CONTRATAPA

Fragmentarios 81

 Por Mario Alberto Perone

Acabo de entrar a mi casa, preocupado por cuatro incidentes de los que fui protagonista: he saludado efusivamente a dos desconocidos y he ignorado las manos tendidas de dos amigos cercanos. Ahora, recordando que las expresiones de esas cuatro caras fueron exactamente iguales: asombro, incredulidad, rechazo, he resignificado las situaciones, y he comprendido mi bochorno y el de ellos. Pero ya es tarde para las disculpas. Los desconocidos siguieron sus caminos, pensando, seguramente, en que no faltan locos en esta ciudad. Y los amigos me perdonarán lo que ellos considerarán una simple distracción. Sólo yo sé que el suceso forma parte del inevitable deterioro de mis facultades, cuyo avance no puedo detener, del mismo modo que no puedo detener el implacable transcurrir del tiempo. Pero, como todos, trato de disimular esta patética situación, aún sabiendo que casi nunca lo consigo.

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Enciendo el televisor desde mi sofá y me dispongo a buscar alguna buena película. Aparecen varios canales de "videoclips" cuyos contenidos se suceden y hasta superponen unos con otros vertiginosamente. Imposible entender la velocidad de las imágenes. No has acabado de leer los títulos que ya han cambiado. Sigo buscando y encuentro publicidad. Otra perplejidad, no menor que la anterior. Consejos veloces en mensajes extrañísimos. Es difícil comprender su lógica. Tal vez no haya lógica alguna. Renuncio y apago. Las personas mayores no estamos preparadas para la fugacidad.

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El tipo me dijo que quería suicidarse pero no se animaba. Yo le dije que contratara un matón, que él lo haría bien. El tipo se fue. Volvió a la semana. Le pregunté ¿Y?. Me respondió: Lo contraté. Le pregunté cuánto me saldría y me preguntó cómo lo quería, si horrendo o limpio. Le dije: limpio. Son tres mil dólares, me dijo. Le pregunté si el cobro era por adelantado o por obra consumada. Usted no se preocupe, me dijo. Ponga los tres mil en el bolsillo exterior de su saco y siéntese. Sacó la pistola y se puso a mis espaldas. Me apoyó el arma en la cabeza, me sacó los tres mil del bolsillo delicadamente y salió disparado hasta desaparecer. Yo lo escuchaba tratando de consolarlo. Y el tipo me dice: Aquí me tenés, con una vida que me sobra y tres mil dólares que me faltan. Nunca creí que la limpieza fuera tan absoluta.

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Como siempre, y corriendo el riesgo de que me insulten por indiscreto, escucho la conversación que mantienen dos hombres en la mesa contigua. Hay un clima tenso. Uno habla y parece estar haciendo una especie de confesión íntima. A veces, le dice, me canso de estar conmigo. Entonces, busco a alguien que me ayude a desprenderme de mí, aunque sea por un tiempo. No quiero cargarte a vos con eso. Somos amigos y no merecés algo así. No es fácil encontrar uno que se haga cargo de un yo devaluado y rechazado por su propietario. De vez en cuando encuentro algún incauto y ese endoso me alivia en forma transitoria. Sucede que después de un corto período de tranquilidad, el incauto se cansa de soportar un yo que no le pertenece, y trata de devolvérmelo. Pero hay una situación nueva: yo no lo reconozco. El transcurrir del tiempo lo ha modificado, también me ha modificado a mí, y su identidad conmigo ha desaparecido, de modo que ya no puedo recibírselo. En consecuencia, quedo en la más completa soledad. Es ahí que me veo en la necesidad de partirme en dos mitades, y esa escisión se convierte en mi único modo de existir. Hubo un largo silencio. El amigo lo miraba demudado, sin respuesta. Se levantaron y se fueron. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que todo lo que escuché me encajaba a mí como de medida, y entendí lo que de verdad significa estar absolutamente solo. Es más, también entendí que esa soledad, la soledad del hombre partido al medio, es lo que me constituye. En ese campo que es exclusivamente mío, a nadie permito (a veces ni a mí mismo) entrar ni salir. Soy mi propia alma gemela, y el odio recíproco nos separa y nos une a la vez. Esa condición me acompaña desde siempre, desde mi nacimiento, cuando llegué al universo desde la nada anterior y comencé mi camino hacia la nada posterior, a la que aún no he llegado, aunque ambas sean la misma nada. Y a pesar de la brevedad microscópica de la vida, siempre es más tarde de lo que yo quisiera para vivir, y es más temprano de lo que quisiera para morir. Quién sabe, quizás yo sólo sea un tipo feliz, pero los tipos felices ignoran que lo son.

