CULTURA / ESPECTáCULOS › BALDíAS, DE LAURA ROSSI, UNA NOVELA REALISTA SOBRE MUJERES CALCINADAS

Una máquina contra la indiferencia

Sin temor a los lugares comunes del policial y el costumbrismo, Rossi sostiene el suspenso en una prosa de singular vigor narrativo, ametrallada de preguntas políticas. Es un texto coral donde incomoda el agujero de las voces acalladas.

 Por Beatriz Vignoli

"Las falsas alarmas podían no ser tan falsas y alguien podía estar investigándolos en serio. Pero no: las mujeres seguían apareciendo allí y nadie podía asegurar que hubiera una conexión entre ellas. Milena ya era una más en la lista, la única con nombre y apellido, con familia. Las otras dos eran un hueco: nadie las había reclamado ni había denunciado su desaparición. No le faltaban a nadie". Esto escribe Laura Rossi promediando su novela Baldías, publicada y presentada a fines del año pasado por Erizo Editora.

Cuando salió el libro, en 5 años y 9 meses había habido en Argentina 1.432 femicidios; el 64 por ciento de los crímenes había sido cometido por parejas o ex parejas de las víctimas. Según el crítico ruso Viktor Shklovski, el arte es un procedimiento para llamar a las cosas por su nombre, para tratar cada incidente como si hubiera ocurrido por primera vez. Esta novela realista de Laura Rossi rodea el enigma de una serie de mujeres que aparecen calcinadas hasta lo irreconocible en un baldío del conurbano bonaerense. Detrás de cada cuerpo, de cada "cosa que no era una cosa", hay una historia. "Algunas historias se parecen y otras no", escribe Rossi en la novela.

Con un lenguaje austero, escrita en una polifonía de voces donde predominan el desencanto y ese tono cínico levemente cómico (muy en boga) que los neoyorquinos dan en llamar badness, Baldías funciona como una máquina de guerra contra la indiferencia. Como en los tiempos de gloria del verosímil (cuando la novela era un espejo al costado del camino), la realidad es narrada con una lúcida precisión que la hace reconocible. Sin temor a los lugares comunes del policial y el costumbrismo, Rossi sostiene el suspenso en una prosa de singular vigor narrativo, ametrallada de preguntas políticas. Es una novela coral donde incomoda el agujero de las voces acalladas, una foto en HD donde el grano del detalle insinúa complicidades, sin estridencias, dedicando espacio a lo que funda la impunidad de todo genocidio: ese núcleo duro inenarrable que es el borramiento del borramiento mismo.

En el proceso, Rossi se carga el chisme barrial, el amarillismo mediático, la desidia estatal y las justificaciones de los asesinos. Todos los casos desembocan en la misma constatación insoportable, la de que las mujeres arrojadas al baldío ya habían quedado "baldías" en vida: ya no tenían un lugar en la sociedad más que como propiedad de un amo que las odiaba. "No le faltaban a nadie". La trama de complicidades se sostiene en un sentido común que naturaliza a las víctimas en el lugar del desecho. La imagen del baldío hace visible este supuesto destino. No es sin consecuencias que uno de los homicidas bautice Stalin a su perro y enseñe Historia. El arte del historiador totalitario al servicio de la impunidad es suprimir la supresión, borrar toda huella de que allí hubo una vida humana. Es hacer de las víctimas el objeto de la renegación, cristalizando un relato donde todo sucede como si ellas jamás hubieran existido. El horror aquí no es sólo el de la renovada quema de brujas sino además el de la madre y la hermana que no preguntan por la desaparecida.

Laura Rossi nació en San Miguel (Buenos Aires) en 1980. Es Licenciada en Letras y Magister en Gestión de Proyectos Educativos. Ha trabajado como docente en distintas escuelas de la provincia de Buenos Aires. Desde 2009, vive en Rosario, donde asiste a los talleres de escritura de Tomás Boasso y de Marcelo Scalona. Su novela Suturas fue finalista del Premio Clarín Novela en 2011; Baldías lo fue en 2012. Río Ancho Ediciones está por publicar su próxima novela, Llegaría el silencio, que ganó un primer premio en su Concurso de Narrativa 2013.

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Laura Rossi nació en San Miguel (Buenos Aires) en 1980 y vive en Rosario desde 2009.
 
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