CULTURA / ESPECTáCULOS › ADRIáN ABONIZIO PRESENTA HOY SU "NOVELA ROJA" TRISTES LOBIZONES

Con todo el lirismo de mil canciones

La primera novela del músico, cantautor y cronista despliega densidad poética, musicalidad del lenguaje, cercanía con lo real de su tiempo, y hondura de sentido en 200 páginas.

 Por Beatriz Vignoli

Si hubiera que describir en dos líneas Tristes lobizones, (Rosario, 2010, Ciudad Gótica), la primera novela del músico, cantautor y cronista de Rosario/12 Adrián Abonizio (Rosario, 1956), se podría decir que despliega toda la densidad poética, la musicalidad del lenguaje, la cercanía con lo real de su tiempo y lugar y la hondura de sentido de sus canciones, sólo que a lo largo (y a lo ancho) de casi doscientas páginas.

Fresco, recién salido de la imprenta, el libro se presenta hoy a las 20 en la sala F del Centro Cultural Bernardino Rivadavia (San Martín y San Juan) con la actuación del trío de danza Giro en U y música ambiente. Hablarán el editor y esta cronista. "Yo diré un par de chistes y nada más", anticipa el autor. El (re)encuentro es una cita ineludible para quienes alguna vez sintieron que les salvaba la vida aquello de "No te pares, no te mates, sólo es una forma más de demorarse" y/o se hayan quedado roncos en alguna hora imprecisa de la madrugada repitiendo la perfecta frase final, casi una reescritura del fatídico "o juremos con gloria morir" del himno nacional. La Trova Rosarina a la que perteneció el autor, en los primeros años de la democracia, salió a decir con música y palabras aquella mezcla radiante de vitalidad y de actitud crítica por la que tantos habían muerto. Pero, como dice Abonizio en el clásico de peña "El témpano": "Este hombre trabajó. ¿Quién escribirá su historia?".

La historia que Abonizio novelista escribe en Tristes lobizones atraviesa el páramo de lo que vino después. Escrita en un año entre 2008 y 2009, es una historia de amor, crimen, magia y redención. "Ni rosa, ni negra: ¡inventé la novela roja!". Así la cataloga, un poco en broma, su autor. Su lenguaje y sus descripciones capturan de manera muy sensible la atmósfera de los barrios del oeste de la ciudad, una serie de círculos concéntricos más excluidos y olvidados cuanto más exteriores, hasta llegar a un arrabal infernal donde se agitan explotaciones y violencias de una crueldad al borde de lo inenarrable. El recurso narrativo que emplea Abonizio en extensos tramos es el que usa Faulkner en El sonido y la furia: hacer hablar uno por uno a todos los personajes en primera persona, con el epíteto de cada cual como título del capítulo correspondiente. Es una forma de construir la obra que tiene que ver tanto con la civilizada ética de la improvisación en el jazz como con la compleja estructura compositiva de géneros barrocos como la fuga. El tango opera también aquí como texto sagrado creador de un universo a la vez sentimental y desangelado, y en todo esto es fiel Abonizio a la raigambre musical entre culta y popular nacional urbana de la Trova, alejada del rock.

Tanto la musicalidad de la prosa como la intensa belleza poética del lenguaje de Tristes lobizones son resultado de un procedimiento que combina el trance inspirado con la búsqueda de la palabra justa. El autor contó a esta cronista durante el proceso de revisión de la obra que, a diferencia de las canciones, donde debía buscar la síntesis, acá podía explayarse y extenderse. Abonizio es un gran hablador y todos sus personajes hablan, incluso los animales, en coloquios cervantinos de perros y de peces (animales rosarinos por excelencia) que funcionan a la vez como alivio cómico y coro trágico. De entre los personajes humanos, algunos no lo son del todo, como se sugiere en el título; en cuanto al género, queda librado al lector decidir si se está ante un relato de realismo fantástico que toma prestada del terror rural americano y del folklore medieval europeo la figura del lobizón, o si la metamorfosis del hombre en lobo es pura metáfora de una soledad deshumanizante.

Como en un misterio medieval, los personajes principales encarnan abstracciones. Florencia ("ella") y su novio historiador ("él", en boca de quien Abonizio pone mucho de sus propias convicciones) encarnan el amor límpido y apacible; Sixto, el rencor amargo. Las voces que se imponen por su furia y entrega son ésta y la de Lobito, el asesino serial por capricho y aburrimiento de rico, encarnación del Mal, según su autor. El centro que tira de la trama del melodrama es el Tatuado, un motoquero con sida y cirrosis, ex novio de Flor, quien lo cuida y sigue enamorada de él. El Tatuado es el único cuyo relato es dicho en tercera persona (en parte es contado anticipadamente por una adivina, la Rumana) porque ya al comienzo, como en un policial, está muerto. El libro se abre con una riqueza de metáforas que narra la autopsia donde se trata de descubrir qué lo mató, de entre todo lo que lo acechaba y que incluye algo sobrenatural.

Las líneas de la vida de estos personajes se irán cruzando en puntos de intersección y esta estructura ficcional es apenas la excusa o, más bien, la osamenta de una carnadura de palabra y memoria donde Abonizio dice lo que siente que tiene que decir: escribe su propia historia, sabiendo que es la de muchos otros más. La infancia, el barrio, el exilio interno, la radio, las cartas, ignotas películas vistas, o seres marginales que conoció durante su residencia en Buenos Aires, de donde se trajo mil anécdotas y no mucho dinero: todo es reelaborado por esa máquina de hacer poesía que es su prosa. Prosa roja, o la voz de un yo lírico: "Alzó la vista, prosternándose. A alguien habría de adorar: la ciudad de Rosario estaba preciosa, y él era su lobizón predilecto, el grim que vela el cementerio, su can pestilente con olor a colonia cara, su monstruo elegante por cuya nariz no emanaban sulfuro ni tufos, sino el humo acaramelado de un buen tabaco. El, tan superviviente sin sonrisas, buscavenas, buscavidas, tan ensangrentado como invisible".

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Adrián Abonizio advirtió que esta noche sólo dirá algunos chistes.
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