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Domingo, 25 de agosto de 2013

Vamos bajando la cuesta

 Por Marcelo Figueras

Cuando se lo reconstruye ex post facto, todo accidente parece inevitable. Decisiones humanas y leyes de la física que se articularon de modo tal que no podían conducir más que al abismo.

Tienta pensar que lo de España estaba escrito: un destino fatal, tan inexorable como el tercer acto de una tragedia. Hablamos de un país muy dividido (como Estados Unidos; como Argentina), que no hizo justicia con su pasado sino que pactó una vista gorda, ignorando que los fantasmas nunca descansan. Víctima de un complejo de inferioridad, debido a su larga condena sirviendo a la Europa rica como patio de vacaciones; y de una sensación de superioridad respecto de sus ex colonias, que sale a la luz apenas se rasca la epidermis. (De todas las metidas de pata de Juan Carlos, ninguna más elocuente que el “¿Por qué no te callas?”: un rey sin perspectiva histórica es tan absurdo como un filósofo sin cerebro). Una España que nunca reemplazó los cimientos de su economía elemental por otros más sólidos, por ejemplo industriales o de tecnologías de punta. Y que asumió la entrada al Club del Euro como un pase mágico, que la curaba del complejo (¡joder, que ahora sí somos del Primer Mundo!) al tiempo que convertía a todos sus ciudadanos en pudientes. Póngase al volante de este convoy a políticos incapaces y faltos de escrúpulos, y el resultado de ese viaje parece hoy cantado: hasta la vista, baby.

Yo, que viajaba seguido a España por trabajo, fruncía el ceño cada vez que pisaba Madrid o Barcelona y me hablaban de la crisis. ¿A qué crisis se referían, cuando todo el mundo abandonaba la ofi el viernes a mediodía para caer sobre las tiendas como buitres y salir con más bolsas que dedos en la mano? Yo era experto en crisis, como lo certificaba mi pasaporte argentino; y colegí que ellos llamaban así a otro tipo de movimientos tectónicos, infinitamente más leves que nuestros recurrentes cataclismos. La base de aquel bienestar tenía que ser más firme de lo que había sido nuestra paridad peso-dólar: ¿o acaso no eran los españoles gente seria, herederos de una tradición civilizadora, europeos?

Tanto creí que su crisis no era genuina, que me instalé allí en 2010 con mi familia. No por dinero, no: si tuviese que mentar una razón importante, diría que siempre me habían tratado allí mejor que en mi propio país. Me pudo el deseo de ser bienquerido, respetado. Y así me convertí en otra víctima del accidente, de esas que zafaron por los pelos. Como pasajero del bus descontrolado, pude apreciar detalles que antes me habían pasado inadvertidos. Empezando por la inoperancia de la gente al volante. Rajoy es un vivillo, astuto pero profundamente ignorante. Nada le importa más que ser un buen empleado de los poderes de turno, lo cual prueba que es un pusilánime: lo que requeriría coraje sería responder a las necesidades de su gente. Y ya ha demostrado largamente que tiene menos de estadista que yo de tonadillero. (Quien quiera calzar estas definiciones a nuestros opositores más rutilantes, puede hacerlo sin errar el talle.)

También advertí las consecuencias que paga una sociedad cuando acepta que se la desmovilice. El consumo a destajo no es una instancia superadora de la práctica política, sino su negación. Por eso los jóvenes, que son las principales víctimas de esta crisis (no es exagerado pensar en una generación perdida, dado que constituyen más del 50 por ciento de la torta general del paro, sin contar los subocupados y los que sostienen empleos que detestan), hacen gala de una energía que tiende a malgastarse: porque no se puede armar y conducir un movimiento de masas cuando no se tiene más experiencia política que la de colaborar con una ONG. Y entonces el camino se obtura, bifurcándose en senderos peligrosos: la frustración y la violencia. (Lo sugería esta semana la Mala Rodríguez, en declaraciones a El País: “Aquí no se conseguirá absolutamente nada hasta que no haya una huelga general indefinida... La gente está enfadada, quiere cortar cabezas. Veo guillotinas”.)

