cuando trabajo con toros. Me enamoré de ellos haciendo Jackass.

Alguna vez contaste que tu padre hacía muchas bromas pesadas, algunas como las que hacen ustedes en el programa y en las películas.

—Mi padre fue mi mayor influencia en comedia, y en casi todo. Mi padre vendía neumáticos para autos y camiones, y siempre estaba haciéndoles bromas a sus empleados, cosas como darles milk shakes con laxantes. Una vez les jugamos una broma más elaborada, que ahora hicimos también en la película. Sabíamos que Big George, uno de los empleados, no sabía leer, aunque nunca nos los dijo. Así que mi padre vio un día la foto de un gorila en la primera plana del diario y se la mostró a Big George: “Mirá, se escapó este gorila del zoológico”. Big George se pasó el día haciendo comentarios sobre el gorila. Y al final del día mi padre le pidió que subiera unos neumáticos a una pila en la parte de atrás del taller. Ahí se había escondido otro de los muchachos, Boxcar —su nombre completo era Woodrow Wilson “Boxcar” Johnson Jr.—, disfrazado de gorila. Antes de que mi padre los alcanzara, Big George lo había cagado a golpes a Boxcar... Con él era siempre así. No podía aguantar cuando tenía un chiste para contarte. A veces venía a mi habitación cuando yo dormía, y me tiraba agua en la cara, y yo no había terminado de abrir los ojos que ya estaba él ahí sentado, listo para empezar a contarme cosas. En una ocasión en que yo estaba durmiendo en el sillón, agarró un hot dog y lo puso en el microondas, sólo unos segundos, para que tomara un poco de calor, y me lo pasó por la boca. Cuando me desperté, ahí estaba él con los pantalones bajos, como si hubiera estado poniendo su cosa en mi cara, y no podía parar de reírse.

Jackass empezó a partir de unas pruebas que hiciste para una revista.

¿Cómo fue tu experiencia periodística?

—Un tiempo antes de Jackass, yo escribía para una revista que se hacía con nada de dinero. Todo el tiempo me tiraban ideas para hacer notas sin dinero. Por ejemplo, me mandaban a Las Vegas, a ver cuánto duraba. Y otra vez mi jefe me dijo que fuera de Los Angeles a Dallas sin un centavo, a dedo. Son unas 24 horas manejando, a dedo mucho más. Y como en los primeros días nadie me levantaba, ni los camioneros, me volví a casa, llamé a mis editores desde un teléfono público —esto es en una época antes del identificador de llamadas— y les dije que estaba en Dallas, que la había estado pasando terrible, vomitando todo el tiempo. Hasta me metí en un baño y me saqué fotos vomitando y les dije que estaban tomadas en baños de estaciones de servicio. A mi editor le pareció graciosísimo, se rió mucho de mi desgracia. También le mandé mi cámara de fotos por correo a un amigo en Dallas, y escribí la nota como si hubiera estado ahí. Unos 5, 6 años después, cuando ya hacíamos Jackass, me encontré con mi editor en una fiesta, con su novia modelo, riéndose como un cerdo a expensas mías, contándole de aquella vez que me mandó sin nada de plata a Dallas y que yo estaba tan enfermo. Y yo tuve mi venganza: “¿Sabías qué? ¡Esa nota fue toda inventada!”.

¿Hubo alguna idea que decidieron no hacer porque les pareció demasiado salvaje?

—Somos nueve tipos: alguien siempre lo va hacer. No soy el tipo que dice que no; soy el que dice: “¡Sí, hagámoslo!”.

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