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Domingo, 10 de marzo de 2013

LA ORQUESTA DE AUSCHWITZ

Recuerdo la frustración cuando Vladek me recitaba casi palabra por palabra algo que ya me había contado. Supongo que la memoria funciona así: el lenguaje la reemplaza. No me enfadaba con él, pero me exasperaba repasarlas para transcribirlas y descubrir que eran casi una copia literal de algo que ya me había relatado. Tenía que detectar las diferencias entre las versiones de una misma historia para intentar identificar un dato concreto. Y cuando lo lograba, ese dato pasaba a la siguiente ronda de entrevistas. Desde luego, no lo culpo.

La memoria es efímera. Yo era consciente de ello, lo consideraba parte del problema y del proceso. Pero investigando se me hizo evidente que los recuerdos de Vladek no cuadraban con todo lo que yo había leído. Tenía que mencionarlo de alguna manera. Como ocurre a menudo, las cuestiones problemáticas conducen a soluciones profundas. Así que le pregunté a Vladek por la orquesta de Auschwitz para crear la secuencia inicial de la página 214. Intentaba decidir dónde incluir la elisión. ¿Corrijo errores basándome en el criterio de otros? ¿Obvio la autoridad ajena y me ciño a la memoria de Vladek como si fuera un correlativo objetivo que pudiera dibujarse?

Le di vueltas mucho tiempo. Si existía constancia histórica clara –es decir, numerosos testimonios independientes– tendía a triangular lo ocurrido y subsumir el recuerdo de Vladek en el recuerdo colectivo. Pero si existía alguna razón personal para que él lo recordara diferente –porque especificaba que lo había visto o por la importancia y el peso que parecía tener en la conversación– entonces optaba por su versión y, en caso necesario, intentaba corregirla. Pero me parecía que tenía que explicar el proceso al menos una vez. Y la orquesta de Auschwitz está todo lo documentada que pueda estarlo algo sobre Auschwitz. Sobrevivieron varios músicos y escribieron sus memorias. Existen fotografías de la orquesta tomadas por los nazis. Hay tantas descripciones de la orquesta que sabía que no estaba virando hacia el cielo de los que niegan el Holocausto: “¡Se lo está inventando? ¡Propaga una gran mentira!”. Así que cuando le pregunté a Vladek y resultó que no la recordaba, pensé “Ahora”.

Al principio de la página 214 aparece la orquesta tocando mientras los prisioneros desfilan por delante y le pregunto a mi padre, que reflexiona un momento y dice: “¿Una orquesta? No. Recuerdo las marchas, pero ninguna orquesta. Los guardias nos escoltaban a la verja a los talleres. ¿Cómo iba a haber una orquesta?”.

Aquí lo importante era permitir que Vladek lo dijera, porque en realidad es probable que nunca cruzara la entrada principal de Auschwitz para ir a trabajar a una hojalatería. Saldría por alguna puerta lateral y no pasaría por delante de ninguna orquesta. Quizá no la viera ni la oyera cuando llegó al campo por primera vez, puesto que entró en un camión y no en uno de los traslados masivos en tren. Es muy posible que para él no existiera ninguna orquesta y no quiero llevarle la contra. Solo quiero insistir en que existía aunque Vladek no entendiera cómo era posible. Por eso digo: “Está bien documentada”. Y él me replica: “No. En la verja solo se oían los gritos de los guardias”. Bien.

Por eso está dibujado en un diálogo visual complejo, porque a) podría haber obviado el tema; b) podría haberme limitado a hacerle decir que no recordaba ninguna orquesta en una escena del presente y no mostrar nada. Pero, en cambio, como dibujante, opté por c) muestro la orquesta y luego hago que Vladek diga que no la recuerda. A continuación los prisioneros tapan la orquesta al pasar porque es lo único que Vladek recuerda. Y por último –“gano” esta discusión, que yo he iniciado– muestro parte de un violoncello y las siluetas de los músicos por detrás de los prisioneros para insistir en que existieron. Y para rematar, por mi necesidad compulsiva de formalidades en las que nadie repara, el trocito de pared que tapan los prisioneros se convierte en un pentagrama con notas.

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