A veces pienso que la experiencia de la posguerra, preservada en las leyendas y en la información genética, jugó en contra de un mejor resultado. Porque en lugar de ocupar la calle hasta que se hiciese justicia, las familias se replegaron sobre sí mismas: hijos y nietos viviendo donde los abuelos, comiendo todos de sus exiguas pensiones, como si hubiesen despertado a la realidad y recordado que malvivir no era la excepción, sino la norma. Otras veces creo que los ata el complejo de inferioridad, que en plena crisis los compele a disimular la pobreza con la excusa de parecer europeos, cuando la mansedumbre colabora con Rajoy, el FMI y la implacable conducción merkeliana.

Tan pronto se cerraron los grifos, la primera en sufrir sed fue la cultura. Se acabaron las fiestas y los ciclos pagados por los ayuntamientos, que mantenían a músicos y actores ocupados durante el verano y les permitían sobrevivir. La gente dejó de ir a los cines y de comprar libros. Hoy en día la tirada de una novela suele ser más pequeña en España que en Argentina. El mejor destino con que sueñan los actores es tener éxito fuera del país. Muchos directores (Fresnadillo, Balagueró, Collet-Serra, Bayona, Cortés) han encontrado un nicho en el género de terror filmado en inglés, lo cual difiere sólo en cantidad de dólares del destino de Jess Franco durante la dictadura del otro Franco –el Generalísimo–.

Me dicen que los artistas están empezando a asumir su orfandad, y en consecuencia a organizarse; que algunos practican la autogestión y también el crowdfunding. Ojalá sea cierto. Yo sólo sé que tuve que irme (el productor que me debía dinero sigue debiéndolo un año después, y ni siquiera se digna responder mis mails); que un poco antes o después se fueron otros amigos, también artistas; y que los que quedan resisten como quien vive en territorio ocupado, aun cuando no declararon guerra alguna. Muchos se han separado de sus parejas o están en zozobra, porque se sabe: una crisis puede ser económica en su germen, pero hace metástasis en otras dimensiones de la vida.

Y yo sigo las noticias desde acá, con tanta pena que siento que no me fui del todo. Me duelen las privaciones que padece gente a la que quiero, y que tan generosa fue conmigo. Ya no sé qué decirles, porque nada indica que las cosas cambiarán pronto, al menos en lo que depende de las autoridades electas. (Hay quien me dice que Rajoy volvería a ganar en las urnas. ¡Más ecos de la Argentina de los ’90!) Mi hijo ha perdido su acento español, pero de tanto en tanto pide volver, aunque más no sea de visita. Nadie de mi familia confiesa que España sigue siendo una herida abierta, porque arde demasiado.

Pero lo que más me duele es un rasgo que compartimos, argentinos y españoles, más allá de las diferencias. Esa tendencia a creer, a contramano de la historia, que todo lo bueno que nos ocurre es merecido y durará para siempre, cuando ha sido arrancado a los poderosos con esfuerzo y debe ser defendido con uñas y dientes. Esa tendencia a ver hermosos a quienes dicen que podríamos tener más con sólo chasquear los dedos (y los votos); cuando la evidencia prueba que esos prometedores profesionales nunca fueron generosos con nadie que no sea ellos mismos. Yo sé que los territorios fértiles y de buen clima invitan a la molicie, a un pasarla bien con el que todos soñamos. Pero hasta que no entendamos, primero, que destruir es fácil pero construir entraña esfuerzo; segundo, que cuidar de lo construido también supone trabajo; y tercero, que no se puede erigir instancias superadoras sobre cimientos de cristal... seguiremos expuestos a que quiten de un tirón la alfombra que pisábamos.

Una tragedia de la que hoy España intenta levantarse. Mientras la Argentina casquivana, tan dada a dejarse seducir por el primer zalamero que calienta su oreja, danza otra vez en las cercanías del abismo.

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