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Le digo a Rodolfo ¿Viste a los ricos que con sus relucientes autos nuevos atropellan a los pobres y los dejan ahí, tirados como perros? Te equivocás, me contesta él, son los pobres los que atropellan a los ricos saliendo al cruce de sus relucientes autos nuevos, con la mente puesta en el seguro que cobrarían, como única posibilidad de tener algún dinero. No hay caso. No es posible emitir una proposición, de cualquier índole, que escape a la fiscalización inmediata que Rodolfo tiene siempre lista, como también la descalificación de su interlocutor, fuera quien fuese, y, lo más frecuente, su opinión tajante y absolutamente contraria. No es mal bicho, pero la lógica sufre un retorcimiento profundo en sus palabras, él se queda con una dudosa victoria verbal, y todos nosotros, contertulios del café cotidiano, hemos terminado por aceptarlo como es, ya que así es como nos aceptamos todos, aunque a veces, como en este caso, me inclino por terminar la discusión civilizadamente, aunque en mi fuero íntimo, me muera de ganas de romperle esa cabezota.

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Veámoslo así: cuando uno muere, en realidad no muere: es el universo entero el que muere para uno.

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Cada vez que espero pacientemente un colectivo que no llega, tengo una vivencia aterradora de lo que puede ser la eternidad.

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Había una parrilla en Avenida Pellegrini al Oeste a la que siempre iba. Uno de los mozos tenía una actitud curiosa: envolvía dos o tres cubitos de hielo en una servilleta y cuando se creía menos observado, se llevaba todo a la boca y chupaba. La clientela, numerosa cada fin de semana (eran otros tiempos) no daba importancia a esta rareza. A mí me llamó la atención de entrada y siempre le clavaba la vista. Lo veía incomodarse claramente, y llegó a encomendar a un compañero la atención de mi mesa. Después, poco a poco, dejó de interesarme. Fue cuando empecé a informarme sobre los "tics" nerviosos y su carácter casi siempre de incurables. También recordé haber padecido en mi adolescencia algo como eso, por períodos, y no es que haya podido eliminarlos por completo, sino que han sido superados, a través del tiempo, por otros padecimientos, quizás menos visibles, pero sí más apremiantes. En la actualidad, ambos vuelven casi cíclicamente, pero ya no les doy importancia. Sé que pronto se irán para nunca volver. Pero quizás todos estos "Fragmentarios" que escribo de manera deshilachada desde hace tanto tiempo, no sean más que un enorme "tic" del que, hasta ahora, no pude deshacerme, y en buena hora, ya que es lo que más me justifica, y de desaparecer, no sabría qué hacer conmigo mismo.

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No hay nada peor que sentirse, desde la adolescencia, abandonado por un Dios en el que jamás se creyó.

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Sí. Cada media hora, miro el reloj. Y no es porque necesite ubicarme en el tiempo, sino porque necesito asegurarme, primero, de que el reloj funcione y ese funcionamiento no depende del tiempo sino de su propio mecanismo, segundo, de que el tiempo está absolutamente quieto, y tercero, de que el que está pasando soy yo.

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Sí. Creo que es posible que una pareja de sólo amigos se convierta en una pareja de sólo amantes. Lo que creo imposible es que una pareja de sólo amantes se transforme en una pareja de sólo amigos.

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El adolescente fue detenido por robar chocolates y alfajores en un maxiquiosco. Su abogado de oficio le dijo al juez que su defendido se encontraba en una situación de hambre crónica, razón por la cual no era plenamente responsable de sus actos, y que su salud estaba afectada por la desnutrición y la anemia perniciosa que soportaba desde muy niño. El juez, en un rapto de generosidad, lo desprocesó y dio al chico unos atinados y sabios consejos: seguir rigurosamente una dieta equilibrada, comer tres veces al día, carnes rojas y magras, pescado de mar y de río, legumbres y verduras crudas y cocinadas al vapor, leche entera y sobre todo, fruta, mucha fruta.

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Una relación amorosa comienza con un deseo recíproco incontenible. Tan incontenible es que no tarda demasiado en calcinarse, consumida por su propio fuego.

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