CULTURA / ESPECTáCULOS › SOBRE FIN DE LA HISTORIA, óPERA PRIMA DE MARTíN ANTUñA

Una pesadilla que es preciso romper

La obra pretende reconstruir la noción contemporánea del tiempo. "Si es circular -dice el autor- y los hechos se repiten con pequeñas variaciones, quizás la historia no existe y es una mera invención humana". Estrena el viernes en La Manzana.

 Por Julio Cejas

La vigilia, el sueño, el espacio, el tiempo: ¿de qué están hechos? ¿cómo aprehenderlos? ¿de qué diversas maneras la humanidad los ha buscado? Estos y otros interrogantes van a conformar la materia dramática de El fin de la historia, ópera prima de Martín Antuña que se estrena el próximo viernes a las 22 en el Teatro La Manzana (San Juan 1950). Esta propuesta escrita y dirigida por Antuña se inscribe dentro del proyecto final de la carrera de Dirección de la Escuela Provincial de Teatro y Títeres Nº 5029 y nace, según sus responsables, como proyecto de investigación teatral de un grupo de personas que sentían la necesidad de reunirse a trabajar y experimentar sobre el arte del actor y de la relación con el público.

¿Alude el título de la obra a las polémicas tesis de Francis Fukuyama y su falaz correlato de el fin de las ideologías? "Alude irónicamente a esa teoría. Si la historia muere al morir el conflicto, también nosotros nos preguntamos qué sucede con el teatro y el drama, con la muerte del conflicto, teniendo en cuenta que Szondi piensa al drama como encarnación de la dialéctica", responde a Rosario/12 Antuña, quien prefiere hablar de otro de los disparadores de esta experimentación: la concepción del tiempo a partir de la obra de Jorge Luis Borges.

"Para hablar de una negación de la historia, nos interesamos en principio por algunos escritos de Borges, sobre todo por 'Nueva refutación del tiempo', donde el escritor niega lo sucesivo y se pregunta si no alcanza un solo hecho repetido para denunciar que no hay historia", dice el autor-director de Fin de la historia.

A la hora de explayarse sobre el tema de la escritura dramática, los responsables de esta propuesta consideran a la acción como base para lo teatral y a la palabra como parte de la acción, reconociendo que los diálogos nacieron en los ensayos para después ser adaptados a un texto teatral. "Podríamos hablar de una dramaturgia de director, ya que ha estado más relacionada con los ensayos en conjunto que con un trabajo de escritor en soledad. El proceso de ensayo se dio al mismo tiempo que surgía la dramaturgia, por lo que los textos están fuertemente arraigados en los cuerpos de los actores. Ambos roles en esta obra son inseparables," explica Antuña.

El elenco integrado por Esteban Angeloff y Santiago Pereiro contó con la colaboración de Carlos Masinger y Martín Antuña en el diseño y realización de la escenografía, Martín Ricciuti en el sonido, el propio Antuña en el diseño de luces, Lilen Barberis y Maia Basso en la realización audiovisual, Sandra Majic en la producción ejecutiva y Ana Julia Manaker en prensa y difusión.

"Con Santiago Pereiro nos conocemos de la Escuela de Teatro y Títeres, apenas nos conocimos nos unieron preocupaciones en común que giraban alrededor del hecho teatral y del cuerpo del actor. A Esteban Angeloff lo conozco de la Escuela de Clown de Héctor Ansaldi, maestro y director de ambos, que nos permitió hacer una serie de improvisaciones a partir de textos de Beckett en las varietés que organizan Los cómicos de miércoles en el teatro Caras y Caretas", dice el director refiriéndose a sus dos actores.

A partir del texto de Borges, se indaga sobre una categoría fundamental del teatro: el tiempo. "En primera instancia como recurso narrativo la dramaturgia se estructura bajo una serie de textos y acciones que se repiten a lo largo de la obra. De manera más importante esta categoría aparece en los cuerpos de los actores, dimensión a la que le hemos prestado mucha atención en el proceso de ensayos", dice el director, que considera también al actor como un manipulador del tiempo.

Según lo planteado por el grupo, la obra pretende reconstruir la noción contemporánea del tiempo, noción que mira sobre todo al presente: "Si el tiempo es circular, la repetición de los mismos hechos con pequeñas variaciones, podemos afirmar que la historia en verdad no existe, que es una mera invención del pensamiento humano".

- ¿A qué sector de público está orientado este trabajo? ¿Pensaste en eso o lo averiguarás a partir del estreno?

- Es algo sobre lo que pensamos mucho, pensamos tanto en un público joven como adulto, que tenga algún tipo de interés en la política y la historia. Sin embargo me gustaría aclarar que esta no es una obra panfletaria, apuntamos más bien a una multiplicidad de sentidos, de manera que queda a criterio del espectador la posibilidad de realizar diversas lecturas.

Las primeras inquietudes del grupo consistieron en conocer los límites de la convención teatral, siendo muy conscientes del lugar del espectador. Estos límites, dicen, se refieren tanto a lo estrictamente teatral como también a la narración y al hecho ficcional. En este campo, las principales inquietudes de los protagonistas de Fin de la historia refieren a saber si la ficción en el teatro puede ser un lugar de reflexión, si la obra de teatro puede ser un ensayo, sin por eso tener que ser panfletario.

- La obra apela a referencias concretas de la historia argentina, ¿cómo las adaptás a la búsqueda de tus otras obsesiones?

- Tomo acontecimientos de la historia argentina como recurso para elaborar una narración teatral y no para desarrollar una historiografía. Esta obra no es una reconstrucción histórica, tanto en el sentido de que escapa al hecho de tener que reconstruir una serie de hechos determinados como otro que, más apuntado hacia la propia temporalidad, podría ser visto como una sucesión y entrecruzamiento de temporalidades, por lo que el tiempo no sería tan homogéneo y otra vez estamos volviendo a Borges.

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La obra indaga sobre cuestiones metafísicas como el tiempo, y desde allí, duda de la historia.
 
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