CONTRATAPA

Crímenes visuales

 Por Sonia Catela

Cuando te paso la yema de mis ojos empiezo por la garganta; busco el nudo de tu música. No me apuro, dispongo de seis horas por delante. De inmediato, te revolvés en la butaca hacia el costado, y me enfocás tu asco; si pudieras denunciarme por manoseo visual ya lo hubieras hecho, pero mis yemas te palpan a gusto, bajan al escote y soban pulpas que laten furiosas, como el mail que me mandás, "sacame tus desechos de encima; necesito limpio mi escritorio", el juego empieza, furia y persecución, "refriego lo mejor que puedo tus herramientas de trabajo"; contesto con claves; hay que escapar al control gerencial, lupa sobre los memos que circulan en horarios pagos, mis yemas la estrujan, le lijan los pezones, cazan cada punta de vello que asoma en sus axilas cuando se acomoda la cola de caballo o la peineta, pellizcan su carne ahora que se le desabrocha el botón superior de la camisa, cuentan sus pequeños lunares, lentejas que le motean el cuello. "Traeme el expediente verde, el que asoma por encima de todo" escribo, me refiero al color de su corpiño; claro que va a responderme lo que me responde, "en estos momentos lo tengo ocupado", contenida porque no puede prenderme fuego, la lupa gerencial sobre los galeotes de la sección Marketing; pongo las yemas de mis ojos a jadear detrás de su lóbulo, jadeos intermitentes, de perro. Mara podría matarme, ya pidió traslado de su ubicación en la sala alegando la necesidad de una ventana cerca, pero el reglamento no contempla ese reclamo, así que me la sirven completa, a mi entera disposición táctil. Sigo un plan. Desde que entré a trabajar aquí hace dos meses. Pero un plan, que, aunque persiga su fin, se desarrolla en una sola etapa: dispararle todo el esperma visual de una sola andanada.

Otro mail suyo: "Los consumidores rechazan el envase que proponés, y lo hacen a simple vista". La lengua de mis ojos, viscosa, un caracol que no le perdona sendero: el nacimiento de los muslos publicitados por sus polleras escuetas, los hombros de músculos entrenados, el escote que abre mapas. Contestación: "Intentaré otro tipo de encuesta, ¿tests manuales o de sabor, quizá?". Cuando sale de la oficina, Mara tiene que cepillarse los senos, las lapas que les prendo. Mis masajes la dejan exhausta. Me lo ha dado a entender de manera metafórica pero clara, nuestra común amiga Larisa, preocupada por esta presión que ejerzo. Minimizo, "Larisa: ¿de qué habla esa mujer? Fabula. Quizá no se resigna a que yo sea el único macho que no pasta encerrado en su corral". Y me defiendo: "¿Quién la manda mirarme?"; Larisa vacila entre las versiones opuestas de dos personas que aprecia. Miento, claro. Enfrentados como estamos, cara a cara, a mi presa le es imposible evadirse. Pronto cantaré victoria.

Ah, sus golosinas.

Este pasearme sobre ella: total y completamente corpóreo. Un reconocimiento manual, que aprieta y succiona.

Mara huye. Se refugia en el baño. La frecuencia con que apela a este recurso empieza a llamar la atención; la secretaria del gerente le hace algún comentario cuando mi rehén reaparece y me asesina por centésima vez.

Al salir nos chocamos ante el ascensor. Aunque al principiar la puesta en marcha de mi plan, Mara esperaba un lance, una propuesta, una declaración de amor a las que está tan habituada, mi silencio a rajatablas la empujó primero a apabullarme a preguntas, luego al ejercicio de improperios en todos los repertorios; insulta a un poste. "¿Qué pretendés?", se encrespa entrando al ascensor. Pero únicamente mis ojos expresan locuacidad. Aprieto el botón de planta baja, escuchando "demente, me la vas a pagar", y la sigo por la calle, torvo, fisgándola con los gruesos abanicos de mis ojeadas. Cuando se cruza de vereda, me cruzo. Al tomar el 110, la imito. Vive sola en un departamento externo en calle 9 de Julio. Me planto en alguna mesa desocupada del Bar El Aviador, justo en dirección a su ventana. Cierra con estrépito las celosías. Apaga la luz. De tanto en tanto, se delata controlando si sigo aquí en mi trinchera de avistaje, frente su balconcito. Culebreo, mudo, cosido a esta hembra ojo a carne. Hoy, domingo, anda por el shopping cercano al río. Salto a su paso. La toco con mis pupilas; me le encimo con ellas, se las meto dentro. Pega un chillido. Lo que escapa a su control, la desborda. Lo sé por Renzo. Busco que me grite, así como me está gritando en el corredor del centro comercial, pero tiene que hacerlo en la oficina, donde el reflector patronal monitorea los desmanes; plan: sacarla de sí, desquiciarla. Renzo se lo merece. Hembra de traiciones, de montaje de farsas, de pisotones que le propinó a mi amigo para hacerse espacio, de engaños que lo desmoronaron, sin retorno. Le paso a ella la escoba de mis ojos sobre su garganta en procura del grito que la saque de carrera y con el que pague algunas cuentas que nunca le saldó a mi amigo.

Lunes. Retomo la tarea en la oficina. Se ha puesto una gorrita con visera. Espía de soslayo. Mis ojos les tajan los suyos. De ahí bajo a los labios. Un lengüetazo. Para calmarse, saca un cigarrillo, se lo mete en la boca, apagado. No demorará en prenderlo. Prohibido en la empresa. Primer tachón en su legajo.

Lástima que sea tan linda y tan fácil. Pena que vaya a dejar de verla tan pronto, uno de estos días.

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