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Lunes, 27 de marzo de 2006

CULTURA / ESPECTáCULOS › BURMAN Y SU PASO HACIA LA COMEDIA DE COSTUMBRES

Viaje al fondo de la familia

En este, su tercer film, Burman abandona la mirada sentimental
y la problemática cultural﷓religiosa. Aquí construye una trama
más lineal que conduce al público hacia un final de esos felices.

 Por Emilio A. Bellon

"Derecho de familia". Argentina, 2006.

Guión y dirección: Daniel Burman.

Fotografía: Ramiro Civita.

Música: César Lerner.

Intérpretes: Daniel Hendler, Arturo Gotees, Julieta Diaz, Adriana Aizemberg, Eloy Burman, Darío Lagos.

Distribution Company.

Salas de estreno: Monumental, Showcase y Village.

Puntos:6 (seis).

Si bien en la noche del sábado 18, "Derecho de familia" obtuvo numerosos galardones, entre ellos el que corresponde al mejor largometraje iberoamericano (compartido con un film de origen brasileño), no obstante, para quien firma esta nota esta esperada realización de un nombre muy personal en nuestro cine, no alcanza a potenciar los momentos dramáticos de sus dos anteriores, "Esperando al Mesías" y "El abrazo partido". En tal caso, y para poder fundamentar esta observación, podría empezar señalando que su director, da un paso al costado y elige, por así decirlo, la comedia de costumbres, montada sobre ciertos lugares comunes de un film de taquilla.

Con su actor fetiche, Daniel Hendler, Burman ha abierto un capítulo en el cine argentino, acompañando su educación sentimental y su problemática cultural-religiosa. El espectador, en este sentido, ha ido siguiendo este tandem desde un aprendizaje mutuo y desde aquí uno puede insinuar que en esta relación, hay indicios del funcionamiento Francois Truffaut y Jean Pierre Leaud. Pero sólo en algunos contados aspectos y por otra parte no tendría porqué ser igual. Pero con "Derecho de familia" su realizador se vuelca sobre su propio álbum familiar y de pronto se deja cautivar por el despertar de su pequeño hijo, quien gana, de antemano, merecidamente, los suspiros y exclamaciones por parte de la platea. Esto se puede afianzar en la manera en que se dan los títulos finales, que orientan el film (sacándolo de toda problemática anterior), hacia la película casera y un simplificado final feliz.

Pero estas anotaciones, que sí se erigen como las dominantes, no dejan a un lado los hallazgos. Y aquí, una vez más, volvemos sobre su visión personal que ya define todo su universo propio, sostenido por una voz en off narrante, en el primer trayecto del relato, que va señalizando el tono de humor y ternura que el film va caracterizando y diseñando. Tal como entonces, el personaje central se llama Ariel, por lo cual es más que significativo revisar los films anteriores. Y aquí, como dando un ajuste de cuentas con figuras familiares, lo vemos junto a su padre, quien lo precede en la familia por su igual condición de abogado.

Orientados ambos en direcciones diferentes, Perelman padre y Perelman hijo, irán mostrándonos un espacio que polemiza entre el mundo de adentro, de escuchas y causas solidarias y el de afuera, subordinado a intereses y mimetizaciones de turno. En la historia del joven docente y defensor de causas injustas, una mujer ligada al mundo de la técnica Pilates y disciplina yoga, llegará a su vida; mejor dicho, él llegará hasta ella, golpeando las puertas de su residencia enfundado en su inusual ropa deportiva.

Creo que, no es todo erróneo, afirmar que la figura del padre y su veterana secretaria son los personajes que permiten que la historia proponga otros desvíos y otros giros a la izquierda. En tal caso, son ellos desde cierta actitud reservada y silenciosa, los que colocan al relato en una perspectiva que anude otros conflictos. Porque en la vida de Perelman hijo las disonancias sólo se dicen desde cierto recitado estereotipado y previsible; mientras que cada nuevo encuentro con aquellos propone otros interrogantes.

Si bien algunas notas críticas remarcan en el film el llamado pasaje de la condición de hijo a la de padre, creo que, igualmente, la fuerza del relato radica en el vínculo que Ariel Perelman libra con su padre. Y esto es, a mi entender, lo que libera al relato de un orden de apariencias para sumergirse en el territorio de lo no dicho. Sorprendente, como es habitual, es el rol de Adriana Aizemberg cuya expresión es la que exige la por momentos diluida dramaticidad de la historia.

Frente a un film como "Derecho de familia" uno puede echar de menos las alusiones al mundo de afuera, a la cuestión de la identidad y la religión, la relación entre presente y memoria pasada, la mirada hacia los sectores carenciados y los que han sido víctimas de determinada usura institucional. Esto, siempre y cuando uno no piense a este film en el espacio de la tan anunciada trilogía. De lo contrario, verlo aislado, como pieza uniforme y no unida a sus predecesoras, matizadas -y se entiende- por ciertos gestos que tienen aprobación mayoritaria de antemano.

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Daniel Hendler (el actor fetiche de Burman), con Julieta Díaz en los papeles centrales. Como en "El abrazo partido", se destaca la gran actuación de Adriana Aizemberg.
 
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