CONTRATAPA

Cautiverio

 Por Sonia Catela

Se camina por la orilla, lamidos finales del agua sobre la arena, se levanta la vista (el horizonte verde, chirriante de loros; una canoa en la que su tripulante se bambolea trasvasando pescados de la red, al río los indeseables) se vuelve a bajar el foco de atención, caracoles muertos, cajones hechos pedazos, una botella, una linda botellita marrón, tapada. Se la alza, botín arrebatado al agua. Se la observa, se corrobora la impresión de que es un frasco de tinta antiguo. En relieve, datos del producto, "El Mono", E. Masciorini, Buenos Aires. Y se descubre el papel prolijamente doblado, dentro.

¿Un mensaje? Sacacorchos en mano, la cuidadosa horadación, el ligero presionar hacia afuera, el tapón que se desgrana al salir.

Se desdobla el papel.

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Pero, ilegible: viene escrito en otro idioma no precisamente latino. Sin embargo, lo encabeza una coacción comprensible: S.O.S.

La costa del Paraná es el desierto: un espacio que fluye, que va y viene con el agua, que se inunda, cambia de forma, donde la tierra firme, el banco sólido de arena, mañana se convierten en agua. Las islas también navegan.

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No descarto la posibilidad de que arrojaran la botella desde un barco de gran calado, en marcha, yéndose.

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Llevo el mensaje a la Facultad. Hay traductores electrónicos y hallo quien me auxilie.

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Ante mí una versión tentativa y grosera del mensaje escrito en polaco. Sin embargo, alcanza. Habla una mujer. "Los Avalos me tienen encerrada. Me fuerzan. Ayúdenme. Irina Cunshi".

En esta ribera se conoce cada apostadero, cada rancho, chalet de fin de semana, escondrijo en las islas, cueva en la barranca donde se la podría buscar. No hará falta. Hay pocos Avalos por aquí; cuatro, para precisar.

Soy pariente de cada uno de ellos.

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Este mensaje ha sido fechado en marzo, y mañana es ocho de diciembre. Llevo la denuncia a la comisaría. El cabo se queja de que el papel se le deshace entre los dedos. "Trátelo con cuidado", protesto. "¿No nota lo vieja que es esta cosa?" gruñe. Lo mantiene lejos. Lo aparta como con una pala, un cadáver.

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Mi madre se sacude las sospechas con frases precocidas: "Por aquí solía encerrarse a mucha gente; quién no tenía a alguien guardado en un sótano, una trastienda", dice y trajina entre sus costuras, "el opa de la familia, el loco, un nieto bastardo, la hija descarriada".

Ella no oyó hablar de ninguna Irina Cunshi. Ella miente rápido y bien.

Verdad que esta costa es el desierto: escapa con el agua, se lleva lonjas de barrancas, ranchos, gente. Regresa distinta, otra, cambiada.

Sin embargo, basta con abrir una sola puerta para hallar a la mujer acurrucada en un rincón, desnuda, temblorosa. La puerta es de uno entre los cuatro Avalos. Pero mi madre no pone la mano sobre ese picaporte.

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"Irina es un nombre bastante común"... rezonga ella, "no sé qué te preocupa". Ahí se agota su aclaración de la "casualidad" de que justamente yo porte, vía bautismo, un Irina por puro azar. Dice.

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¿Dónde escondieron los Avalos a esa mujer? Quizá quedó encerrada en la celda de alguna irrevocable década del pasado. La tinta del mensaje se ha vuelto gris. Se borra si le paso saliva. Recupero el S.O.S retirándolo de la mano del cabo de la comisaría. El cabo se rasca, "esto es de antigua data... Mejor vuelva cuando..."; aleja el papel. Se desembaraza de mensajes polacos vencidos, cadáveres.

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Mis pasos obedecen a su propia memoria. Me ponen a golpear la puerta de Doña Atilia, la que desdeña si hoy es martes o domingo, año 2009 o el '98, hallándose donde se halla, antes de la desdicha, un instante previo al accidente de su hijo. Doña Atilia, el archivo de la memoria oral del poblado. Mastica los trocitos del nombre, Cunshi; de sus astillas saca datos, señas, carne, los acomoda en una historia, "se decía que era polaca; sí, don Avalos tuvo que sacarla en una ocasión, para un alumbramiento difícil de ella. Llegó la ambulancia. De urgencia, a Rosario". "¿Qué Avalos?". "Sí, don Elvio". "¿Y después, qué sucedió con la mujer?". "Se quedó ahí, nomás". "¿Tuvo hijos con ese hombre?". "Le parió dos. Se los paría en la casa".

Doña Atilia ignora que pertenezco a ellos. Que soy la nieta del tal Elvio Avalos.

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Se revuelve y no se encuentra. Papeles. Rastros. "¿Para qué querés esa libreta de matrimonio del abuelo? En esa época no se pasaba por el registro civil. Ni siquiera comuna había?". Mamá enrolla hilos de tejer, alambrados de púa alrededor de mis preguntas. Pero mañana, entre mis calificaciones y los cuadernos de la primaria, hallo sí, la libreta de tapas marrones que la casa a ella con mi padre. La que identifica y nombra a la mujer que la conduce del brazo al altar como madre de mi madre, una tal Irina Cunsino.

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Rechaza. Mamá niega la genealogía del cabello rubio que se peina cada mañana. Niega pruebas, la existencia de cualquier fotografía de la propia Irina Cunshi o Cunsino. "Pero, de dónde iba a venir tu abuela sino de esta zona? Del pueblo de Alvear, para más datos".

Le otorga a Don Elvio Avalos salvoconducto incondicional.

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Se revisa el archivo de epitafios del pueblo. Se desfila por montículos, fotografías borrosas, dedicatorias, certificados de defunción escritos en lápidas; ninguna sepultura con el nombre que busco. Pregunto: "¿Y dónde enterraron a la abuela? Fui a visitar su tumba, madre. No existe". Se desarman las palabras en la boca materna, se desmembran en sílabas, se mezclan, un revuelto de letras. "Yo...". Sólo eso. Luego, los lamidos finales del agua sobre la arena, el horizonte verde y chirriante de loros. Se queda ahí una, sobre los puntos suspensivos, esperando.

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