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Domingo, 1 de junio de 2014

CARTAS DESDE LA LÍNEA DE FUEGO

 Por Ernst Jünger

Sin fecha, principios de 1915

Queridos padres: Les mando simultáneamente una carta que entregaré esta tarde con la cocina de campaña. Espero que no se la coman. Hasta ahora mandé dos postales y una carta desde O. Mi existencia se desarrolla más o menos de la siguiente manera: 2 días en la línea de fuego. Cada 4 horas, 2 de servicio, y el resto del tiempo tiritando de frío bajo tierra. Se dispara muy poco, apenas si le tiré a un chasis. Silba un poco, pero es completamente en vano.

Dos días en un puesto de reserva en la Faisanderie, que es un territorio en medio de las zonas de bombardeo, totalmente a salvo, ya que le pertenece a un coronel de artillería francés. Luego 2 días en la línea de fuego. Luego 4 días de descanso en O., donde hay que cavar de lo lindo, día y noche. Además hay que formar a la mañana y al mediodía. De comer no hay mucho. Nadie creería el aspecto que tenemos. Me volví casi insensible al frío. Cuando entramos a un lugar con calor, las rodillas duelen.

Mis primeras impresiones de la guerra fueron un poco decepcionantes. Cuando cayeron las primeras balas y obuses, casi todos nos reímos. También pude percibir tranquilamente y por largo rato los gritos de los heridos, la sangre y los sesos del guardia en el portal del castillo. Los obuses mataron a 12 hombres hasta ahora, todavía hay 3 tirados. En Hannover creo que me hubiera desmayado de verlos, pero me alegro de que mis nervios sean tan fuertes.

Los bombardeos son muy interesantes en general. ¡Rumms Ssssssssssss Bumms! Los franchutes disparan muy bien, sobre todo los pesados cañones ingleses. Cuando los que disparan son los nuestros, hay estallidos del lado de enfrente en 5 o 6 lugares distintos. Con el largavistas pude ver cómo nuestros obuses se prendían fuego en un pueblo. Cerca nuestro hay un cañón legendario cuya tarea es atraer hacia sí el fuego enemigo. Parece que el golpe de aire de los obuses ya derribó varias veces al subteniente, una vez le pasó volando entre las piernas una bomba que no estalló (...). ¿Cómo les va a ustedes? Escríbanme pronto, por favor. Lo que más me falta ya lo escribí: un cuchillo, tabaco, cigarrillos, caramelos, chocolate, medias, una camisa, sebo y algo de carne o salchicha en lata.

Con prisa, Ernst.

29/ 4

Queridos padres: Seguramente ya recibieron mi telegrama. Lo mandé para que no se enteraran por el gobierno de que estoy desaparecido o muerto. Me encuentro muy bien; claro que de nuevo tuve una suerte de locos. En medio de un bombardeo tremendo intentamos un ataque a través del bosque a la posición de Combres. Yo estaba a resguardo detrás de un gran arbusto junto a un suboficial, pero los cosos estallaban a izquierda y derecha y la presión del aire te lanzaba a un lado y al otro. Al final sentí un golpe y me di cuenta de que tenía una herida en el muslo izquierdo, porque la sangre chorreaba dentro de la bota de caña.

Pude llegar bien hasta el refugio sanitario, me vendaron; al mediodía siguiente ya estaba sentado en el tren y llegué justamente a Heidelberg. Más tarde me di cuenta de que la esquirla atravesó la billetera de cuero, si no es probable que hubiera llegado al hueso. En máximo 14 días me mandarán desde acá a Hanover, al batallón de reserva. Así que nos veremos antes de lo pensado. Por lo demás, me siento bien y ando rengueando por ahí, al cuidado de enfermeras amorosas. Cuando me sacaban del tren- hospital, los habitantes de Heidelberg exclamaron: “Ese se va a reír todavía un rato”. El clima es bueno, los cerezos están en flor, y por supuesto que tengo un montón de cosas más para contar. Salvé el largavistas muy deliberadamente, pero la pistola voló.

Muchos saludos,

Ernst

6/III/17

Queridos padres: sigo en mi puesto. Ayer recibí una postal y un paquete con tabaco, de lo que me podrían mandar cada semana, porque buen tabaco es algo tremendamente escaso.

