CONTRATAPA

De costumbres antiguas

 Por Sonia Catela

¿Qué hace este hombre..? se inclina en reverencia, a la que le agrega un saludo en francés, nada menos, y sirviendo licor en una copita minúscula con invitación hacia el sofá, recaba: "Conque el caballero viene a pedirme la mano de Alicita", vamos, ¿pedido de mano? Se apropia de mi silencio y lo muele en el refrán de que quien calla otorga; carraspea, señala una pintura antigua, esqueleto que cuelga entre los muebles embalsamados y se ufana: "nuestro Quirós". Se sienta con formalidad de misa.

Llegué convocado para una supuesta entrevista de trabajo, a la que me alentó Alicia: "charlá con mi padre, quiere ocuparte, él te va a explicar". En tanto, el patriarca enciende un veladorcito, le ajusto datos con tenazas y destornilladores: "en qué consiste la vacante que me ofrece, señor". No se arredra. Don Roberto Acuña y Cáceres me palmea la rodilla: "hablemos de la dote", y sin preocuparse de desatar algún desconcierto de mi parte, saca punta a las palabras: "se trata del patrimonio que acompañará a Alicita cuando usted contraiga matrimonio con ella", otro cáliz de licor para que empuje, "al menos cuarenta vacas y el cuádruple de chivas en tambo plena producción, dos peones tasados cada uno en diez mil pesos, una criada experta en todo menester, valor doce mil pesos, incluida en finca rural de setenta hectáreas", la valuación de la peonada, signada contractualmente, significaría recibir una indemnización por tal monto si acaso se encapricharan en abandonar el predio. Entre guiños de don Roberto puntea el coleteo de relaciones que siguen a Alicita como una comparsa, "B. camarista de la Corte, los T. de estancia La Tacuara, M. el ex gobernador de Entre Ríos" y que disimularían eventuales desventajas de la candidata a casorio; intento detenerlo con la palma de la mano y un "basta" desteñido pero me desploma encima la plata 900 de la jarra "Taxco legítima", (de la que sirve agua), el tenor de las copas, "Bohemia antigua", los encajes franceses, "la colección de incunables provenientes del convento de Santiago la vieja, iluminados por los frailes". Me arrea por una cotización de antigüedades certificadas, "todo esto será suyo, Juan Manuel". Saca un par de habanos. Delante de un sillón desarmado al que presenta con respeto: "el trono de don Justo José; lo usaba las tardes en que recibía, allá en el palacio de San José" aguarda una muestra de asentimiento. Hasta dónde piensa llegar este hombre. Probemos. Hay que saber en cuánto tasa mi apellido firmado en el acta de defunción que me desposaría con su primogénita. "Discúlpeme, don Acuña, aclaremos el malentendido, vine aquí por un empleo". Responde ajustándose la corbata: "¿y qué le estoy ofreciendo? ¿o administrar esas propiedades no es acaso un trabajo altamente remunerativo?". Dada mi reticencia se empecina en el remate de vientres y sube las ofertas, "a las setenta hectáreas con casco construido, agréguele una casa habitación en el centro de Paraná, la mansión Argüello, que llega a Alicita de la mano de su bisabuela materna". Ya nos hallamos frente al ventanal que se abre a un jardín añoso; Alicia, pendiente de lo que sucede puertas adentro, observa desde el banco donde se halla sentada, seguramente a la expectativa de una señal convenida con el padre. "Sé que la edad de hija... sumado a lo otro... no será ella la perfección hecha mujer, pero..." Se quiebra. "No me malinterprete, don Acuña. Esos factores no influirán en mi decisión". Esto lo alivia: "añadamos a su dote una colección de porcelana con el emblema de la familia del siglo XIX, y otra de viejos carruajes usados por personajes ilustres de la Argentina".

Como calla, bajando el martillo de la puja, detengo la situación. "Pero yo no me subasto al mejor postor". Y rechino: "¿Puede decirme cómo se sale de aquí?". A medida que me guía, el viejo va echando moneditas y piezas menores bajo mis zapatos, aunque le demuestre que ya no lo escucho.

Entre Alicia y yo resta apenas un residuo de relación, la borra que queda luego de algunas encamadas experimentales. La pobre se me echa encima apenas traspongo el umbral, con su bochorno, su consternación, sus lágrimas ¿reales o parte del juego?, "no sé qué te dijo mi padre, no tengo nada que ver con eso" gime. Aunque la presumo sincera, no alcanza para detenerme. Busco la puerta. "Pero Carlos... me prometiste...". Cierro. Detrás se desata su aullido de perro azotado.

Para esta jugada me había preparado con las averiguaciones completas; pero lo mismo me arrimé porque nunca se sabe. Sin embargo, no hay caso. Se ratificaron mis pesquisas previas. Cuando esta gente habla de campos y haciendas, alude a un par de terrenos periféricos y algún lote que no da ni para estacionamiento; sé que los siervos de la gleba de los que alardean no pasan de changarines a comisión que crían unos chivos sueltos para consumo de la familia y ocasionales ventas al restaurante típico "La Rueda"; que las pinturas famosas han sido descalificadas por los expertos como copias dudosas, y la platería, alpaca. En definitiva, que la única dote que posee Alicia es la joroba que la adorna. Aunque incipiente, y en ocasiones con una sensualidad capaz de llevar la imaginación por caminos escabrosos, no basta. Puede que en alguna de esas noches calientes me haya ido de boca y formulado promesas. Pero ¿quién cree las proposiciones que se vierten en fogosidades de lechos? Miro la hora. Qué tarde se ha hecho.

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