CULTURA / ESPECTáCULOS › EXCEPCIONAL MUESTRA, HASTA EL 12 DE DICIEMBRE

Un enigma llamado Schiavoni

El Museo Castagnino acoge la retrospectiva de uno de los más brillantes y poco reconocidos artistas que haya dado la historia de la ciudad.

 Por Fernanda González Cortiñas

Desde siempre, Rosario ha adolecido de la escasez de registros acerca de su vida cultural; la pública, la políticamente correcta, y la otra también. Ni las sucesivas gestiones oficiales, ni la prensa, se han ocupado metódicamente de guardar lo que quizá sea la más importante herencia que pueda legar una comunidad a las generaciones futuras: su patrimonio cultural. La vida y la obra de Augusto Schiavoni (1893--1942) fueron víctimas flagrantes de esta carencia, un olvido que en éste como en todos los casos, es irreparable. Después de largo tiempo de involuntario ostracismo, el nombre del genial pintor rosarino vuelve a ser noticia en una merecida retrospectiva que, con curaduría de María Eugenia Spinelli, organiza el Museo Castagnino.

Pensada básicamente en función de la colección del Castagnino, la muestra --que se podrá visitar hasta el 12 de diciembre--, reúne además de sus famosos retratos, algunas naturalezas muertas, un puñado de estudios a lápiz y algunos paisajes "raros", como los define la curadora, en alusión a ciertas pinturas en donde se hace complejo encontrarse con las "marcas" típicas del pintor.

"La idea inicial fue la de presentar una muestra que fuera medianamente cronológica --apunta la especialista y encargada del catálogo de la exposición--. Claro que durante el proceso, y por cuestiones de diseño, se fue cruzando lo temporal con la necesidad de entablar algunos juegos sutiles entre las obras. En este sentido, trabajamos sobre un corpus enorme de obras. De hecho, esta es la primera vez que se muestra 'todo'. Si bien antes se habían hecho muestras sobre Schiavoni, esta es la primera vez que se muestra la totalidad de su producción".

En este sentido, a las 50 obras que forman parte del patrimonio del Castagnino, se incorporaron piezas de coleccionistas privados, así como obras cedidas en préstamo por otras instituciones como el Museo Clucellas, el Galisteo, el Nacional de Bellas Artes y el Provincial de La Plata, que durante algunos años dirige Emilio Pettorutti.

Amén de su autorretrato, fechado en 1915, el recorrido formal de la muestra se abre con uno de los primeros trabajos: un estudio de 1916. "Me interesaba abrir con este cuadro porque siento que aquí ya está planteado Schiavoni en potencia. En lo único que uno puede adivinar que no es un 'típico' Schiavoni de los 30, es en el uso de los colores, lo demás está todo ahí". La pintura muestra a un anciano, un motivo que --al contrario que en su madurez, donde sus modelos son más que nada mujeres y niños-- parece apreciar especialmente el joven Schiavoni durante su "etapa florentina".

Desde 1914 a 1917, Schiavoni estudia en Italia, bajo la guía de Giovanni Costetti, maestro escasamente reconocido pero que también abonaría el talento de otros jóvenes artistas argentinos como Caggiano y Candia. De vuelta en Rosario, Schiavoni continúa su producción prácticamente recluido en la vieja casona del Saladillo, que hoy aloja a los esudiantes de arte de la Escuela Municipal de Musto. Con los visillos corridos, Schiavoni se sumerge a tiempo completo en el estudio de las formas y el claroscuro.

Por este motivo, y porque como dice Rubén Echagüe en el breve pero intenso catálogo razonado publicado por la UNR en 1989, "Schiavoni, quien no vacilaba en proclamar a gritos en los malos salones, su disenso con las miopes comisiones oficiales", no llegó a obtener sino una sola recompensa a lo largo de su vida. Fue en 1931, cuando poco antes de llamarse a silencio total y definitivamente --cosa que ocurre apenas tres años después--, se presenta al XIII Salón Rosario con dos obras: una naturaleza muerta de 1929 y una "Cabeza de viejo". Allí, un jurado compuesto por Hilarión Hernández Larguía, Manuel Musto y José de Bikandi premia la primera y adquiere la segunda por 400 pesos ("exiguo galardón para una singularidad plástica tan fascinante y una vida interior tan intensa, tan tierna, tan lacerada" --dirá Echagüe--), suma que, por otra parte, llega a manos del pintor recién en 1936.

Sin renunciar jamás a la figuración, pero lejos de los academicismos y las modas, el trabajo austero e introspectivo de Schiavoni, se inscribe en una línea invisible que parece atravesar la producción de varios jóvenes pintores de la década del 20 y que Jorge López Anaya, en su Historia del Arte Argentino, define como neorromanticismo. "En sus obras la condición humana se expresaba en términos de nostalgia del pasado. Todo parece surgir del olvido. Todo es pérdida", y sobre Schiavoni en especial asegura: "Es un caso particular, con sus pinturas de diseño simplificado, con referencias primitivistas y carácter auténticamente cándido".

Sin embargo, este aparente despojamiento se nutre de una profundidad espiritual y expresiva que le aporta a los cuadros una impronta por momentos sutilmente dramática, por momentos brutalmente inquietante. Por todo esto, como bien dice Spinelli en el comienzo del libro, "a poco más de sesenta años de su muerte, Augusto Schiavoni continúa siendo prácticamente un enigma".

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"Naturaleza muerta" (1929). Por él recibió 400 pesos, que cobró recién un lustro después.
 
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