CONTRATAPA

Amores furibundos

 Por Sonia Catela

*Usted, NN que me escucha a mí, otra NN, gente que nunca verá el "toco" salvador, aunque cumpla con la boleta del loto, usted que no concertará cita con Scorsese o Fidel, ni con Charly o Favio, usted que le reza a la virgencita de Luján para que le haga lobby ante el patrón, a ver si el camino del bien premia por una vez,

que le lleva un regalo a mamá en el día de la madre,

que vota en cada elección, aun las de concejales,

que no juega a la quiniela clandestina porque sabe que la vez que se mueva "así" fuera de la línea de la ley recibirá mil años de cárcel y ni un minuto de perdón,

usted y yo, gente del montón, proletarios del intelecto que supimos comermos todos los sapos, ordenaditos en filas y tomando distancia, no tuvimos un solo pelo del atrevimiento de DH Lawrence y Frieda Richtofen, amantes sin combinar las edades convenientes ni contar con avales o garantías: ella ni siquiera se cercioró de que él sellara ante escribano el formulario estipulando la seriedad de sus intenciones; él tampoco exigió el certificado policial de castidad como Dios manda. Se amaron, adúlteros y fugitivos, expatriándose de geografías, parientes y mandamientos divinos, golpeándose, metiendo a intrusos en la cama, delirantes. Quién le quita a David lo bailado, escribir El amante de Lady Chateley entre otras pavadas, recibir anatemas y prohibiciones por esta obra, alcanzar el paraíso. O el desenfreno de Camila O'Gorman y su confesor rompiendo tabúes hasta caer ante el paredón del fusilamiento. O la pasión de Evita y Juan Domingo Perón, en cuyo lecho dormimos alguna vez de oídas y a solapada envidia.

Mientras ellos y otros ellos se amaban de ese modo, nosotros depositábamos nuestros sentimientos a plazo fijo, para retirar, mes a mes, puntualmente, los módicos rendimientos del afecto. Según los cuales se acaricia y se besa, como se debe: con tasa y medida. A su tiempo y armoniosamente.

Locos y furiosos, otros salieron a matarse por un ideal, embebidos de rabia cuasi divina. Eran jóvenes y bellos. Eran el Che, o Rodolfo Walsh. Nosotros, temerosos, especulábamos teoremas: uno más uno, cuánto suman ¿acaso uno cincuenta? Decíamos: mejor pájaro en la jaula que bandada volando.

También hubo quienes se encendieron y ardieron en las equivocaciones más tremendas: se jugaron y fueron usados vilmente, luego los arrojaron a las cauces de todo desencanto, sus sangres derramadas. Veintidós militantes del Movimiento todos por la Patria en el asalto a La Tablada, enero de 1989. Decenas, cientos de integrantes del ERP en el copamiento de Monte Chingolo de 1976.

En tanto, usted y yo leíamos las cotizaciones y no pronunciábamos el nombre del dólar en vano.

Y aquí estamos, llenos de realizaciones a nuestros pies: nuestro auto con la patente paga. El césped cortado. Cada elemento de la vajilla brilla en su lugar. La cuota del sepelio al día. Somos de los que alcanzan a Poncio Pilatos la palangana lustradita, cerciorándonos de que el agua esté a temperatura ambiente. Sin embargo, alguna vez fuimos por un rato, como los otros. Quizá por un solo minuto. Quizá ese minuto nos salvó. O quizá no alcance.

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