CONTRATAPA

RUGIDOS

 Por Adrián Abonizio

Sé que es una obviedad el título refiriéndome a los Pumas y que las disquisiciones siguientes pueden parecer vanas. Me puede perseguir un espíritu de cuerpo, resentimiento y la defensa de una estética trasnochada. Pero es lo que hay: No me gusta el rubgy. Pueden ser buenos muchachones, de hecho encontré en algunos de su estirpes más comprensión que en muchos comunistoides que a la hora de pagar un café son capaces de arguir que le hacemos el juego al imperialismo en la explotación de los mensúes cafeteros. No voy elucubrar sobre los espíritus de la gente medianamente acomodada, sobre el elegante corpus amateur que dejó de serlo, por la prosapia consagrada en sobremesas de cajetillas. Pido que se me le lea con parcialidad: No me gusta el rugby. No me gusta la embestida de búfalos, ni el tercer tiempo menos aún. Luego de jugar, al rival ni la hora. No me parece justo que se premie a alguien por tirar la pelota lejos o por su fuerza. Repasemos: El golf requiere de puntería, el billar de clase y adivinación, el tenis lo mismo. El alma debe afilarse, reenconcentrarse dentro de su valva, explorar los abismos de la mente y largar despacio la diana para capturar a ese animal fabuloso y enigmático denominado talento. En el rubgy no hay tiempo para eso. Es como entrar en la Bolsa pero en pantaloncitos. Rapidez, trompadas de tiempo y a vociferar reclamando por más, tras esa pelota exótica o por acciones más altas. Ignoro si hoy el fútbol argentino es belleza: Algún gol, una gambeta y el resto suele ser codazo en cara ajena y muerte entre hinchadas. No reclamo nada, no antepongo la bravata sentimental e izquierdosa de que el fútbol proviene de abajo y como tal merece mayor respeto. También el policía torturador y el asesino provienen de allí y no por ello uno ve su accionar bonito. Es otra cosa. No me gusta el rugby, no lo entiendo. Es como la guerra cuerpo a cuerpo en un mar reglamentado. Un juego, si posee tantos referís debe tener algo sospechoso. Para hacer entrar la pelota alta y zizagueante en un arco de fútbol abortado debe haber algo malo. Todos los equipos de gente junta tiene arquero, ¿por qué no el rugby?. Aquí el gordito que no fue al arco, es, obligadamente el toro campeón del scrum. Ver tantos señores manoseándose me da que pensar, me abre el arcón putanesco que vive en mí. ¿Seré un gay que elucubra mientras que otros sanamente ven jugadas donde yo veo aires de orgía? Caras deformadas a golpes, cascos protectores, bucales de colores y culos gordos no es un buen síntoma para deporte alguno. Veo fútbol y nada más. Es cierto que algunos juegan a la redonda como si ella fuera oval, es cierto que suele haber rinocerontes de primera división y es cierto más aún, que muchos partidos se dirimen con un sobre gordo por debajo de la mesa. La pelota está manchada, el crimen avanza y el promedio es temible. Pero aun sueño con un fútbol sin sangre, sin golpes y sin tanto sponsor. No me gusta el rugby repito. No lo jugué pero lo imagino. Empieza de arriba y termina abajo, en una maraña de forzudos. El fútbol empieza desde abajo y el que llega lo hace en la cima de euros, millonarios de cuna de barro lejos de los horizontes de hambre. Pero sigue sin conquistarme ni lo hará. No se pierde nada este noble deporte de titanes de gimnasios, anabólicos y pasado de alcurnia sin mí. Apellidos liberales, privatizadores y ligados a la patria crucificada. Lo siento: ha calado en mí la ideología, el prejuicio, la homofobia y el odio de clase. Los Pumas, se grita. Han triunfado en patrias enemigas aliadas del desguace de nuestra economía. Repito: Ideas trasnochadas. Mis disculpas. Nunca me enamoraría de una pelota que se niega a ser querida. No me gustan los huevos saltarines ni las canchas con tantas marcas de cal. Prefiero la de tierra, recién regada y con el hambre real de quienes aún lo practican, anteponiendo la fineza a la fuerza bruta. Y otro detalle: Las barras bravas se encuentran y dirimen territorio por la cocaína. En el rubgy nada hay por dirimirse, sus hinchadas toman whisky planificando qué comeremos, cómo viviremos en el futuro, a qué dirigente se pondrá en tal o cual puesto del gobierno. Pavadas de un cronista que está enamorado del sonido del golpe suave de la número cinco contra la fina red de un arco adversario. Todavía creo en mi religión. Hasta que tanto velorio me aleje un día de las canchas y me dedique, si el fútbol sigue así, a la nocturnidad, el café, el fernet y me acostumbre al rotundo sonido de las bochas golpeando contra las maderas de una cancha en cualquier anónimo club de barrio.

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