Ayer a la mañana se acercaron 7 ingleses a nuestro alambre y nos querían arrojar granadas de mano. Pero los nuestros les tiraron enseguida una carga mejor y dejaron a sus dos líderes fuera de combate. A uno de ellos, un viejo sargento, se lo llevaron gravemente herido a la trinchera; el otro, un subteniente muy joven, murió enseguida. Era un tipo simpático, vestido con mucha elegancia y con cartas en el bolsillo que mostraban que pertenecía a una buena familia. Se llamaba Stokes. Le hice confeccionar una cruz y que se lo llevaran para enterrarlo.

Hoy a las 10.30 de la mañana disparé un tiro realmente magistral. Sobre una elevación a por lo menos 600 metros de nuestra trinchera corría, como una miniatura color caqui, un inglés. Justo me había parado junto a un observador de artillería, que tenía un telescopio de tijeras dirigido a la zona neutra. Le señalé al inglés, apunté, dejé 1 cm. de distancia de tiro (nunca había tenido a una persona tan clara en el punto de mira) y disparé. Me pareció como que se había puesto a cubierto, pero el observador vio nítidamente con sus lentes que el hombre dio dos pasos más, cayó de espaldas, bamboleó dos veces el brazo y luego cayó dentro del agujero de una bomba, salvo por un pedazo de la manga marrón. No volvió a pararse. Es la primera vez en mis 2 años y cuarto de guerra que pude comprobar por completo que di en el blanco.

En realidad es poco bonito, pero igual me alegro.

Así pasa el tiempo por acá, casi cada día algo interesante. Hace unos días, por ejemplo, un avión prendió fuego a un globo aerostático delante de nuestra posición.

¿Cómo anda todo por casa? Por favor saluden de mi parte a Hanna y a los dos nenes.

Muchos saludos les manda

E.

Si llegaron los paquetes, les pido que guarden bien las postales, estoy juntando todo lo posible para mi diario íntimo.

En el campo de batalla, 18 de junio de 1917

Querido Fritz: Así que pronto volverás al campo de batalla. Espero que ahora tengas una buena noción del oficio.

No tenemos un sistema de trincheras fijo, sino guardias de campo bien adelantados, que están escondidos en hondonadas, detrás de despeñaderos y áreas forestales. Estos apostamientos son una piedra en el zapato para los ingleses, y en los últimos tiempos casi no pasó un día en el que no intentaran invadirlos. En esas circunstancias tuve la oportunidad de librar junto a 24 hombres una larga batalla nocturna contra dos divisiones de indios, lideradas por oficiales ingleses, y contra una compañía de reserva inglesa. En el momento crítico, su jefe, un teniente inglés, armado con maza y revólver, se acercó a pocos pasos. Un tiro a través del ojo y la sien alcanzó a enviarlo justo a tiempo a mejor vida. De botín nos trajimos tres indios heridos a nuestra trinchera.

Al teniente inglés lo encontramos recién a la tarde siguiente en los altos pastizales. En su Cold (sic) había sólo dos balas cargadas, junto a cuatro cartuchos disparados. Agarré un casco de acero al que un tiro le había arrancado un pedazo del borde. También encontramos junto a él una botella chata de metal llena de whisky escocés. Parados a su lado en la oscuridad, hicimos una libación por el muerto que nos lo había servido.

En breve voy a hacer que envíen mis nuevos trofeos a casa. Ahora poseo: una magnífica carabina inglesa, exquisitamente apropiada para próximas tareas de caza, acompañada de un cinto con cartuchos, el casco baleado del teniente inglés, su maza salpicada de sangre y su estuche para cigarrillos, que me dio Kius.

Las praderas silvestres de por acá están ahora magníficamente coloridas.

Ernst

Estas cartas que Ernst Jünger escribía desde distintos puntos del frente, en paralelo con las anotaciones de sus diarios, que finalmente dieron origen a Tempestades de acero, una de las obras literarias más importantes surgida de la Primera Guerra, permanecían inéditas, hasta que este año, en conmemoración de los cien años del comienzo de la guerra, fueron publicadas en diversos medios alemanes. La traducción es de Ariel Magnus.

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