CULTURA / ESPECTáCULOS › KING KONG, BUENAS DOSIS DE AVENTURA Y ROMANCE

La bella condena de la bestia

 Por Leandro Arteaga

KING KONG Nueva Zelandia/EEUU, 2005 8 puntos

Dirección: Peter Jackson.

Guión: Fran Walsh, Philippa Boyens, Peter Jackson, a partir del guión original de Merian C. Cooper y Edgar Wallace.

Música: James Newton Howard.

Fotografía: Andrew Lesnie.

Montaje: Jamie Selkirk.

Intérpretes: Naomi Watts, Jack Black, Adrien Brody, Thomas Kretschmann, Colin Hanks, Andy Serkis, Evan Parke.

Duración: 187 minutos.

Salas: Monumental, Showcase, Village.

La historia del monstruo y su amada -bella y bestia- tiene en King Kong uno de los exponentes más celebrados, que encumbran al gorila gigante a un sitial de honor cinematográfico. Ernest Schoedsack, Merian C. Cooper, y Edgar Wallace pergeñaron una de las historias más originales para el todavía floreciente medio en 1933. Las proezas de Kong, rey animal de una isla prehistórica, sólo podían nacer para las novedades técnicas del cine.

El director Peter Jackson entona en su versión un cariño constante al film original, ya perceptible desde los mismos credits. Desde su homenaje y revisión, Jackson se dedica a profundizar en aspectos distintos, tales como el desempleo y la búsqueda de éxitos fáciles en la Norteamérica de la Gran Depresión. Es en ese escenario en donde germina la idea descabellada de un film en una isla inexplorada, junto con el consecuente delirio que supone arrastrar a King Kong a la civilización.

El personaje sin escrúpulos será Carl Denham (J. Black), productor cinematográfico que no duda en llevar hasta las últimas consecuencias sus ambiciones personales. Jack Driscoll (A. Brody) es el guionista engrilletado, que escribe para la tiranía del productor desde la prisión que semeja la bodega del barco. Entre ellos, y como carnada para el gorila, surge Ann Darrow (N. Watts), actriz sin trabajo y de gritos aterrados que sirven, junto con el alarido de Kong, de preludio para el encuentro.

Una vez juntos, y habiendo atravesado el horrorífico rito de ofrenda, entre King Kong y Ann surge -para regocijo del film- el melodrama que servirá de móvil para una acción trepidante, en donde Kong enfrentará tiranosaurus y murciélagos enormes para ganar el respeto de ella; mientras, con Driscoll se dibuja el clásico triángulo amoroso. El film es lo suficientemente inteligente como para lograr que dicha relación se vaya gestando sutilmente, con el añadido de situaciones que, en cuanto a su verosimilitud, revelan su acierto.

Y sí. Es la bella quien mata a la bestia. Una vez más, se nos cuenta la misma historia, y de ese modo King Kong perpetúa, desde la cima del Empire State, su grito de imagen ya mítica.

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