CULTURA / ESPECTACULOS › DALI VOLVIO AL MUSEO CASTAGNINO DE LA MANO DE UN CURADOR APASIONADO POR EL GENIAL CATALAN.

El Dalí que vieron los ojos de Shanahan

"Dalí. Los ojos del surrealismo", inauguró el jueves pasado en el Museo Municipal en el marco de una gran convocatoria. La muestra que estará hasta el 23 de octubre, es fascinante por lo tierna y extraña. Su lógica es la del coleccionista.

 Por Beatriz Vignoli

Los ojos de Shanahan son un pálido fuego: ojos celtas, donde alientan la hondura y la determinación de algunos oriundos de Galicia o de Irlanda. "El es Santiago Shanahan", lo presenta la directora del Museo Castagnino, pero enseguida se forma una multitud y la entrevista se reduce a su acepción literal: a la contemplación de ese fulgor. No hay palabras que expliquen la pasión de este coleccionista por la obra de Salvador Dalí, y de cualquier manera ninguna palabra la explicaría. Nabokov tomó de Shakespeare la imagen del pálido fuego, la luz que al sol le roba la luna, como metáfora de la devoción del fanático Kinbote por su artista predilecto, el poeta John Shade. De modo similar, el apasionado trabajo de Shanahan como coleccionista y curador se centra en un único artista y en una única muestra permanente e itinerante.

Dalí. Los ojos del surrealismo, que inauguró el jueves pasado en el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino (Av. Pellegrini 2202) con una convocatoria tan multitudinaria como se esperaba, y que podrá verse (o mirarse a los ojos, más bien) hasta el 23 de octubre, es una muestra fascinante por lo tierna y extraña. Su lógica es la del coleccionista, que por otra parte según Benjamín es la mejor manera de organizar ese caos organizado que es el arte de las vanguardias.

No hay aquí ninguna distancia crítica, ningún rigor estético que separe períodos o estilos (no todo es surrealista), ningún criterio jerárquico que distinga alto arte inspirado de obra por encargo. Todo está aquí sólo por haber salido de la mente y la mano de un genio admirado. Y "todo" es mucho: una heterotopía de trescientas piezas que incluyen dibujos, revistas, litografías, joyas, arte religioso, oro, plata y encantadoras fotos del artista en su intimidad, tomadas por Enric Sabater. La colección atiborra la planta alta del Castagnino.

La muestra se abre con una reproducción de un retablo de El Bosco. Shanahan parece haber encontrado una conexión secreta, un vaso comunicante que une a Dalí con El Bosco. Hay algo de desmesurado en esta obsesión amorosa que guía la muestra. Ella revela al público un Dalí demasiado cercano: mitad tía, mitad fetiche. Para los fans, es un festín imperdible. Para los expertos, abruma y desconcierta un poco.

Es preciso detenerse ante cada serie, que presenta su propia singularidad cada una. La favorita de esta cronista es la de grabados que ilustran las memorias de Casanova. La autobiografía amatoria de un libertino renacentista escrita al final de una vida, y que podría ser enteramente ficticia, da pábilo a la fantasía desatada de Dalí. Alienta en el Casanova de Dalí "la belleza revulsiva" (Breton dixit) del surrealismo: su espíritu revolucionario que rescata el erotismo de autores como Sade, algo así como el lado oscuro de la Ilustración.

También pueden verse cantidades de autocitas, como los relojes blandos que recurren una y otra vez desde aquella pintura de 1931, o una fotografía que evoca el famoso plano inicial de El perro andaluz (filme surrealista de 1929 dirigido por Luis Buñuel, quien escribió el guión en colaboración con Dalí). La fotografía se titula Los ojos del surrealismo, constituye según Shanahan el icono de la muestra, y fue creada por Dalí especialmente para ilustrar el Semanario artístico ampurdanés, el boletín del Teatro Museo Gala Dalí en Figueras. Cuenta Shanahan que el teatro fue construido entre 1961 y 1974 bajo la supervisión del propio artista, que lo donó a su ciudad natal. El ejemplar Nº 1 de la publicación se exhibe en esta exposición.

Donde además, en una serie de tres jueves (el 15/09, 29/09 y 06/10, a las 19 en la sala central), habrá tres jornadas a modo de amenas conversaciones entre psicoanalistas, artistas y críticos de arte que intentarán otras miradas (Más en: www.museocastagnino.org.ar).

Y la mirada del apasionado coleccionista y curador frente a su santo Grial personal es como la de alguien que se enamorara de un Beatle: su sentimiento concuerda con el de las masas. El público saldrá del Castagnino sintiendo que el surrealista catalán nacido en Figueras en 1904 podría ser un pariente de la familia de uno, que estaba un poco loco, que habitaba un mundo propio y pese a eso fue un triunfador en el mundo de los demás. Tesoro por tesoro le fue arrancado por la persistencia de Shanahan a la custodia de Sabater, "fotógrafo oficial, administrador, secretario privado y sobre todo amigo personal del matrimonio de Gala y Salvador Dalí", evoca el curador en el catálogo, donde resume la propuesta: "reunir una muestra gráfica del Sr. Dalí que fuera representativa, didáctica y de divulgación de su obra". Lo logró. "Y así (...) se corporizaron Grabados, Pegasos en vuelo, Litografías, Visiones de Ángeles, Serigrafías, Esculturas, Unicornios, Fotos de Bigotes Blancos, Textos, Medallas, Discóbolos, Mitos y Leyendas, Homeros y Lincoln, Don Quijote y Gala, Adán y Eva en su Paraíso de Plata", recapitula en páginas que preceden a una evocación de la labor del artista en su estudio, escrita en 1989 por Ana María Dalí, hermana de Salvador, 4 años menor.

El texto de Ana Dalí asombra por lo que revela de realista en este surrealista: "Entre Figueras, ciudad situada en mitad del Ampurdán, y Cadaqués, que se refleja en las aguas del Mediterráneo, transcurrió no sólo nuestra infancia, sino también nuestra adolescencia. Y, para siempre, estos paisajes aparecerán en los lienzos de mi hermano, demostrando con cuánta fuerza los captó y los retuvo en su retina. Todo está tranquilo en casa. Un poco de claridad se filtra por las rendijas, y el ruido suave, casi imperceptible, del mar, que durante unas horas no hemos oído, continúa".

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La escultura "El caracol y el ángel" (bronce, 1977), ocupa un lugar central en la muestra.
 
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